ARTÍCULO

Los espejos de la memoria

Anagrama, Barcelona, 219 págs.
 

La última novela de Justo Navarro, tras seis años de silencio, plantea, una vez más, el problema de la identidad (el narrador de este relato escrito íntegramente en primera persona confiesa que al menos seis individuos usaban su yo), de la memoria como desván de las suplantaciones: se recuerda lo que justifica nuestro presente, no la sustancia real de unos hechos, viene a decir Eduardo Alibrandi tras su regreso a Granada («la ciudad a la que no volveré») para asistir al funeral por su primo hermano, Eduardo Alibrandi como él.

El protagonista y narrador dejó su ciudad natal y su pasado familiar, poblado de cadáveres, mentiras, verdades entrevistas y suplantaciones, hace muchos años; tras una época en la facultad de Letras, un viaje a Manchester y un turbio papel de delator de la policía franquista en los albores del advenimiento de la democracia (de la que su padre iba a ser, de manera indirecta y peculiar, una de las primeras «víctimas»), acaba su juventud como controlador aéreo, soportando el insomnio de su profesión adrenalínica, amando dormir y vivir en los hoteles de cualquier lugar del mundo y, en fin, rumiando así inconscientemente el brutal desarraigo desde el que se consume en una latente y sórdida tristeza, apenas atemperada por un matrimonio entibiado con una muchacha quince años más joven, una pasión devorante por Dominique, la mujer de su primo Eduardo, y un recuerdo de su Granada natal y su familia que lo atrae y repele con una intensidad de pesadilla.

Toda la novela se presenta (también estilísticamente) como una confesión, una confesión que el narrador se hace, en voz baja, a sí mismo, por ver de comprender el sinsentido errático de los últimos casi treinta años de vida: «También me cuesta contarme a mí lo que no le contaría a nadie», se sincera Eduardo en varias ocasiones cuando está tentado, una vez más, a seguir camuflando, velando las noticias del pasado, las sospechas, las terribles certezas, para justificar un presente a la deriva. Así Eduardo con su errática existencia «sin alma», sin casa, que diría un proverbio árabe, siempre de paso, controlando la vida y el destino de los demás en cada despegue o aterrizaje, es incapaz de fijar una sola imagen de su pasado y del de su familia que le puedan conferir la mínima certeza de ser «alguien». Siempre cinco o seis al mismo tiempo, impotente para contribuir a organizar el puzzle de las vidas en torno salpicadas de sospechas y sombras.

El dicho de que toda familia esconde un secreto (o un cadáver) que ni ella misma conoce en todos sus pormenores se hace aquí materia narrativa. Desde el misterio del abuelo italiano emigrado en 1925 a Granada por motivos desconocidos y que un viaje a Roma no pudo esclarecer en absoluto. Ni las causas reales de la enemistad entre su padre y su tío (¿el amor por su madre, la fábrica de cervezas?), ni la verdad dolorosa de la muerte de su hermana, ni el cariz verdadero de las relaciones de su madre con el comisario Blaque, ni la palabra siquiera con que definir los sentimientos que le produce la muerte de su primo. Nada, un juego de espejos que se deslizan, guiños de la memoria, jirones de una vida familiar anclada en una ciudad que, al cabo, a orillas de una muerte trágica, no consiguen garantizar ningún significado.

El lector de esta notable novela se topará con un obsesivo, pero tenso y bien temperado, ir y venir de una memoria que van dosificando, casi con parsimonia de relato detectivesco o de novela griega, las sucesivas y sorprendentes revelaciones, ¿o habría que decir nuevas ocultaciones?, relatadas por un yo protagonista que juega (en su más alto sentido) con el tiempo.

En efecto, la narración está organizada, a partir del presente actual, verano del 99 (en el que se funden el tiempo de la escritura/confesión con el de la historia), en forma de espirales que reconstruyen el ahora del relato en una profusión de presentes que, en ocasiones, hasta se acometen mediante el uso de esta forma verbal, para dotar a la mirada por los recovecos de la memoria de una mayor detención en ciertos detalles enojosos y, a la postre, escurridizos. Este juego temporal de un ahora que se despliega y recoge en sucesivas vetas, clímax y anticlímax a lo largo de casi treinta años de narración es, sin duda, el mejor patrimonio de una novela cincelada con sabio estilete que, como ya dije, añade al tono confesional de la prosa, el gusto, muy del autor, por las secuencias deslizantes que parecen explicar la anterior y que, al cabo, abren puertas insospechadas en las que, a veces, el lector se queda en vilo a la espera de cierres que nunca llegan, en una suerte de huida hacia delante que, en este caso, refleja perfectamente el alma, o la no alma, de su protagonista.

A este respecto, cabe preguntarse si no se ha abusado, a veces, de cierta gratuidad, y si el gusto por la miniatura o las escenas independientes, pobladas de personajes secundarios, no confunden más que iluminan algunos de los aspectos inquietantes de estos seres que al guardar o inventar un secreto parece que se realzan, inconscientemente, sobre la grisura general de la muerte igualadora. Es sólo una interrogación que planteo, pero, ¿apuntalan o extravían la estructura episodios como el de la relación de Blaque y su madre; el por otra parte, hermoso y ambiguo capítulo de Manchester, o el viaje a Roma (aun reconociendo que la doble mixtificación de la falsa dedicatoria es harto significativa)?

En todo caso, una novela de impecable factura, dúctil y sabia, tocada de una amarga melancolía, en la que Justo Navarro hace gala de sus mejores armas como narrador y en la que resplandece señera la estupenda utilización del tiempo narrativo en todas sus especificidades: repárese en la magnífica elipsis del sofá para su encuentro con Dominique. Un uso del tiempo desde el que se configura la estructura y con el que se juega a componer un laberinto de espejos, dobles y recurrencias lancinantes que intentan atrapar a este ser que huye de una sombra elusiva que es él mismo.

01/10/2000

 
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