ARTÍCULO

El alma de lo poético

Ediciones Akal, Madrid, 1996
Ed. de Antonio Merino
295 págs.
 

Y si después de tantas palabras / nosobrevive la palabra: la posibilidad entrevista por Vallejo en uno de sus textos póstumos resulta aniquiladora. Viene a insinuar en el poema la ineficacia de todos los poemas. El lenguaje declara su imposibilidad de decir: él se diagnostica inválido e incapaz, como si la lengua misma dictase su acta de defunción y su condena. La escritura clama por esa llaga abierta en su corazón enunciativo. No hay nada que hablar sino el dolor de ese habla que enmudece, ese sinsabor de féretro que el verso de Vallejo se obstina en probar contra toda esperanza.

El lenguaje es la pena que, claustrofóbica, se pronuncia; es entonces el dolor sin más, círculo herido y cerrado del sustantivo que se sufre: ¿Qué se llamacuanto heriza nos? se llama Lomismoque padece nombre nombre nombre... Como nadie, Vallejo realizará en su obra la teología negativa, el vacío en el airemetafísico, que nadie ha de palpar, elclaustro de un silencio, la crisis nihilista que en otros ámbitos se había enfrentado antes y que en el hispánico le aguarda a él para expresarse.

Tal desafío explica el desasosiego de la crítica: cualquier interpretación parece fracasar ante una obra que convierte el fracaso de decir en su núcleo y cuyo peso se mide, por eso, en negativo. Hay en Vallejo como un excedente de menos, inapresable. La filología cree cegarlo con un amplio aparato de sacos de arena y etiquetas –poesía humana, biográfica, social, peruana, vanguardista–, un juego de títulos sensatos que neutralicen la carga desestabilizadora de ese vacío. El yo no sé inapelable de Vallejo desconcierta toda adscripción y ninguna de las parciales aproximaciones basta para cubrirlo. Es más, cada una en lugar de reducir en algo el hueco, se reduce a sí misma.

En algún momento Vallejo quiso apuntar la independencia de la obra como creación verbal e irrepetible. La vida y el arte –sostenía en 1929– eran cosas distintas, aunque se moviese uno dentro de la otra. Estaba dispuesto a admitir una cierta escritura de combate –una literatura bolchevique– siempre que se entendiese el fin didáctico y el límite temporal con que nacía. Antes había negado igualmente cualquier innovación poética que se pretendiese con el concurso de neologismos y extrañezas deliberadas. Lo nuevo consistía en una disposición interior, no marcada, no visible, que casí se tomaría porantigua. Afirmaciones éstas que lo alejan tanto del poeta transido que escribe a golpes de conciencia y de agravios personales, como de quienes quieren reconocer en él la vanguardia latinoamericana encarnada y a ultranza.

Tampoco parece un indigenista puro. El indigenismo de Vallejo, si existe, es anterior a cierto empleo realista que lo convierte en problema de hacendados y de distribución municipal. Él se remonta a un tiempo sin tiempo del que lo indígena es representante perdido y expurgado. El indio, melenudo / trovador incaico enderrota, es viva imagen de cualquier expropiación, incluida la primera –la del jardín edénico, pero también la de la historia, la de la madre y el origen–. Es el ausente integral y por excelencia. Importa no olvidar este modo en que el propio Vallejo desdice cualquier atribución, cuando se repasan sus relatos, cuando se estudia la recopilación de su prosa que, olvidada desde una ya inencontrable publicación en 1976 y bajo la dirección de su viuda, ahora recupera Akal. Porque, a primera vista, estos textos podrían encuadrarse en alguna de las nomenclaturas anteriores. Hacia elreino de los sciris pertenecería a lo último; Escalas melografiadas tiene un deje experimental y vanguardista; Fabla salvaje y Paco Yunque son inequívocamente sociales y la novela Eltungsteno resulta naturalista, revolucionaria, reivindicativa.

A los seres de todas ellas les acontecenmucho acontecimiento, con esa redundancia vallejiana del padecer y de lo sucedido. Todos sufren por causa de la justicia: una justicia también comprendida a lo Vallejo, no como una labor humana ni una función terrestre, sino una ley que se ejerce tácita, en subterránea armonía, más adentro de todos los adentros, delos tribunales y de las prisiones. Y todos los personajes son delincuentes, responsables de sus actos y su pena; o bien, ninguno lo es, según ese movimiento propio de Vallejo dividido entre la culpa y la inocencia, pecado y virtud tenaces que nos acompaña desde el nacimiento.

Precisamente, lo perturbador en estas prosas es que sepan a su autor sin disidencias, a un autor convenido y consensuado. La experiencia de su lectura produce la misma sensación incómoda de las copias demasiado perfectas y sin arrepentimientos. Desubica por encontrarse tan situada; porque de repente nos tropezamos con el César Vallejo que se supone, con un mensaje más evidente pero no por ello más eficaz, lo primero en detrimento del enigma y de la oscuridad del verso, de su modo de decir sin llegarlo a hacer. Aquí, en cambio, se cuenta como contaría el escritor más reconocible, pero no el más verdadero.

Aunque Cuneiforme, por ejemplo, se redacta en el presidio hacia 1922, en simultaneidad con Trilce, más allá de la coincidencia temática o la estructura y disposición carcelarias, poco tiene que ver con este último, justo porque se diría que lo tiene todo. Hay algo, en cambio, que no se distingue: cierta propiedad de Vallejo para distanciarse de sí.

Por eso son recomendables y sorprendentes estos textos, por pertenecerle y serle ajenos a la vez; no porque en ellos esté Vallejo entero o en ciernes sino porque no está, o porque no aparece en su dimensión menos clasificable y en su parte más intangible. Como aquel experimento de la vieja ciencia que procedía primero pesando al hombre enfermo y después su cadáver y asignaba la diferencia en la balanza a la huida del espíritu, hay que leer al poeta y luego transitar su prosa para intuir que lo que media entre ambos es el alma misma de lo poético en Vallejo, inasible, inexplicable, diverso y aéreo.

01/04/1997

 
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