ARTÍCULO

ENRIQUE LÁZARO. EL ACOMODADOR

El acomodador, de Enrique Lázaro, está publicado por NH hoteles.
 

Últimamente se percibe en las librerías una presencia de antologías y colecciones de cuentos literarios mayor que la que había venido siendo habitual, y hay quien señala como causas directas del fenómeno el renacimiento del interés lector y una apuesta editorial más firme, como si ambos factores fuesen por sí solos capaces de asegurar la repentina eclosión y madurez de un género como este. Debería de quedar claro, y es también el caso de la poesía, que los cuentos literarios existen, y han venido existiendo entre nosotros, por la circunstancia nada baladí de que los escritores no han dejado de escribirlos, a pesar de la poca atención lectora y de un desinterés editorial que ha ofrecido pocas excepciones. A lo largo de los últimos treinta años, lo que llamaré «cultura del cuento» ha permanecido vigente en la creación literaria española, y se han escrito estimables relatos, al margen y a pesar de la predominante inclinación lectora y editorial hacia el género novelesco. A falta de un acceso regular a libros, los cuentos se han refugiado en revistas y otras publicaciones periódicas, o en determinados órganos institucionales, de azarosa difusión, pero la especie nunca llegó a extinguirse, y tal vez en su desarrollo un poco furtivo esté parte de su gracia, pues creo que el cuento español muestra, a lo largo de estos años, más flexibilidad que la novela para adaptarse a la diversidad de temas y a diferentes registros estéticos. Un ejemplo de este cultivo casi secreto sería el libro de cuentos que voy a comentar, El acomodador, de Enrique Lázaro –valenciano de 1950 que reside en Palma de Mallorca–, y que el lector podrá conseguir si se aloja «en alguno de los 70 hoteles que la cadena NH tiene en 35 ciudades españolas». Pues el libro, que ganó el Premio NH en su convocatoria del año 1998, ha sido editado en una colección sujeta a tales limitaciones de difusión. Que yo sepa, no es la primera vez que, en tiempos recientes, un libro interesante de relatos aparece en una colección obligada a parecidas restricciones, y recuerdo una hermosa obra de Gustavo Martín Garzo, El amigo de las mujeres, ganadora también de un premio institucional, que vivió la vida subrepticia de ese tipo de publicaciones antes de pasar al tráfico de la edición normal. Si además consideramos que Enrique Lázaro, el autor de El acomodador, lleva al parecer más de diez años publicando cuentos en el suplemento dominical del periódico mallorquín Última Hora, comprenderemos bien todo el sentido de mi alusión a que la vigencia de la «cultura del cuento» se debe sobre todo al esfuerzo y a la dedicación de los escritores que lo han practicado y que lo practican, sin dejarse amilanar por el desdén mayoritario.

El acomodador reúne doce piezas del género que se salen de lo común, y que en algunos casos son de mucha calidad. Lo primero que llama la atención es la escritura, un estilo conciso, directo, aunque lleno de tortuosidades y recovecos, para adaptarse sin duda a una realidad que se nos muestra también tortuosa y escurridiza. No es raro que en uno de los relatos del libro se haga una referencia a «lo siniestro» esa extrañeza de lo familiar bajo cuya lente analizó Sigmund Freud El hombre de la arena de E. T. A. Hoffmann, abriendo nuevos estímulos y posibilidades a la consideración de los escenarios y comportamientos de la literatura. Todos los cuentos de El acomodador presentan esa perspectiva, acentuada por el sarcasmo del narrador –que en casi todos ellos se expresa en primera persona–, por la carga misteriosa de los objetos y de las conductas, por el evidente onirismo de la atmósfera, que se consigue sugerir mediante un inquietante y hasta macabro lirismo, y por la afortunada certeza con que, en bastantes casos, se armoniza lo incongruente, en situaciones que mantienen una fuerte emanación que podría llegar a calificarse de surrealista.

Voy a citar alguno de los cuentos que me parecen sobresalientes en un conjunto tan interesante. En El acomodador, el que da título al libro, el narrador recuerda ciertas sesiones de cine de la adolescencia a través de la relación entre él, el acomodador –«que pasó veinte años de su vida a oscuras, caminando detrás de una lucecita y escuchando comentarios remotos sobre la naturaleza humana»–, y una mujer que siempre viene a la segunda sesión. En Apacienta mis ovejas, un hombre visita a su hermana, una cincuentona de apariencia juvenil, que ha adoptado a un joven oligofrénico, para descubrir aspectos anómalos en la vida de la pareja –«Todos somos así en mi familia: no envejecemos por fuera hasta estar completamente podridos por dentro. Mi familia está llena de inquietantes adolescentes de medio siglo...»–. En Bar Pacífico, un joven cliente sospecha, ante ciertos cambios de conducta de un camarero, en la posibilidad de que haya matado a su mujer. En Hazlo hasta que no me duela, una mujer despierta en un lugar desconocido, junto a un hombre, y evoca cierta aventura de la víspera mientras la alcoba resulta ser su dormitorio y su compañero de cama su marido, que no es el compañero de la aventura recordada...

Pero un libro de cuentos no se puede describir por las tramas de sus piezas narrativas. En éste, como señalé, hay una mirada singular, capacidad de sugestión, intensidad dramática, un lenguaje vigoroso y eficaz. Y ahora en que parece imponerse entre los jóvenes narradores de cuentos el horror al costumbrismo, es modélico para mostrar que no es necesario reinventar esos espacios neutros que reproducen las escenas del «minimalismo» y acaban teniendo inevitable aire de cierto cine norteamericano, para crear el espacio de un cuento contemporáneo, pues Enrique Lázaro no huye de los escenarios cotidianos, ni de los topónimos reales, sino que consigue impregnarlos de desolación, de rareza y de cierto anómalo latido moral, para sacarlos decididamente de la costumbre y meterlos de lleno en la literatura. Esperemos que la perspicacia editorial rescate pronto estos cuentos y a este cuentista del conocimiento restringido, para integrarlos en el ámbito general de los libros y de los lectores.

01/05/1999

 
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