ARTÍCULO

Sobre el fondo trágico de los balcanes

Alianza, Madrid
Trad. de Ramón Sánchez Lizarralde
320 pp. 18 €
 

Ismaíl Kadaré, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009, nació en Girokaster (Albania) en 1936. Su rechazo al régimen comunista de su país lo llevó a exiliarse en Francia en 1990, pero casi toda su obra fue escrita, antes o después, en el país balcánico. A Kadaré, quien está en activo desde la década de 1950 y obtuvo uno de sus mayores éxitos en 1963 con la novela El general del ejército muerto, le corresponde el mismo privilegio, al tiempo que la misma carga, que a escritores como James Joyce, Ivo Andriç y Milan Kundera, entre otros: la de representar una literatura nacional a los ojos de los lectores extranjeros; para ellos, Joyce es toda la literatura irlandesa, Andriç representa a la perfección a la bosnia y Kundera a la checa, e Ismaíl Kadaré «es» la literatura albanesa, de la que nada más se sabe. Al escritor, esa encarnación no parece resultarle incómoda: la mayor parte de sus treinta novelas se desarrollan en Albania y poseen un trasfondo político, a menudo crítico con el régimen, pese a que Kadaré también supo beneficiarse de él: fue diputado, presidió la Unión Albanesa de Escritores y gozó de la protección personal del dictador Enver Hoxha. Albania, de alguna manera, también se benefició de la obra de Kadaré, cuyo prestigio internacional ubicaba al pequeño país balcánico en el mapa literario mundial, al tiempo que permitía al régimen adoptar un rostro humano y tolerante que distaba mucho de la realidad de delación, persecución y asesinato que se vivía en Tirana, la capital del país. Esta situación, que sugeriría un juicio moral que no será hecho aquí, no tendría por lo demás ninguna importancia –hay épocas y países en los que, de quitarse a los escritores colaboracionistas, a los escritores cobardes y a los cretinos, apenas quedaría alguien a quien leer– si no fuera porque esa situación aparece ligeramente disfrazada en El accidente, su última novela.
El accidente narra un hecho luctuoso apenas significativo, sin embargo, para tres o cuatro personas y para sus familiares y amistades más directos. En Austria, una mañana brumosa, un taxi se estrella en la carretera camino del aeropuerto; en su interior, aparte del propio taxista, que sobrevive, se encontraban un funcionario del Consejo de Europa para cuestiones de los Balcanes llamado Besfort Y. y una becaria del Instituto Arqueológico de Viena de nombre Rovena St., ambos de nacionalidad albanesa. Tras el fracaso de los servicios secretos de ese país y de Serbia para determinar las causas del accidente y si éste tenía una motivación política, un investigador anónimo y exhaustivo decide reunir todos los testimonios alrededor del hecho con la finalidad de establecer qué relación unía a las víctimas, reconstruir sus últimas horas de vida y concluir si se trató de un crimen político o de un drama pasional; para ello, el investigador recurre al diario de la joven y a testimonios de camareros, de antiguos amantes de Rovena St. y del taxista, quien dice haber visto algo extraño, que el lector, pero no el investigador, hubiera considerado normal: el taxista ha visto por el espejo retrovisor que las víctimas procuraban besarse.
El accidente se organiza y gira obsesivamente alrededor del hecho que le da título y de la relación entre Rovena St. y su amante. ¿Eran una pareja? Rovena St. tenía, por lo demás, otros amantes, entre ellos una pianista llamada Liza Blumberg, cuyo testimonio es clave para la «resolución» del caso. ¿Se trataba más bien de una relación casi exclusivamente comercial, como la que tiene un cliente con una prostituta? Ciertas confidencias de Rovena St. podrían inducir a pensarlo. ¿Se trata de un crimen político? Besfort Y. –como el propio Kadaré– ha apoyado los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado y es espiado por el servicio secreto de Serbia y Montenegro. ¿Tiene un pasado oculto, que lo hace estremecerse ante la posibilidad de ser convocado por el Tribunal de La Haya para los crímenes en la antigua Yugoslavia? Uno de sus sueños, narrado por Rovena St., y su secretismo permitirían pensarlo. ¿Fue Besfort Y. quien escenificó el asesinato para librarse de su amante? Su relación siempre ha sido tormentosa, de acuerdo con los testimonios y con el intercambio epistolar entre ambos, y Rovena St. ha confesado a Blumberg sentirse intimidada por el hombre. ¿Fue la pianista la que ocasionó la muerte de su amante por celos? ¿Hubo un sabotaje? ¿Por qué Besfort Y. llevaba consigo fotografías de niños asesinados? ¿Existe algo en realidad que permita pensar que las últimas horas de la pareja podrían aportar luz al accidente? ¿Han muerto realmente Besfort Y. y Rovena St. o todo ha sido una simulación o algo incluso más perturbador e indescifrable?
Se trata de preguntas que, tomando en consideración la distribución de los géneros literarios en el estado actual de la literatura, inducen al lector a creer que se encuentra frente a una novela policíaca, una hipótesis de lectura ratificada por la figura del investigador –incluso aunque éste permanezca en el anonimato– y por el recurso a los testimonios. Sin embargo, existen varios elementos para creer que el modo dominante de la narración no es el realismo, tal como es habitual en la novela policíaca. El más importante de ellos es la «resolución» fantástica del caso, que evoca el mito de Orfeo y Eurídice y su visita a los infiernos, y que es adelantada ya en la página 39, pero otro elemento importante en ese sentido es la acumulación de información a la que el narrador/investigador no puede haber tenido acceso de forma plausible: conversaciones íntimas, diálogos telefónicos, pensamientos de los personajes, etcétera. El lector puede sospechar que esta información corresponde a una forma específica de la comunicación en los Balcanes –«sombrías suposiciones que desembocaban en sospechas, frases de doble sentido, diálogos indescifrables extraídos de recuerdos de ciertas conversaciones telefónicas, se remontaban hasta la superficie para volatilizarse de nuevo en el torbellino del caos» (p. 47)–, ese territorio misterioso pero de irresistible atractivo a cuyos amores violentos y sus odios transmitidos por generaciones Kadaré ha dedicado sus mejores obras y algunas páginas de El accidente, puesto que, aquí, la relación entre Rovena St. y Besfort Y. funciona como una metáfora de la caída del régimen comunista albanés, un «breve huracán de odio» (p. 154) que sirve de escenario de la acción. Sin embargo, el lector tiene más bien la impresión de ser engañado, una impresión ciertamente paradójica, ya que el engaño es la base misma de toda narración de ficción: el engaño es algo funcional dentro de la escritura de ficción, pero sólo cuando disimula su carácter y resulta inadvertido al lector. Que esto no suceda en El accidente constituye uno de los mayores problemas de la novela; otro es la ausencia de progresión dramática, que hace que el lector pierda rápidamente el interés por unos personajes cuyos misterios son pueriles o incomprensibles; el último de esos problemas proviene de la prosa de Kadaré, densa y sombría como en sus mejores obras, pero sorprendentemente torpe cuando el escritor albanés debe dar cuenta de las prácticas sexuales de sus personajes o incurre en cursilerías: «Seguía el vientre, un nuevo señuelo. En su extremo, oscuro y amenazador bajo la marca del toisón negro, se escondía el último parapeto. Allí es donde él había sido vencido» (p. 64); «Hemos nacido la una para la otra [...] yo la pianista, tú el instrumento que se rinde a mis dedos [...] rumbo a ese séptimo cielo del que tanto se habla pero que sólo unos pocos, un puñado de elegidos, consiguen alcanzar» (p. 158); «Él le besó el vientre, luego descendió vertiginosamente más y más abajo, hasta el oscuro abismo donde las leyes eran otras y el pacto asimismo otro» (p. 190), etc.
Aunque minúsculo, Albania es un país de indudable fondo literario pese a que las páginas más interesantes sobre él han sido escritas por extranjeros como Robert D. Kaplan, John C. Hobhouse y Joan A. Kontos. Quien desee conocerlo disfrutará leyendo a esos autores y al propio Kadaré en El palacio de los sueños (1981) y Crónica de piedra (1971), publicados en español por Alianza, pero El accidente no es sino un episodio más en una obra que ya puede ser tildada de irregular.

01/02/2010

 
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