ARTÍCULO

JOSÉ LUIS GARCI. EL ABUELO

El abuelo ha sido producida por Nickel Odeon, S.A., y está distribuida por Columbia Tristar Films de España, S.A.
 

Aquel mote de garbancero que le colgó Valle-Inclán a Galdós a través de uno de sus personajes caló sin duda entre nosotros. Que la importancia de Galdós en la literatura española sea todavía materia de opinión, mientras Valle-Inclán parece instalado en el más indiscutible de los parnasos, acaso no sea sorprendente en una cultura que tiende a valorar tanto el aparato verbal. Pero Galdós superaría a Valle-Inclán, al menos en su ambición de «grandes temas»: la pugna entre tradición y progreso, el antagonismo de «las dos Españas», el enfrentamiento entre realidad y sueño... En el caso de El abuelo, y para ajustar mejor las cuentas, sería además conveniente analizar ciertas sutiles correspondencias entre don Rodrigo Arista-Potestad y don Juan Manuel Montenegro, quizá antecesor el uno del otro. Pero no puede ir por ahí el objeto de este comentario. Valga sólo la referencia al interés de Galdós por los asuntos de profundo calado histórico y moral. El abuelo, donde se dirime la oposición entre la retórica de las Grandes Palabras Simbólicas y la verdad de los sentimientos concretos, es una muestra notable de tal interés.

Para justificar la forma teatral de esta ficción, Galdós, en el prólogo, viene a defender la preeminencia de sustancia dramática en el juego de «acciones y caracteres» de lo que él llama «la novela moderna». Sin embargo, acaso lo menos sólido de la «novela en cinco jornadas» El abuelo sea, precisamente, la exigencia formal de que los aspectos dramáticos e informativos de su peripecia novelesca tengan que apoyarse exclusivamente en los diálogos. La contextura teatral ha obligado al autor a poner en boca de los personajes no sólo aquello que va haciendo fluir la narración, la contraposición de los juicios y la dialéctica de las actitudes, sino también la mera y puntual descripción de aquellos hechos precisos para entender los antecedentes de la trama. Empeño difícil, pese a la indudable maestría con que está acometido, del que se resiente a veces el vigor de la historia. El pie forzado de un relato que fluye únicamente a través de lo que dicen los personajes, con el apoyo de acotaciones de carácter teatral, trivializa algunas escenas, hace reiterativos ciertos comportamientos y añade en ocasiones un inevitable tono enfático a las declaraciones solemnes. No obstante, los personajes están sólidamente construidos y la trama encarna y resuelve con fortuna, en acciones de seres humanos palpables y creíbles, una arriesgada cuestión del pensamiento.

El gran mérito de la película de José Luis Garci está en haber sabido sintetizar los mejores elementos de la novela y en haber conseguido una gran unidad estética. A través de un guión excelente, construido también mediante cuadros sucesivos, la película nos presenta el mundo de la novela con toda su fuerza, muy ceñido a los diversos factores que componen el drama. En la película no hay ningún diálogo puramente descriptivo y todos están cargados de narratividad y ayudan a crecer la historia desde la propia tensión interior. Incluso algunos, como la conversación entre las dos nietas de don Rodrigo y su manso preceptor, don Pío Coronado, a propósito del desamor que sienten hacia éste sus hijas, o los encuentros entre don Rodrigo y su nuera, consiguen singular intensidad expresiva.

El pequeño universo interesado y mezquino de Jerusa y La Pardina, donde se mueven los antiguos hijos de las cocineras del «león de Albrit», que en la novela tiene cierto tono sainetesco, está en la película resuelto con austeridad y precisión. El abuelo novelesco, energúmeno vociferante que no deja de zaherir a sus antiguos siervos, está en la película muy humanizado. Ha sido un acierto concentrar la mayor borrasca de sus iras en la escena del casino, en que el viejo caballero se enfrenta a quienes han querido recluirlo, con engaños, en el monasterio, convirtiendo el monólogo original en una escena de gran viveza. También la condesa Lucrecia adquiere en la versión cinematográfica una certera carga de patetismo, y es plausible la escena inicial, que no está en la novela, y que nos la muestra en el momento de concluir su enredo amoroso con el ministro, obviando así el arranque del libro en que dos antiguos criados, en un diálogo en exceso funcional, informan al lector sobre las costumbres disipadas de la noble viuda, entre otras cosas.

Horacio Quiroga, en su «decálogo del perfecto cuentista», decía que un cuento es una novela depurada de ripios. Como forma narrativa, el cine se parece más al cuento que a la novela por esa necesidad de purificar los excesos y derivaciones que la novela suele acarrear, y que siendo muchas veces tan enriquecedores de la lectura, lastrarían sin remedio la versión cinematográfica. El guión de José Luis Garci y Horacio Valcárcel es en este sentido ejemplar, pues nos da la sustancia de la novela sin traicionar su trama ni oscurecer su espíritu, y la única objeción que yo le pongo está en la solución que se ha dado al diálogo final entre don Pío y don Rodrigo a propósito del honor, que en la película se resuelve con menos matices y belleza que en el original literario. También pertenece al terreno de lo caprichoso, inevitable al parecer en el cine español, una broma del abuelo sobre la condición de don Pío como abuelo también de Dolly, que le da a don Rodrigo una superflua e inadecuada nota de cinismo.

Desde el punto de vista narrativo, en la película hay que valorar también el ritmo con que la historia está contada, en lo que pudiéramos llamar un aire de adagio, llevado con pulso firme y seguro que no titubea ni se pierde en ningún momento del largo relato, jugando con el mar como imagen simbólica del lento pero implacable movimiento de las reflexiones y sentires de don Rodrigo. Hay que decir que Fernando Fernández-Gómez, con su facha leonina, recrea un abuelo magnífico, pero es de justicia señalar que todos los demás actores y actrices están a su altura, componiendo un conjunto interpretativo memorable, sobre todo Cayetana Guillén Cuervo, Rafael Alonso, Agustín González y las dos nietas, Cristina Cruz y Alicia Rozas. Por último, hay que decir también que los escenarios naturales no podían haber sido mejor elegidos.

01/01/1999

 
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