ARTÍCULO

11 de Septiembre: un año después

 

El 11 de septiembre de 2001 comenzó como un día cualquiera, pero pronto dejó de serlo. Primero fue la sorpresa y la incomprensión de lo que estaba sucediendo –y siendo retransmitido en directo a todo el mundo–; después el espanto y el horror ante la catástrofe; más tarde vino la sensación de impotencia y el sentimiento de rabia por la atrocidad cometida. Incluso un año más tarde es prácticamente imposible olvidarse de las imágenes de las Torres Gemelas de Nueva York, primero incendiadas y, luego, en pleno derrumbe.

Ese día era imposible saberlo, pero el ataque de Bin Laden supondría un antes y un después en el entorno estratégico y en las relaciones internacionales. La visión de un mundo rico, democrático y liberal a salvo de la violencia e inestabilidades que sacudían a los países pobres o dictatoriales, se quebró a medida que se hacían pedazos los edificios emblemáticos del poder financiero y militar del mundo occidental. El mundo se adentraba en una nueva era de la vulnerabilidad y del terror.

Una de las primeras preguntas que se formularon expertos y analistas fue: ¿qué es lo que ha pasado? Hasta ese fatídico martes de septiembre, los atentados terroristas habían causado daños limitados y, por lo general, se habían cometido enmarcados en una estrategia política, ya de izquierda revolucionaria, independentista o antiamericana y, normalmente, contra elementos del poder militar o político. Los atentados del 11-S se plantean de una forma y con una naturaleza radicalmente distinta. Como argumenta François Heisbourg, se trata de la nueva figura del «hiperterrorismo», un terrorismo de masas de dimensiones tan exageradas que el ataque de los aviones se asemejaba a lo que una bomba nuclear táctica podría llegar a destruir.

Indefectiblemente, todos cuantos han analizado el 11-S le otorgan al terrorismo de Bin Laden ese carácter especial. Jessica Stern lo llama el «terrorismo definitivo». Pero, más allá de su alcance, este terrorismo es de nuevo cuño también por otras razones: por un lado, expresa una lucha total y exterminadora. Bin Laden no busca chantajear a los americanos y occidentales, no les reclama la liberación de prisioneros suyos ni un pedazo de tierra donde asentarse, «sólo» busca la destrucción del orden democrático liberal. De ahí que se haya reavivado un gran debate tras los atentados, el del choque de civilizaciones puesto de moda hace diez años por el profesor de Harvard Samuel Huntington. En todo caso, la mayoría de los autores aquí reseñados, tal vez en su afán de evitar el fenómeno social de alimentar una profecía que se autocumpla, intentan delimitar y separar el terrorismo fundamentalista del mundo islámico en general. Desechando la religión o la cultura como las causas de esta nueva violencia, las razones deben encontrarse en otro lado.

En tercer lugar, los suicidas a las órdenes de Bin Laden ponían de relieve otra característica nueva de este terrorismo de masas o catastrófico, su naturaleza indisuadible, pues el elemento más valorado para ejercer la disuasión, una represalia mortal, deja de tener sentido cuando alguien está dispuesto a morir matando. Como asegura Brian Jenkins en la obra colectiva editada por Hoge y Rose, «el arma secreta de los terroristas del 11 de septiembre no fue la tecnología, sino su disposición y resolución». Particularmente, su disposición y resolución para inmolarse. Aunque terroristas suicidas aislados ya eran un fenómeno conocido, hasta ese día se pensaba que el modelo no era exportable más allá de Oriente Medio y, sobre todo, que no tenía sentido en grupo. Los expertos se equivocaban.

Tal vez esa sea la consecuencia más relevante de aquel sombrío día, como defienden en su libro los analistas de la BBC: el mundo entró en shock porque lo impensable se hizo realidad. Desde ese momento nada puede descartarse por el mero razonamiento de que nunca antes haya tenido lugar. De ahí que pueda argumentarse que más que en una era de la vulnerabilidad, como sostienen diversos autores, el mundo occidental haya entrado en una era del miedo, como bien titulan su libro Strobe Talbott y Nayan Chanda.

 

EL PORQUÉ DE LA AGRESIÓN

Un segundo gran tema compartido por todos los autores es la búsqueda de las raíces y causas últimas de los atentados terroristas. En las obras reseñadas, aunque se comentan casos concretos pero coyunturales de una mala política norteamericana hacia el tercer mundo u Oriente Medio, se produce una notable coincidencia en exculpar al mundo desarrollado y a la pobreza como las razones últimas del conflicto. La pregunta inicial e ingenua de «¿por qué nos odian?» es sustituida por «¿qué es lo que en verdad odian?».

En este terreno son altamente reveladoras las obras dedicadas a explicar la figura del mismo Bin Laden. En el caso del libro de Roland Jacquard, destinado a describir el período de maduración de Bin Laden como el terrorista que es hoy, queda patente la total desconexión entre Al Qaida y la pobreza. Bin Laden y sus hombres son producto de la sofisticación de las élites tradicionalistas musulmanas, especialmente de Arabia Saudí, y poco les ha importado la pobreza o el sufrimiento de «sus hermanos palestinos». Como el FBI ha ido haciendo ver, los terroristas de Bin Laden provienen de familias adineradas de los países más ricos del Golfo. Y, de hecho, los autores aquí reseñados coinciden en que lo que de verdad quiere Bin Laden es imponer una revolución islámica fundamentalista que derroque a los regímenes actuales, vendidos, según él, a la corrupción y a los norteamericanos. Lo que odian no es tanto nuestra forma de vida decadente, sino la traición, el cinismo y la corrupción de sus propios hermanos, custodios de día de los lugares santos, pecadores impenitentes de noche.

Como bien señala Charles Hill en su ensayo dentro del volumen editado por el antiguo subsecretario de Estado Strobe Talbott, «si ni la Historia ni la auténtica fe islámica pueden explicar el bajo nivel de Oriente Medio, ¿qué puede explicarlo? La respuesta reside en el miserable estado de la política y los gobiernos en esa región». Y lo mismo vale para la violencia terrorista. Jacquard expone claramente la evolución ideológica de Bin Laden, primero como guerrillero contra las tropas soviéticas invasoras de Afganistán, en los ochenta, y, a partir de la guerra del Golfo de 1991, con todas sus concesiones por parte de la familia real saudí a la presencia de tropas occidentales, sobre todo americanas, contra dichas fuerzas extranjeras y, muy singularmente, contra quienes las permitían.

En ese sentido, de una cultura educada en el tradicionalismo más conservador musulmán, la corrupción de los gobernantes saudíes se interpreta por Bin Laden como una renuncia a ejercer los principios del Corán y la única salida que ve es su derrocamiento y la instauración de una república islámica en el país custodio de los santos lugares, Medina y la Meca.

La obra de Jacquard expone fielmente las contradicciones familiares, el destierro a Sudán de Bin Laden y su creciente resolución de enfrentarse a los suyos.

PERO, ¿CÓMO HA SIDO ESTO POSIBLE?

El tercer gran interrogante no tiene que ver con los agresores en sí, sino con la incapacidad estadounidense y occidental para haber detectado y desbaratado los planes de los terroristas. De hecho, ese es el título exacto de una de las obras reseñadas, How did this Happen? La reacción más inmediata es buscar un culpable y, en este terreno, la peor parte se la han llevado los servicios de inteligencia, acusados en un principio de desconocer prácticamente todo sobre los terroristas. No obstante, hoy sabemos que, en realidad, era todo lo contrario: se contaba con mucha información pero que no se supo evaluar a tiempo, que no se entendió en su contexto o, simplemente, que estando dispersa en varias agencias, no se comunicó debidamente y nadie fue capaz de dar una alerta creíble y global de lo que se venía encima.

De hecho, como afirma Thomas Powers en el capítulo de Striking Terror titulado «Los problemas de la CIA», el problema no era la falta de información, sino el fenómeno de los tres ciegos y el elefante, del que cada uno solamente tocaba una parte y del que cada cual daba una descripción absolutamente distinta, según conociera la pata, la trompa o el colmillo. Así y todo, como él mismo dice, «no es normal que la CIA reconozca sus propios errores» y quizás el mayor de ellos no se encuentre en las estructuras y en la coordinación y flujo apropiado de la información, sino simplemente en su cultura institucional. Al igual que pasó con Pearl Harbour en 1941, cuando hay demasiado «ruido informativo», los agentes de inteligencia, ya sean civiles o militares, tienden inexorablemente a confiar en sus expectativas, que normalmente se limitan a lo conocido.

En cierta medida ese es el diagnóstico que de la inteligencia se hace en la obra editada por Campbell y Flournoy, To Prevail, pero quien lleva más lejos este razonamiento de que el fallo estaba incrustado en la cultura organizativa de la inteligencia es Paul Bracken en su capítulo «Pensar lo impensable», incluido en el libro The Age of Terror. Para este autor, tras años de descanso en la obtención de información con medios técnicos, el descuido por la captación de agentes regionales y la pérdida de foco causada por la pausa estratégica de los años noventa, había generado un estado de opinión y una manera de entender la profesión y el mundo ciega para el nuevo terrorismo. Simplemente no cabía en los presupuestos burocráticos. Y, en ese sentido, cualquier terapia exige un cambio cultural y no quedarse en reestructuraciones organizativas, por muy necesarias que éstas sean.

De todas formas hay que tener en cuenta que el 11-S no sólo fue un fallo de la inteligencia norteamericana, sino de todos los servicios de espionaje occidentales. En gran parte de Europa, por ejemplo, se pensaba que los terroristas árabes o sospechosos de serlo recurrían al Viejo Continente en busca de respiro y, cuando más, apoyo dinerario. Y en realidad, como hoy bien se sabe, se movían con gran libertad para iniciar a nuevos miembros y planificar todo tipo de atentados, incluyendo los del propio 11-S. Este hecho refuerza la tesis de un fallo sistémico de la inteligencia occidental y menos el fracaso de una organización concreta.

Otro asunto de relevancia es el análisis de los procedimientos, estructuras y funcionamiento de la red terrorista Al Qaida. Aquí el libro de Peter Berger resulta altamente aleccionador. Analizando múltiples informaciones a numerosos países, Berger nos pinta un cuadro de una organización que, en realidad, no es tal, sino una red de redes y células terroristas; que utiliza métodos y actividades económicas del todo legales para financiar su existencia (el dinero, en su caso, no se blanquea, sino que se «ensucia», al revés de lo que es habitual en el narcotráfico y otros delitos); que su presencia se extiende por más de cincuenta países; y que toma a Bin Laden como su gurú inspirador más que como su jefe jerárquico.

En realidad, Al Qaida responde a un tipo de organización posmoderna o posindustrial, bien adecuada para la era de la globalización, que nada tiene que ver con las rígidas y jerarquizadas estructuras de las fracciones del Ejército Rojo en Alemania o ETA en España. De ahí también que la estrategia para combatirla tenga que ser obligatoriamente distinta. La obra colectiva editada por Campbell y Flournoy tal vez sea la que con más detalle aborda los distintos niveles de la actual guerra contra el terrorismo internacional, desde su vertiente militar a la de inteligencia, pasando por la seguridad interior y del territorio a, muy especialmente, los aspectos financieros. La guerra contra el terror debe ser multidimensional a la vez que multinacional si quiere tener éxito.

En todo caso, la interrogante que queda en el aire y que ningún autor se atreve a contestar es qué pasaría con Al Qaida si se acaba con Bin Laden. Si en verdad es un sistema organizativo tan complejo como sofisticado y autónomo, la figura de su inspirador no resultaría ya relevante. Sin embargo, parece que su inspiración ha resultado vital en estos últimos años, por lo que la ausencia prolongada del líder podría llevar a la desmembración de la organización y, por tanto, a la pérdida de su capacidad de ser un terrorismo de masas y global. Esa es, al menos, la idea que subyace en la contribución de Charles Hill, «The Myth and Reality of Arab Terrorism», a The Age of Terror. Desgraciadamente es una hipótesis que sólo la Historia podrá aclarar.

¿QUÉ ES LO QUE HA CAMBIADO EN EL MUNDO?

El 11-S cambió profundamente a los Estados Unidos y, con ellos, al mundo. El impacto estratégico ha sido claro y es compartido por los autores de las obras reseñadas: el activismo norteamericano y su indiscutible primacía militar. Sólo hay que recordar que los europeos temían de Bush hijo su posible aislacionismo y hoy se quejan del excesivo intervencionismo del actual inquilino de la Casa Blanca, listo a librar una batalla moral y material contra el «eje del mal» y el «mal» mismo en el mundo.

Por otro lado, la importancia central de la lucha contraterrorista para Washington ha llevado a situaciones paradójicas, como una OTAN que activa su cláusula de defensa mutua pero que apenas se moviliza colectivamente en apoyo de las fuerzas norteamericanas; o una Rusia que presta más servicio sobre el terreno que los aliados europeos. El panfleto editado por Charles Grant, director de uno de los think-tanks británicos más de moda, aborda las consecuencias de estos movimientos geoestratégicos para Europa y concluye sombríamente que los europeos, en su conjunto, hemos perdido relevancia estratégica para los Estados Unidos. Europa ha sido víctima de su propio éxito y hoy la atención pasa por otras zonas. El caso del enamoramiento de Bush hijo con Putin es una buena prueba de ello.

Por otro lado, como Fareed Zakaria expone en las conclusiones de How did this Happen?, lo que ha traído consigo el 11-S es el retorno de la Historia bajo la forma de la quiebra del ensimismamiento occidental de los años noventa. Los atentados habrían despertado al mundo occidental de su sueño de paz perpetua, exponiéndolo con toda crueldad a la existencia olvidada ingenuamente del mundo real, un mundo lleno de odio y violencia. Heisbourg, en sus conclusiones a Hyperterrorisme, va aún más allá y fecha el punto exacto de ese retorno a la Historia: en realidad, la sociedad internacional habría dado un salto hacia atrás hasta 1618. No olvidemos las realidades de la guerra de los Treinta Años, sus actores y, sobre todo, el nacimiento del orden político moderno en el que aún nos movemos, aunque con creciente dificultad. ¿Habrá que esperar tres décadas para vislumbrar qué sistema político emerge de las ruinas de los edificios americanos?

Paralelamente a los fríos y cuidadosos análisis académicos hay otro nivel de reflexión, más pegada a la calle y a las pasiones del momento, más esclava de la vida y de la muerte.

La obra del que en su día diera nacimiento a la nueva filosofía francesa, André Glucksmann, se abre con una dramática carrera hacia la vida –pero entre los cadáveres mutilados que saltaban desde los pisos altos de las Torres Gemelas– de un joven neoyorquino que trabaja plácidamente en el piso 64 de la Torre Sur. Sin embargo –y al contrario que el opúsculo de Oriana Fallaci–, su libro, como él mismo admite, es un ejercicio permanente de autocontención. De hecho, bajo la falsedad de esa supuesta autocontención de sus pasiones, Glucksmann va a justificar sus disquisiciones en busca de una explicación del nihilismo terrorista –que busca en los clásicos de la literatura y la filosofía– en anécdotas donde lo que queda claro es la necesidad de luchar contra el miedo, contra el terror. Explicar «mato, luego existo» y, sobre todo, «muero matando, luego existo» no es tarea fácil. Y, de hecho, el libro tampoco lo es. Así y todo, su lectura resulta atractiva.

El libro de Fallaci es otra cosa. Es un vómito de rabia y orgullo, haciendo fiel servicio a su acertado título. Ya conocíamos su versión breve por las páginas de El Mundo, pero esta edición expandida no desmerece en nada lo ya publicado. Oriana Fallaci siempre ha tenido por bien considerarse una radical y en este libro también lo es. Curiosamente, sus recuerdos de infancia, entremezclados con sus juicios sobre la actualidad, son altamente reveladores para comprender qué significa el terror y la guerra para la autora italiana. Culpa a los británicos por haberse equivocado en las coordenadas de un bombardeo sobre una barriada de Florencia, como condena los atentados sobre las Torres, pero parece admirar el combate de los miembros de Al Qaida en las montañas de Tora Bora cuando luchan por su supervivencia.

A Oriana Fallaci le apasiona la guerra entre caballeros, aunque nunca lo diga explícitamente, pero el problema al que se enfrenta es que esa institución ya no es válida en el mundo en el que vivimos. Posiblemente de ese dilema salga su conclusión más fuerte: el mundo occidental está en guerra con el radicalismo musulmán; ambas culturas son diferentes y están abocadas a no entenderse. Ella se reconoce parte de uno de esos dos mundos y cree que hay que estar dispuestos a despojarse de todas las hipocresías y defender por las armas lo que es legítimamente nuestro. Ella lo hace con su palabra; otros lo deberán hacer con sus fusiles.

¿VA A VOLVER A HABER MÁS ATAQUES TERRORISTAS?

Otra pregunta que planea en todos estos libros es la posibilidad de que vuelvan a producirse atentados de masas, incluso que los terroristas recurran ahora a armas de destrucción masiva, tipo ingenios biológicos, radiológicos o nucleares. Como el célebre científico nuclear de la Universidad neoyorquina de Columbia, Richard Garwin dice en su capítulo de Striking Terror, «Si secuestrar un avión de pasajeros ya no fuera posible, los terroristas motivados darán con cualquier otra cosa [...] armas grandes y pequeñas pero terroríficas existen, y debe esperarse que las empleen». Su capítulo se titula «The many threats of terror».

Ese pesimismo es compartido en la medida en que, a pesar de los éxitos policiales y militares de la lucha contraterrorista, pueda llegar a haber una convergencia entre la motivación del odio y el rencor antiamericano o antioccidental y la difusión de la tecnología de las armas de destrucción masiva, particularmente las biológicas, las más fáciles de producir y las más difíciles de detectar y de prevenir en su empleo.

Ahora bien, todos los autores también coinciden en que su pesimismo no puede llevar ni a la desesperación ni a la inacción y que los gobiernos deben hacer todo cuanto esté en su manos para protegerse de futuros ataques. Dos obras son particularmente beligerantes en este aspecto, la de Campbell y Flournoy, con el significativo título de To Prevail, y la de Hoge y Rose, How did this Happen? En ambos libros se argumenta sobre la escasa atención que se había concedido hasta el 11-S a la seguridad del territorio propio, algo que los autores achacan a la geografía insular, a la experiencia histórica y a la naturaleza expedicionaria norteamericana, pero que, sin embargo, ha sido un fenómeno compartido por los aliados europeos por muy distintas razones. Sea como fuere, hay que reconocer que el sistema de aviación civil en Estados Unidos, orientado a hacer lo más user-friendly el tomar un avión, no hizo sino aliviar las complejidades de un secuestro múltiple, como dice Gregg Easterbrook en su aportación al libro de Hoge y Rose, «The all-to-friendly-Skies». Los autores de estas dos obras defienden la necesidad de reforzar la atención hacia la seguridad «interior» en un momento en el que la distinción entre «interior» y «exterior» tiende a difuminarse por completo. La pregunta que se hacen es clara: ¿deben los ejércitos ocuparse básicamente de salvaguardar la paz en zonas remotas del mundo cuando los ciudadanos nacionales quedan expuestos a ataques terroríficos? La contestación es en todos los casos negativa.

El objetivo nacional sería, así, triple: primero prevenir un nuevo ataque; segundo, gestionar las consecuencias de un atentado de masas, si llegara a producirse; por último, represaliar a quien lo hubiera cometido. To Prevail propone la creación de una organización, de mando único y centralizado, para la defensa y seguridad del territorio nacional, idea que la Administración Bush recogió en su día y que ya está en funcionamiento. No en vano los autores del libro son miembros de un influyente centro de pensamiento washingtoniano, el Center for Strategic and International Studies, muy vinculado al partido republicano.

Hasta el 11-S la política contraterrorista no era una prioridad en la agenda internacional. Un año más tarde sigue siendo la obsesión número uno. El alcance y la naturaleza de los atentados de hace un año y la mera posibilidad de que los ataques del 11-S no sólo fueran el principio de una larga lucha, sino también un primer peldaño de una violencia terrorista aún por ver, así lo exige.

De la lectura de la mayoría de estas obras reseñadas surge una pregunta lógica: ¿fue el 11-S el máximo de destrucción que puede alcanzar una organización terrorista o, por el contrario, sólo fue un primer acto de una escalada pavorosa?

Los gobiernos se muestran históricamente muy poco capacitados para anticiparse a los grandes actos y suelen confiar más bien en su capacidad de reacción. ¿Es ese un lujo que pueden seguir permitiéndose ante un escenario de terrorismo biológico, con millones de víctimas, por ejemplo?

La reflexión que se impone tras el 11-S es que ese día se cruzó un Rubicón y que se abre ante nosotros un largo período de incertidumbre y temores. Tanto es así que el refuerzo de los cuerpos de seguridad del Estado, de los servicios de inteligencia y, en menor medida, de las fuerzas armadas se contempla ahora como una salida normal y aceptable. Entre seguridad y bienestar se entiende que la seguridad debe ser lo primero. No está tan clara la elección todavía entre seguridad y libertad individual. Los libros mencionados no recogen la polémica, pero no se puede obviar que muchas de las medidas de protección de la seguridad nacional suponen un mayor nivel de intrusión del Estado en las vidas de sus ciudadanos, algo que en sociedades con un fuerte componente social no es del agrado de todos.

En cualquier caso, lo que sí está claro es que el terrorismo, su prevención y su eliminación, ha pasado a ser una prioridad de los gobiernos, porque, como todos los autores reconocen, es un fenómeno global cuya única respuesta y solución pasa por la cooperación multinacional, por el esfuerzo compartido de todos.

01/09/2002

 
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