ARTÍCULO

Luz de la memoria

 

Como suele ocurrir, el lenguaje habitual toma de la ciencia y otras disciplinas lo que le interesa, adaptándolo y haciendo que diga algo ligeramente distinto de su significado original. Está ocurriendo, por ejemplo, con el término agujero negro, y sucede con ego, que, lejos de su significado freudiano, alude en el habla popular –y ya que ego sirve de prefijo para vocablos como egoísta o egocéntrico– a la vanidad, la presunción y la inmodestia. La frase que da pie al título de este libro («los escritores desayunan egos revueltos») alude a esa acepción que toma la palabra en el habla popular, y, sin embargo, el título puede ser, desde ese punto de vista, algo engañoso. Es más preciso –aunque, desde luego, menos útil como título, menos llamativo– el subtítulo. Egos revueltos, el libro con que Juan Cruz Ruiz ganó el XXII Premio Comillas, es, ante todo, eso que indica su subtítulo, la memoria de una persona que lleva cuarenta años relacionándose con los escritores como periodista y editor. En ese sentido, el libro encaja bien en un premio «de historia, biografía y memorias», pues de todo eso participa.
Es, además, un libro en el que nunca desaparece el estilo literario de su autor (que, además de las profesiones antedichas, es escritor reconocido, autor de varias novelas y un par de poemarios). Quien conozca esa trayectoria no se sorprenderá ante este nuevo título de Juan Cruz. En fin de cuentas, la memoria es la materia prima de buena parte de sus libros anteriores. Y si en Retrato de un hombre desnudo escribía que «toda autobiografía es un mensaje para otros», aquí los mensajes que mandan los otros, sus biografías, están entretejidos con la autobiografía del autor. Y, como corresponde a los vaivenes de la memoria, el libro tiene un ritmo muy particular, hecho de idas y venidas, vueltas y revueltas, algo parecido al vaivén de las olas que, probablemente, el autor habrá contemplado en más de una ocasión mientras pensaba o escribía este libro.
Estamos, pues, ante el libro de un escritor –no un mero cronista– muy interesado en la memoria y que emplea los recursos propios de la narración para atrapar al lector, como la suspensión del relato para mantener el interés (la visita a Cabrera Infante, que sirve de arranque, tarda muchas páginas en cumplirse), o esas interrupciones o saltos en el tiempo, típicos del estilo de Jorge Semprún (dicho sea de paso, presidente del jurado que premió el libro), esas frases precedidas de una adversativa: «pero ahora estoy...», «pero aún no entro ahí...», «pero estábamos hablando...», «pero todavía es muy pronto para...». Y como la memoria es una forma de olvido, no carece de algún delicioso despiste, como el de situar la legendaria casa de Juan Benet ¡en la calle Jarama! (p. 263), lapsus literario donde los haya.
Rindiendo tributo a la acepción habitual del término ego, Egos revueltos trata de la vanidad (que es otro nombre de la fragilidad y la vulnerabilidad) de los escritores. El ego toma a veces (Cela) la forma de la hipocondría, y el hipocondríaco, como bien explicara Álvaro Pombo con ocasión de un libro de Manuel Hidalgo, busca paliar la pérdida del protagonismo y recuperar la sobreprotección de la infancia. En otras ocasiones, el ego adquiere dimensiones olímpicas: así, Octavio Paz poniendo como condición para colaborar en un proyecto editorial la desaparición de otros colaboradores previstos. Otras manifestaciones son más mundanas, pero no menos elocuentes acerca de cómo vanidad y vulnerabilidad son dos caras de la misma moneda; es el caso de Susan Sontag, a la que sus editores prepararon un grupo de amigos para que solicitaran su firma en la Feria del Libro en previsión de que no hubiera solicitantes reales. Otras veces es el quien acude en socorro del ego, como la mujer de un escritor (¿Ernesto Sábato?) que hizo circular un papelito por la mesa en que se encontraba un grupo de amigos, recordando que llevaban un tiempo sin hablar del tal escritor, y éste empezaba a ponerse mohíno. Y otras, en fin (Benedetti), el ego es la «decisión de mantener la humildad como un pedestal desde el que se mira», aunque esa humildad no sea obstáculo para enfadarse porque el diario en que el escritor publica acoja cartas de lectores que lo critiquen.
Pero el libro, ya lo hemos dicho, va más allá de eso. Entre otras cosas, tiene –inevitablemente, dada la edad del autor– un cierto aire crepuscular. Muchos, demasiados, escritores de los que aparecen en estas páginas han muerto; algunos, hace ya unos cuantos años. A menudo, el lector tiene la certeza de que el autor está hablando de un tiempo irremediablemente ido, al que él mismo se refiere en más de una ocasión, citando a Gil de Biedma, como el último verano de nuestra juventud: «Pasaba por nosotros un tiempo diluido y finísimo, que casi no se notaba, porque entonces no se notaba el alcohol, bebías y era como si sus efectos los absorbiera la humedad de la noche; vivíamos para ver amanecer, era tan feliz el tiempo». Ese aire llega a ser trágico en algún momento, cuando se describe la desaparición de algunos protagonistas (Juan Marichal, Rafael Azcona), o la ocasión en que alguno de ellos (Severo Sarduy) leyó un diagnóstico médico que lo condenaba a muerte. En otras palabras, no es sólo una colección de anécdotas más o menos divertidas sobre las ínfulas de los escritores, «con el morbo que dan los cotilleos» (p. 53), sino –de ahí lo relativamente engañoso del título– una memoria de la vida literaria de los últimos cuarenta años con notable carga autobiográfica y cierto tono elegíaco: una importante tesela para hacer el mosaico de la historia de un tiempo y un país. En tanto que historia cultural, contiene retratos, o pinceladas, que añadir al retrato colectivo que viene haciéndose de ellos, de personajes ya legendarios de la cultura española de los que siempre apetece saber más. Gente como, digamos, Juan Benet o Carmen Balcells.
Cercano al sentido memorialístico del libro, hay algo en Egos revueltos de relato de formación, toda vez que plasma un aprendizaje del autor: están sus lecturas, sus maestros y, sobre todo, ese aprendizaje profesional, hecho en buena parte de los malentendidos sufridos (con Francisco Ayala, con Haro Tecglen, con Mario Benedetti), malentendidos que sí tienen mucho que ver con el ego de los escritores; ego que –conviene subrayarlo– es una expresión de esa fragilidad e inseguridad que les lleva a preguntarse: «¿Por qué no me quieren en su periódico? ¿Por qué me odia tal o cual colega? ¿Por qué no me aprecia aquel crítico?» Más aún; por momentos, tiene algo de confesión, de desahogo –como el que uno haría en un diván– del autor. Desahogo de los malos momentos, como ese fantasma que debe de perseguir a todo periodista (a Juan Cruz le ocurrió con José Bergamín) de que, alguna vez, un escritor le despache apenas empezada la entrevista, bien porque no le apetezca hacerla o –mucho peor– porque una o más preguntas le parezcan idiotas.
Es lógico que en un libro como éste no falten algunas anécdotas demasiado sabidas (la de Delibes explicándole a Baroja que ya han empezado a leer las mujeres, y la citadísima respuesta de éste; la de Semprún-Federico Sánchez preguntando en un bar quién era Di Stéfano). A cambio, contiene algunas informaciones interesantes. Como el intento, no consumado, de levantar o manipular en El País una crítica de Haro Tecglen sobre una obra de Espriu para no molestar a los lectores catalanes. O la explicación a lo que este crítico siempre consideró un misterio: el apoyo de Vázquez Montalbán a una de las primeras novelas de Carmen Posadas. Resulta que el creador de Pepe Carvalho tuvo que devolver un favor, implicándose en la promoción de aquella novela de la citada autora.
Egos revueltos, quizá no haga falta decirlo, es un libro que se lee muy bien, una lectura muy grata que interesará a cualquier aficionado a la literatura en español. Pues si, como ha recordado recientemente José-Carlos Mainer, la literatura es algo más que los libros, y dentro de ella caben cuestiones como el mercado, el poder o los escritores considerados como grupo, este libro explica bastantes cosas sobre ciertos aspectos de la literatura.

01/11/2010

 
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