ARTÍCULO

Sin rastro

Anagrama, Barcelona
248 pp. 15 €
 

De un vago nihilismo a la recuperación de la fe, de la desesperación a la esperanza, de una misantropía más o menos militante al abrazo fraternal con los otros y con uno mismo: tales son los trayectos que gusta recorrer a cierta novela actual, más bien corta de páginas, inasequible a los alardes formales y suscrita al susurro lírico de la primera persona. Si bien se mira, habría que hablar de un único camino, pues su identidad no se determina en razón del punto de partida y de destino, sino por el desencadenante del viaje. Éste consiste, invariablemente, en la metamorfosis del viajero, fruto del esfuerzo titánico que emprende el yo del protagonista tras sufrir alguna epifanía radical.Todo lo demás, es decir, lo que proporciona a cada obra su personalidad, es accesorio respecto al andamiaje suministrado por el «camino de perfección», y sólo depende de los gustos del escritor, de los del público al que se dirige y del talento disponible.
Una lectura crítica de esta clase de novelas viene a convertirse, entonces, en algo parecido a la verificación de las operaciones empleadas en un problema cuyo resultado se sabe de antemano. Es este un proceso con una recompensa a todas luces insuficiente, aunque puede ofrecer alguna clase de gratificación secundaria cuando, como sucede con esta segunda novela de Manuel Pérez Subirana, se aprecian las buenas maneras de un narrador solvente. Bien es cierto que los tópicos más convencionales de esta clase de relatos no reciben un tratamiento excesivamente original. El narrador, Roberto Brest, se ahorma al arquetipo del fracasado que se hunde en angustias hamletianas, mientras dilapida su talento en una fábrica de plásticos y en excesos etílicos. Por otro lado, el recurso del diario resulta bastante previsible como cauce de la narración y, sobre todo, como suministrador de lugares comunes más propios de los primeros tanteos de un bisoño (dos ejemplos: el acecho de la pulsión suicida y la coincidencia de ciertas entradas del diario con fechas navideñas, para mayor patetismo).
Pero, a pesar de todo esto, no puede decirse que Egipto sucumba, como norma general, a los cantos de sirena más habituales y lamentables de la novela de corte confesional. Se agradece especialmente que se eluda el ensimismamiento lastimero del narrador a través de un discurso en el que predomina la meditación serena adornada de ironía, pero sin llegar a homilía, otra de las tentaciones consustanciales al género. En consonancia con esto, tampoco se incurre en una excesiva efusión lírica, esa especie de tributo con el que algunos narradores intentan pagar las deudas contraídas con una peripecia liviana y unos personajes evanescentes. Claro que todo lo que viene diciéndose es una especie de vaciado crítico de la novela: una valoración sobre los defectos que no tiene y las convenciones que sí suscribe. Francamente, resulta complicado formular un juicio no relacional, esto es, un juicio sobre la novela en sí porque (al menos así le ocurre a este lector) es difícil encontrar algo más allá de los referentes en que se mueve. Me refiero a lo que habitualmente se denomina «voz propia» o «mundo personal», sintagmas que quizá no sean más que formas intuitivas de nombrar la autenticidad. Lejos de esa aspiración, casi todo en Egipto presenta un invariable aspecto de imitación correcta: ese submundo urbano, con su noche turbia y su repertorio de seres singulares; esa imposible relación asimétrica entre Roberto y Yolanda, la novia economista (relación que se rompe, por cierto, con un zafio golpe de timón melodramático); o el planteamiento del conflicto del protagonista en el que, como establecen los cánones modernos, la abulia sustituye al desgarro y el desencanto a los incendios agonales. Incluso la «rehabilitación» final de Roberto Brest, relacionada con su participación en un negocio ilegal y con la recuperación de la olvidada ambición literaria, introduce otros dos rasgos acuñados en los moldes de esta clase de novelas: las consabidas gotas de turbiedad moral (pues el saneamiento del individuo se consigue mediante su participación en la corrupción social) y, por supuesto, la inevitable aparición de la literatura como tema.
Si ninguna de las ideas de esta novela nos parece original o reveladora; si sus ambientes y personajes no son inverosímiles, pero tampoco extraordinarios; y si sus pertrechos técnicos, aun cuando se manejan con sensatez, son de lo más convencional, entonces, ¿qué impide que Egipto pase sin dejar rastro en la memoria del lector? Ni sublime ni aborrecible, la novela finalista del último Premio Herralde se hace acreedora de los atributos con que describe el narrador su propia mediocridad: «Un lugar cómodo, una terraza pequeña y tranquila con vistas al mundo». Pero, a diferencia de lo que le sucede a él, la mediocridad literaria (siempre en su acepción menos peyorativa) no es una «conquista», sino más bien una claudicación.

01/03/2006

 
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