ARTÍCULO

El crítico en tiempos de tribulación

Debate, Barcelona
Trad. de María Luisa Fuentes
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Debate, Barcelona
Trad. de Ricardo García Pérez
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Debate, Barcelona
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Debate, Barcelona
Trad. de Ricardo García Pérez
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Debate, Barcelona
Trad. de Ricardo García Pérez
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El último libro que publicó en vida Edward Said, Humanismo y crítica democrática, recoge un ciclo de conferencias pronunciadas en Nueva York el año de su muerte, 2003, «entre intensas sesiones de quimioterapia y transfusiones sanguíneas» (p. 18). Se trata de un libro que tiene mucho de testamento intelectual y exhibe no poco de ejemplo de un interés por las cosas que no retrocede, en su deseo de explicarse, ni siquiera ante la amenaza o la certidumbre de la muerte cercana. Las urgencias que hacen de la lectura de este libro una actividad desasosegada acaso sean también las urgencias de un mundo que se siente amenazado de muchas maneras. La más evidente de estas amenazas es, sin duda, la que se asoma en la capacidad de autodestrucción homicida del ser humano. Esta capacidad se halla en la obra de Said asociada a su denuncia de las muchas formas de incomprensión y de opresión.
El juicio que se haga en el futuro sobre la obra de Edward Said dependerá en buena medida de lo que ocurra con su libro Orientalismo. Esa estimación salvará o condenará la aportación de los estudios literarios del profesor palestino-estadounidense. Orientalismo sigue siendo una referencia inexcusable. Es la obra mejor conocida y más original de su autor, es la luz que baña el resto de su aportación crítica, es la justificación, asimismo, de su aventura intelectual.
Orientalismo es una obra que investiga una parcela muy concreta del conocimiento histórico y cultural. Se trata de la parcela en la que se cultivaron, crecieron y florecieron las aportaciones francesas e inglesas al estudio del Oriente Próximo, durante el siglo XIX y parte del XX. Se trata del apogeo del dominio colonial de estos dos países europeos sobre los países que forman el Oriente Próximo y los países que integraban lo que se conocía como Levante. Probablemente, sin haber leído una sola página de ese libro, el lector podrá profetizar que hallará, en los estudiosos glosados y comentados por Edward Said, ausencia de conocimientos, justificaciones ideológicas incomprensibles, mala fe, xenofobia, desprecio, racismo, geografía creativa e invenciones ideológicas para improvisar un Oriente que sólo existió en la imaginación de los orientalistas. Abre el libro el lector y, ciertamente, eso es lo que halla. Pero no sólo eso. Ni siquiera hallar eso es importante en esta monografía, pues podría escribirse un libro titulado Germanismo que recogiera las opiniones de ciertos ingleses o franceses sobre Alemania, y que arrojaría resultados no menos espectaculares que los del Orientalismo de Edward Said. Podría redactarse un Hispanismo que recogiera las opiniones de un buen puñado de ingleses o franceses sobre España que, sin duda, permitirían redactar un catálogo completo de ausencia de conocimientos, justificaciones ideológicas incomprensibles, mala fe, xenofobia, desprecio, racismo, geografía creativa e invenciones ideológicas para crear una España que sólo existirá en la imaginación de los estudiosos. Habrá, sin duda un Occidentalismo islámico... ¿Adónde conduce esto? El lector desearía saber qué hacía el Centro de Estudios Avanzados de Ciencias de la Conducta de la Universidad de Stanford (1975 y 1976), California, al sufragar una investigación en la que se demostraba que el imperialismo europeo, inglés y francés, fundamentalmente, se había equivocado en todo lo relativo a la comprensión de fenómenos religiosos, sociales, culturales y políticos relacionados con el mundo árabe e islámico. El fenómeno del orientalismo afecta, según Edward W. Said, en «menor medida» a «alemanes, rusos, portugueses, italianos y suizos». Pero esa «menor medida» trae consigo su forma de reduccionismo, pues crea ella sola un Occidentalismo que, aplicado a Occidente, no es menos lacerante que el orientalismo que denuncia Said. Reduccionismo que tiene otra vertiente. Para este autor, el Oriente abarca prácticamente todo el mundo menos Occidente. No es lo más grave que Edward Said haga extensivo ese censurable orientalismo, documentado en dos países europeos, a todo Occidente. Lo más grave es que el concepto de lo oriental, como polo opuesto del par Occidente/Oriente, en una dialéctica imaginaria que refuerza esa imagen de lo oriental en la que el propio Said da muestras ocasionales de complacerse, no deja de ser un juego intelectual. El mundo así reducido deja fuera de sus límites vastas regiones de la experiencia humana y de su historia que no son Oriente ni Occidente. El lector del siglo XXI, a la luz de las relaciones entre los Estados Unidos y los países islámicos, no podrá sino sonreírse con la amarga certeza que proporciona la repetición de los errores. Seguro que el Orientalismo que ahora podría escribirse desde los Estados Unidos no cedería en arrogancia o incomprensión si se comparase con el que pudo escribirse sobre Francia e Inglaterra. El autor así lo había previsto y lo había denunciado en el libro que dedicó a analizar el comportamiento de los medios de comunicación de masas de los Estados Unidos ante los conflictos de Irán.
Pueden los lectores españoles, con relativa facilidad, contraponer los prolijos desafueros que denuncia Edward Said, en su libro Cubriendo el islam, con la forma en que, por ejemplo, el atentado terrorista del 11 de marzo en Madrid se representó en la prensa árabe. En el libro El 11-M en la prensa árabeMercedes del Amo, Marcos García Rey y Rafael Ortega (eds.), El 11-M en la prensa árabe, Sevilla, Mergablum, 2004. podrá hallar el lector desde la hiriente falta de condolencias o de piedad por las víctimas, tan significativas como la del ex ministro marroquí de comunicación Muhammad Larbi Al Mesari, hasta los artículos que proclaman que la verdadera víctima del atentado de Madrid es el islam (Ahmad al Rubay), o las reveladoras calificaciones del crimen como «una cuestión circunstancial» o un «suceso coyuntural» (ambas en Muhammad Larbi Al Mesari), sin mencionar las tesis más ofensivas para la inteligencia de cualquier persona, las que proclaman que el verdadero culpable del acto terrorista fue el sionismo (Adnan Zaid al Kazemi), o que quienes obtienen beneficios de las amenazas contra España son los Estados Unidos (Fahd al Fanek). La información sobre el islam que proporcionó la prensa estadounidense durante la crisis de los rehenes de Irán es una muestra palmaria de los intereses en juego en los medios de comunicación de masas. Parece como si todo el mundo, incluido el mundo islámico, se hubiera empeñado en seguir la dirección que menos hubiera complacido a Edward Said. Que la calidad de la prensa árabe y la prensa americana o europea comparta el mismo nivel de indigente propagandismo no hará feliz a nadie.
El problema de un libro como Cubriendo el islam no es otro que el del paso del tiempo. Cuando el lector reflexiona sobre el hecho de que la causa del libro es el incidente de la embajada de Estados Unidos en Irán y el secuestro de los funcionarios de aquélla, hace ya más de veinticinco años, lo cierto es que asombra que algo tan aparentemente próximo pueda ser tan remoto. El libro describe minuciosamente la reacción de los medios de comunicación estadounidenses ante este secuestro. Pero es que, desde que se publicó el libro, ha habido dos guerras en Afganistán, tres en Irak, dos en Líbano, ha habido crímenes terroristas en Nueva York, Madrid y Londres, crímenes de unas proporciones antes nunca vistas. Cada uno de estos acontecimientos ha dejado tras sí una visible y turbulenta estela mediática en los países de todo el mundo.
Lo cierto es que el libro de Edward Said sobre el análisis de las reacciones de la prensa occidental posee toda la minuciosa relación de agravios minúsculos o mayúsculos que prestan a sus páginas un punto de nerviosismo histérico, un nerviosismo que revela la raíz del narcisismo herido que aparece en no pocas páginas de este autor. Pero contiene, asimismo, revelaciones preocupantes. Por ejemplo, se afirma que la «militancia islámica organizada» se aplicaría a «menos del 5% del mundo islámico» (p. 65). El propio Said considera que este mundo lo componen más de mil millones de personas, pero sobre esta cifra el cinco por ciento representa a cincuenta millones de personas dispuestas... ¿a qué? Si lo que quería Edward Said era tranquilizar a sus lectores, no parece que un dato como éste sea la forma adecuada de calmar a nadie. La conclusión es desazonadora: el libro informa a los lectores de que la prensa occidental, y estadounidense en particular, en lugar de informar, ha inducido a sus lectores a ponerse en contra de los valores que representa el islam. Les informa también de que ése es el camino en que se preparan los conflictos que se denuncian. ¿Es así de sencillo?
Edward Said es, sobre todo, autor de no pocos trabajos sobre la historia literaria y cultural de Occidente y Oriente. Su centro de interés se halla, por razones personales, en el mundo de la creación anglosajón. Conrad y Swift son los autores a los que vuelve con mayor frecuencia, sobre los que más y mejores páginas ha escrito, pero no desdeña el arte popular, pues son objeto de atención para él, en Reflexiones sobre el exilio, por ejemplo, las películas de Tarzán, en un delicioso ensayo, o lo es la minúscula biografía, melancólica y llena de interés, de la bailarina de la danza del vientre Tahia Carioca. Conrad y Swift sí representan toda una constelación de intereses que coinciden plenamente con los de Said. Que uno sea un aristócrata expropiado y exiliado y el otro un anarquista de derechas, que también conoció su forma de exilio, no hace sino convertirlos en interlocutores perfectos para las inquietudes de Edward Said: las relaciones de dominio, la mediación cultural, el imperialismo, la dependencia, la alteridad, el colonialismo, la incomunicación, el deseo de orden en un mundo minuciosamente desorganizado. Reflexiones sobre el exilio es tanto una muy interesante colección de ensayos sobre asuntos muy variados, como una declaración de que los profesores universitarios que se dedican a las humanidades, a la literatura, viven su profesión como una suerte de exilio de sus ocupaciones principales, la de la explicación de la teoría y los textos literarios. Tal vez una de las paradojas de la obra de Edward Said es que, más que centrarse en autores u obras sobre los que tuviera algo urgente o relevante que decir, su ocupación fundamental fue la de reflexionar sobre la crítica literaria y la mediación cultural, en una época en la que, precisamente, no han faltado reflexiones sobre esta actividad humana. El motivo por el que Edward Said dedicó mucho tiempo y energía a pensar las diferentes formas de entender la cultura y la literatura contemporáneas aparece en no pocos de sus escritos, pero el ensayo con el que se introduce El mundo, el texto y el crítico proporciona algunas de las claves que hacen comprensible la deriva del posestructuralismo hacia formas de reflexión cada vez más comprometidas con el destino de la sociedad y de la humanidad. Si el interés de la literatura se dirige al corazón de la complejidad del ser humano, es lógico pensar que buena parte de la crítica ha de explicar y explicarse esta complejidad de forma adecuada. El crítico debe sentirse atraído por las «realidades del poder y la autoridad» (p. 16), pero debe saber, también, que un lector de novelas de Lawrence Durrell, por ejemplo, puede ser «un imperialista asesino a sangre fría» (p. 13), precisamente porque «el mundo de la cultura está dispuesto para esta suerte de camuflaje» (ibíd.) Este prólogo y todos los textos en los que Said reflexiona sobre la crítica cultural explican por qué los profesores universitarios, fundamentalmente a lo largo del último tercio del siglo XX, han sucumbido a la tentación de explicar las mediaciones sociales y políticas de la literatura en el mundo contemporáneo.
Orientalismo no logró articular una teoría de la literatura propia, quizá tampoco lo pretendía el autor. El libro puede inscribirse en la estela de la producción intelectual asociada al mayo de 1968. Carece de sistemática y de propuestas, pero participa de buena parte de las inquietudes teóricas y de la crítica de éstas que florecieron durante el último tercio del siglo XX, como la deconstrucción, el poscolonialismo, el neohistoricismo o el marxismo.
A la vista de lo expuesto, la lectura del último libro de Edward Said, Humanismo y crítica democrática, deja en el lector una extraña impresión. El regreso a la filología que solicitan sus páginas confirma la vigencia de un orden que puede retrotraerse sin dificultad a la Ilustración europea, uno de cuyos males fue la ceguera de convertir en valores universales lo que no eran sino intereses particulares, como demostró –¿lo demostró?– la denominada escuela de la sospecha a lo largo del siglo XIX. Pero, del programa de la emancipación mediante la razón, proyecto ilustrado donde los haya, ¿qué y cuánto suscribe Edward Said? ¿Cómo se armoniza ese programa con experiencias de la civilización como la islámica o la china? Las referencias más constantes de Edward Said son Leo Spitzer, Giambattista Vico y Erich Auerbach. Este último, sobre todo. Son referencias irresistibles, para cualquier estudioso de la filología. Son referencias un poco confusas también. Vico introduce toda una sistemática de la historia que se opone a la epistemología marxista, pero ese matrimonio de paleohegelianismo y el marxismo que representan los escritos de Auerbach permite integrar experiencias culturales que el espíritu absoluto hegeliano dejaba de lado. La experiencia incompleta del ser humano es uno de los principios teóricos más importantes del crítico palestino-estadounidense, y es también una de las ideas fundamentales de la epistemología de Vico. La experiencia más completa es la que se detiene en el análisis atento de las obras literarias, el close-reading, es la que parte de que las raíces culturales de la humanidad son diversas y deben ser entendidas en su contexto espiritual, social y material (Auerbach). Pero la filosofía de la historia de Vico no es suficiente. El apetito de universalidad, sobre el que descansa el proyecto ilustrado, siempre hallará motivos de conflicto en las creaciones culturales particulares. La reconciliación de esos dos principios no se contempla en los escritos de Edward Said, aunque se desee. Tal vez los filólogos tiendan a sobrevalorar la dimensión de su acción política, pero acaso sea tan solo una reacción frente a un pasado en el que la literatura carecía de conexión política evidente. Tal vez Edward Said no sea el mejor abogado para persuadir a sus lectores a que regresen a una filología que, precisamente, autores como el propio Said, mediante su evolución hacia el análisis de lo cotidiano y el periodismo, han hecho que resulte poco atractiva. La obra de Edward Said es el fruto de su época, y esto acaso sea innegable para todo lo que escribió en el último tercio del siglo XX, pero no son tantos los autores de los que puede decirse que han llegado a representar su tiempo tan cabalmente.

01/01/2009

 
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