ARTÍCULO

El poeta escultor

Siruela. Madrid
296 págs. 2.850 ptas.
 

Con un título, supongo que deliberadamente, neutro y poco sugerente: Poesía 1974-99, se ha publicado la obra cuasi completa de Eduardo Scala (Madrid, 1945). Que haya aparecido en una editorial como Siruela puede haber hecho sospechar a quienes no le conozcan que se trata de un poeta singular. Tienen razón, aunque no saben hasta qué punto. Los siete libros aquí presentes reúnen menos palabras que las que caben en una página de periódico, pero en esos contados versos se encierra el Universo, afirmación esta que debe menos a Borges que a Ramón y Cajal. En este caso, al menos, el autor escoge el análisis y no la erudición para demostrárnoslo. La suya no es una poesía que se desarrolle en extensión, sino en tensión, no en longitud sino en intensidad. Puede aducirse que esta es la ley que rige todo poema y, sin embargo, en pocas ocasiones se logra tan cumplidamente como en éstos. Las palabras surgen de la palabra, el viaje es hacia dentro, y pondré un ejemplo procedente de su libro S de Amor, para evitar que se piense que estoy traficando con la retórica del oficio: COMPROMETIDOS / PROMETIDOS / METIDOS / IDOS / DOS / S.

Por culpa de lo que este poema tiene de juego lingüístico es probable que miremos la obra de Scala con el aburrimiento o la curiosidad que produce pensar que se trata de poesía experimental. Y nada está más lejos de los juegos vanguardistas, ya bastante desteñidos, que esta obra, auténtica poesía de la experiencia. De una experiencia interior, marcada por la búsqueda de lo sagrado y radicalmente ajena a esa otra «poesía de la experiencia» que maneja la crítica actual.

Pero, a fin de cuentas, la poesía de Eduardo Scala es ajena a casi todo. Su autor no aparece en ninguna de las antologías de poesía experimental española, relativamente abundantes estos últimos años. Justa y afortunadamente porque, como dije, su centro de gravedad no reposa en disponer de forma extraña las palabras en la página, ni en los formatos insólitos de sus libros, ni en su feroz logomaquia, que mina el lenguaje de anagramas, palíndromos, calambures, acrósticos, logomandalas y un largo etcétera de trucos de ilusionista verbal. Tampoco en el rigor de las pautas numéricas y geométricas, que Scala lleva hasta el exterior del contenido del libro: al lugar donde se imprimió o a sus patrocinadores. En este punto podemos de nuevo confundirnos y tomar a Scala por un artista de la obra total, un creador que ha fundido («con-fundido», diría él), como mandan los cánones de la modernidad, el arte y la vida. ¿Pero si tampoco ahí está la clave de su escritura, dónde entonces? Creo que es la práctica de la poesía como vía de conocimiento, como itinerario hacia la Verdad –verdad no contingente, que no poseemos sino que nos posee–. Esa búsqueda, que me temo sólo podemos denominar mística, coloca los dispositivos poéticos de Scala más cerca de las raras páginas de Llulio que de las de Mallarmé o Apollinaire. El interés fundamental de esta obra es, en definitiva, que se trata de poesía mística de vanguardia, si queremos decirlo así. La de un padre del desierto devoto de Anton Webern, Klee y John Cage. Scala liquida la retórica y los temas clásicos, pero no el contenido: sublimación del dolor, contemplación de la creación, disolución en lo buscado, expresión de la propia pequeñez... El planteamiento de Scala, propio también de quien se considera más que «poeta amanuense», no es crear o inventar, sino desocultar lo que ya está en el lenguaje cifrado de la realidad. Su trabajo es, pues, el del diamantista: lograr que la piedra brille con el esplendor que ella misma encierra. También se parece al del escultor, que elimina del bloque del lenguaje todo cuanto recorta mejor una forma. Estilita estilista o minimalista a secas, en Ars de Job (1987-1990) Scala realiza un ejercicio extenuante de ascesis verbal, enhebrando cuarenta y seis poemas de versos monosilábicos. En Cuaderno de Agua (1979-1983), una colección de frases que espejean en sus palíndromos, evoca la intuición de una naturaleza elocuente.

Veo algunos peligros en la escritura de Eduardo Scala, uno para la salud de su alma y otro para la de su poesía. Empezaré por el último: en ocasiones aparece una obviedad enunciada de forma solemne, en un querer agotar todas las posibilidades de una fórmula. El peligro es convertir el hallazgo en fórmula, para solucionar con ella problemas inventados. El otro peligro, que acecha a todo aquel capaz de escribir un padrenuestro cubista, es confundir la teología con la semántica y terminar perdiendo su espíritu entre retruécanos. Porque si nada de lo que dicen las palabras es verdad, tampoco será lo que les obliguemos a decir. Scala retuerce las palabras, las trocea y, como si de rabos de lagartija se tratara, siguen siendo palabras. No otra cosa. Y aun así, su yo poético se entrega totalmente en brazos del lenguaje, le cree a ciegas. Tal vez sea cuestión de fe.

La edición de esta Poesía 1974-99 se completa con un estudio de Felipe Muriel titulado «La poesía sigilaria de Eduardo Scala». Creo que es muy atinado como introducción y glosa de la poesía de Scala, y si algún reproche hubiera que hacerle es la identificación con el poeta, sin que llegue nunca a establecerse una cierta distancia crítica con él.

01/09/2000

 
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