ARTÍCULO

El verdugo y las estrellas

Cuentos dispersos
63 págs. 1.000 ptas.
Prames, Zaragoza
105 págs. 1.346 ptas.
 

La condesa Pardo Bazán explicaba que se había decidido a escribir su novela Un viaje de novios en vez del libro de viajes que deseaba escribir en realidad porque le aburrían sobremanera esos relatos en los que el autor siente la obligación de informar a su lector de «cada vez que tomó ensalada». Hemos de decir que en el Cuaderno de Méjico de Eduardo Lago (Madrid, 1954) se nos informa demasiadas veces y con demasiada prolijidad sobre las ocasiones en que su autor «toma ensalada»... Es posible que este sea un vicio común al género de viajes en sí. El autor nos describe con lujo de detalles qué es lo que toma cada día para desayunar, cómo es físicamente cada uno de los camareros que le atienden y también cómo son los rostros y atuendos de los otros turistas con los que él y su novia, la encantadora, gruñona y altamente caprichosa GB, se van encontrando a lo largo de su periplo mexicano.

Con todo, en su involuntaria descripción de los esplendores y miserias del turismo, el libro es muy de nuestra época. Rodeado por una fina película de guías turísticas, viajes organizados, itinerarios recomendados y paquetes todo incluido, el turista viaja por un país dentro de una burbuja, cruza sus paisajes como en un sueño y se va encontrando en el curso de su aventura, casi exclusivamente, con otros turistas, que también provienen del primer mundo.

Cuaderno de Méjico culmina en un par de visitas a pueblos de la serranía chiapaneca, lugares aislados donde apenas se habla español y se mantienen vivas las antiguas tradiciones indígenas. Qué lástima que lo que el autor aprenda de esos lugares fascinantes haya de venir de labios de un «guía» cuyas mentiras piadosas podemos adivinar ya desde lejos. Cuaderno de Méjico está magníficamente escrito en una prosa rica donde es necesario, irónica a menudo y con no pocas resonancias clásicas, y se lee con sumo agrado. Vemos en este librito, más que una obra terminada, una suma de materiales y apuntes para lo que podría ser una posible novela corta sobre su divertida pareja protagonista, el impulsivo, comilón e impaciente narrador y su novia imprevisible.

En Cuentos dispersos nos encontramos con algo muy diferente. Nos encontramos con un narrador de fascinantes matices y, lo que es más raro aún, sobre todo en una literatura tan relatófoba como la nuestra, con un excelente cuentista. Qué lástima que la plaquette con que hace su debut literario Eduardo Lago sea tan breve. Con los suficientes puntos sobre un plano, podemos trazar con cierta seguridad la forma de una línea y saber hacia dónde se dirige: con demasiado pocos, no sabemos todavía qué tipo de línea será, si una elipse que volverá sobre sí misma o un arco que después de un titubeo inicial se lanzará hacia los cielos.

Cuentos dispersos presenta una asombrosa variedad de registros y géneros. Hay dos cuentos fantásticos («Tintagoel», cuyas resonancias célticas parecen traer algún recuerdo de la obra de Espido Freire, y «Absalam»), dos relatos «realistas» («¿Quién quiere las cenizas de Richard Ramírez?» y «Little Man», este último inspirado en una escueta noticia leída en el New York Times), uno que podríamos titular de kafkiano («El hombre de gris») y otro felizmente inclasificable, «La trama del cielo», el mejor de todos a mi parecer, donde realidad y fantasía, pasado y futuro, se funden en un fondo de poética y melancólica ciencia ficción.

«Tintagoel» y «Absalam» son sendas reflexiones sobre la fama literaria.

«¿Quién quiere las cenizas de Richard Ramírez?», que es memorable ya desde su título, y «Little Man», son obras complejas y transparentes, ricamente trabajadas, magistrales en su uso de los planos interpuestos y las elipsis narrativas, dentro de un estilo de relato corto muy americano y que Eduardo Lago haría muy bien en seguir trasplantando a nuestro idioma.

«La trama del cielo», cuya ascendencia borgiana parece insinuada ya en su título bioyano, se presenta como un fragmento de un diario de un verdugo de alguna ciudad alemana del Renacimiento entre fines del siglo XVI y principios del XVII . La mujer del verdugo es carnicera, con lo que la casa está siempre llena de olor a sangre. En las largas pausas de su trabajo, el melancólico matarife se dedica, sobre todo, a mirar el cielo con un telescopio. Un día ve frente a su casa a un hombre vestido de negro y cree que es la muerte, pero no es la muerte... Se trata de uno de esos relatos que por su lirismo, por la fabulosa precisión de sus frases, por la originalidad de su factura, y por las interminables y crecientes ondas concéntricas que parece crear al caer en nuestra imaginación, merecería estar en todas las antologías. Pero seguramente Eduardo Lago no tendrá el mal gusto de convertirse en una especie de Max Beerbohm, que logró la inmortalidad por un solo relato perfecto.

Eduardo Lago es traductor, ensayista, crítico literario (en Diario 16 y ahora en Babelia y otros medios) y profesor de literatura hispanoamericana en el prestigioso, liberal y bohemio Sarah Lawrence College de Nueva York. Las obras que comentamos son las primeras que publica. No hay duda de que no serán las últimas.

01/08/2001

 
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