ARTÍCULO

El pintor de historias

Taurus, Madrid, 200 págs.
 

Eduardo Arroyo nació en Madrid, bajo las bombas, durante la guerra civil: «En Madrid, a las tres de la mañana del 26 de febrero de 1937, venía yo a este mundo. Tres días antes, un obús había entrado por uno de los balcones del cuarto piso del número diecinueve de la calle Argensola. Ante la amenaza de que ello volviera a ocurrir, mis padres se habían trasladado a un lugar aparentemente más seguro. Se mudaron al primero izquierda de la misma casa. Allí fue donde nací».

Arroyo estudió en el Liceo Francés y luego se hizo periodista. En 1958, harto de Franco y de las moscas nacionales, tan pesadas, tomó el camino del exilio, se instaló en París y se hizo pintor. Ya en 1960 participó en el Salón de la Jeune Peinture. Hasta su regreso a España con la democracia, vivió en Francia, en Italia y viajó cuanto quiso y pudo. «Negro sin esperanza en lo más recóndito de un túnel. Conozco ese negro. Lo he experimentado, aunque no lo haya pintado a menudo. Negro de sotana negra, negro de botas de ex combatiente franquista, negro acharolado de tricornio negro», escribe Arroyo en el libro que aquí se comenta.

Arroyo posee un talento superior y desbordante que nos entrega a través de sus pinceles, de su pluma y –bien lo saben quienes tienen la suerte de haberlo tratado– de su palabra. Porque Eduardo Arroyo es, antes que todo lo demás, un gran conversador. Sin tacha y sin medida y oírlo hablar es un gran placer. Como todo pintor notable, sabe mirar a la vez con los ojos y con la imaginación y ésta es la que aparece, omnipresente, en su escritura. Para publicar la biografía de un boxeador (Panama Brown), una obra de teatro (Bantam), un ensayo (Sardinas en aceite) o éste, El trío calaveras, donde aborda, desde su particular mirada, tres figuras, tan distintas como distantes: Francisco de Goya, Walter Benjamin y Lord Byron.

Viendo yo una noche un documentado documental sobre Velázquez apareció Eduardo Arroyo en la pantalla del televisor mientras una voz en off le preguntaba: «¿Quién es para usted Velázquez?». Arroyo no se arrugó ante una cuestión tan genérica y contestó con una frase redonda y definitiva: «Velázquez es mi padre», eso dijo.

En El trío calaveras («Estos tres relatos, estas tres calaveras no han sido pintadas, han sido escritas porque no podían ser pintadas, pero también quieren ser cuadros») Arroyo no intenta la biografía, sino algo más original: un nuevo punto de vista, la mirada aguda y profunda sobre un lugar preciso, un aspecto relevante, y, con ello, consigue hacernos ver a cada uno de los personajes desde una perspectiva diferente y significativa.

El Goya del exilio bordelés y el de la tauromaquia aparecen en este libro con una nueva luz. La luz que ya se apaga en la vida del Goya exiliado y la luz del sol y de la sombra en la plaza de toros. «Por lo general, los críticos juzgan las obras tardías como débiles y repetitivas... Recordemos, por ejemplo, que para el reconocido crítico estadounidense Clement Greenberg (se sabe que los críticos de arte son importantes sólo si son estadounidenses), que conoce el arte tan bien como yo las matemáticas, la producción última de Picasso era insignificante.» El selectivo paseo por la obra de Goya que realiza el escritor-pintor Arroyo no es el de un historiador o de un crítico, sino algo más vivo y más cercano. El espejo que Velázquez imaginó, aquel que está presente y ausente en Las meninas.

En 1999, Eduardo Arroyo pintó un curioso cuadro donde el marco queda incorporado a la obra. Una obra de gran formato, un óleo sobre tela, madera y hierro, al que tituló El paraíso de las moscas o el último suspiro de Walter Benjamin en Port Bou (26-IX1940). Con la génesis y la descripción de este cuadro comienza la parte del libro dedicada al escritor alemán que, tras escapar de los nazis en la Francia fácilmente rendida y ocupada en 1940, se suicidó en Port Bou: «Es una situación sin salida y no tengo otra elección que poner aquí el punto final. Mi vida va a terminar en un pequeño pueblo de los Pirineos donde nadie me conoce», escribió Benjamin poco antes de matarse.

Con una habilidad envidiable para el encadenamiento literario, al hilo de la vida y, sobre todo, de la muerte de Benjamin, Arroyo desgrana la tragedia de los suicidios europeos, desde Ángel Ganivet en la Riga de 1898 hasta la multitud de los que no soportaron sobrevivir, huyendo o en prisión, en el inmenso campo concentracionario en que habían convertido a Europa los totalitarismos en la primera mitad del siglo XX .

Es curioso, pero no sorprendente, que Arroyo, que es un tumulto de vitalidad, haya dedicado tanto tiempo a ilustrarse sobre el final autoimpuesto de tantos notables personajes que habían llenado el arte de entre guerras. Al fin y al cabo, la generación a la que pertenece este pintor-escritor no puede obviar de dónde viene ni hasta qué punto las vidas de sus miembros, desde el inicio, fueron taradas por la amnesia. Una amnesia impuesta, que hubieron de vencer con esfuerzo hasta recobrar la memoria colectiva que se les negaba. Ese recorrido hacia atrás, el flashback en busca de las propias raíces, no es labor de historiador sino de miniaturista. Un trabajo en el que «el investigador» se encuentra, a menudo, con casualidades luminosas, de las que está plagado el libro de Arroyo. El libro y también su vida. Como aquella casualidad que hizo coincidir el día y la hora del nacimiento del pintor Arroyo (26 de febrero de 1937) con el fusilamiento de Carmelo Martín, un anarquista malagueño que recibió treinta y seis balas en su cuerpo, apoyado sobre la tapia de un cementerio, y que sobrevivió al fusilamiento para resucitar cuarenta años después públicamente, tras haber pasado cuatro décadas escondido.

La vieja afición boxística de Arroyo reaparece en el libro de la mano de George Gordon (Lord Byron) en su condición de boxeador. Un boxeador cojo. Una notable serie de boxeadores de la época, compañeros o no del poeta británico, reviven en el libro de Arroyo con su notable presencia. Una curiosidad envidiable ha llevado a Eduardo Arroyo a buscar y encontrar las tumbas donde yacen los restos de muchos de sus admirados héroes del ring. Un recorrido romántico y evocador y no para mostrar la obviedad del sic transit gloria mundi sino para vivificar su perdida memoria.

«Ahora voy a morirme», había dicho Byron a sus matasanos la víspera de su fallecimiento, que tuvo lugar en Misolonghi (Grecia) el 19 de abril de 1824. «He dado a Grecia mi tiempo y mi dinero. Ahora le doy la vida. Sólo pido que a mi cuerpo no se le practique la autopsia ni sea enviado a Inglaterra», había ordenado Byron, pero no le obedecieron. Sus restos fueron embarcados en el Florida hacia Londres dentro de una cisterna que contenía ochocientos litros de alcohol. El 29 de junio de 1824, el barco atracaba en el Támesis y, tras cuatro días de viaje, el cuerpo de Byron fue enterrado en Nottingham, no lejos de la tumba del boxeador Dan Donelly.

Arroyo es un excelente «pintor de historias», como a él le gusta decir, pero también es un notable «narrador de historias». De esto último gozará quien se acerque a este libro insólito, magnífico y lleno de vida.

01/06/2003

 
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