ARTÍCULO

Los fantasmas de la pobreza y la superpoblación

Debate, Barcelona
Trad. de Ricardo García Pérez
606 pp. 27,90 €
 

Jeffrey Sachs es uno de los economistas del desarrollo más conocidos: director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia (centro multidisciplinar que, como su nombre indica, estudia problemas de tipo global), ha asesorado a gobiernos tan dispares como los de Bolivia, Polonia, Rusia, China y varios africanos, además de al anterior secretario de Naciones Unidas, y ha escrito un sinnúmero de artículos científicos y divulgativos en temas de crecimiento. En este libro nos ofrece sus recetas para remediar la pobreza en el mundo sin por ello caer en el otro gran peligro: la destrucción del planeta por agotamiento o destrucción de los recursos naturales. La pobreza y la destrucción del planeta son las dos amenazas que se ciernen sobre nuestra frágil nave espacial Tierra en el siglo XXI, como la roca Escila y la vorágine Caribdis amenazaban a la frágil nave de Ulises en tiempos homéricos. Tratando de evitar la una, es muy fácil estrellarse o caer en la otra. La metáfora no es de Sachs, sino mía, pero estoy seguro de que la suscribiría si leyera esta reseña. Otros pasajes seguramente no los suscribirá.
Este libro de Sachs es una secuela de otro escrito sólo dos años antes y titulado El fin de la pobrezaEl fin de la pobreza: cómo conseguirlo en nuestro tiempo, trad. de Ricard Martínez, Barcelona, Debate, 2005., reseñado, junto con varios otros, en estas mismas páginas por Raimundo Ortega«Pobreza: ayuda o comercio», Revista de Libros, núm. 123 (marzo de 2007), pp. 15-21.. Leyendo el presente libro se tiene la impresión de que Sachs se hubiera dado cuenta al releer el anterior de que se le había olvidado algo muy importante, y, en lugar de reescribirlo y publicarlo como segunda edición, hubiera preferido hacer un libro nuevo, bastante parecido al anterior, pero dedicando casi la mitad del espacio al tema antes olvidado, y haciendo frecuentes referencias a El fin de la pobreza para no reiterar demasiado en la cuestión de las recetas del crecimiento, tema que es común a ambos libros. Las introducciones de ambos volúmenes ya son expresivas de sus respectivos tono y contenido. Como señalaba Raimundo Ortega en la citada reseña, «casi el 40% de [las] páginas [de El fin de la pobreza] están dedicadas a ensalzar al propio autor del libro». En consonancia, la introducción, escrita por el cantante Bono, decía, en esencia, que tanto Sachs como Bono eran gente magnífica, el cantante todo sentimiento y el economista todo cerebro. Por contraste, la introducción de Economía para un planeta abarrotado es de un tipo tanto o más cerebral que Sachs, el biólogo Edward O. Wilson, creador de la nueva ciencia de la sociobiología, que está tan preocupado como Sachs por la integridad física y biológica de la Tierra.
Las recetas para el crecimiento de Sachs serán ya bien conocidas para muchos lectores, no sólo porque están expuestas y detalladas en El fin de la pobreza y muy bien resumidas y criticadas en el citado artículo de Raimundo Ortega, sino porque Sachs las había propuesto antes en muchos artículos e incluso entrevistas, declaraciones públicas, etc. Pese a ello, trataré de resumirlas con brevedad aquí, principalmente porque la labor del reseñador lo exige. Sachs pertenece a la escuela activista del desarrollo, escuela que también pudiéramos llamar de la «inyección de dinero», de la «puesta en marcha», o del «cebo de la bomba»; de muchas maneras podría llamarse a esta escuela, porque también podríamos bautizarla como del «círculo vicioso». En pocas palabras, Sachs considera que los países y sociedades más pobres del planeta se encuentran atrapados en un círculo vicioso de pobreza del cual no pueden salir por sí mismos. Hay muchos factores que actúan como freno al desarrollo en esos países: el medio físico (se trata de países en su mayoría situados en el África ecuatorial, con suelos pobres, enfermedades endémicas y frecuentemente epidémicas), la superpoblación, los bajos niveles educativos, los sistemas políticos ineficientes y corruptos, y el propio nivel de pobreza, que impide que estos países y sociedades superen tales obstáculos. Y no es que cada uno de esos obstáculos, tomado en sí mismo, sea infranqueable: hay países que se han sobrepuesto a unas condiciones físicas hostiles y los obstáculos sociales son por definición superables. Es la combinación de barreras lo que resulta impasable; o, en todo caso, prohibitivo en un plazo aceptable. Porque, evidentemente, el desarrollo económico ha requerido siglos o milenios para las zonas hoy desarrolladas del planeta, y nadie puede afirmar que en varios siglos incluso estos países pobres, cuya pobreza, pese a lo que se piensa comúnmente, no aumenta, sino más bien al contrario, no pudieran lograr desarrollarse. Lo que ocurre es que el contraste con las zonas desarrolladas resulta ofensivo a la sensibilidad de hoy, y la brecha creciente entre países ricos y países pobres es un peligro en términos de migraciones masivas, de choques culturales y de violencia creciente.
Por lo tanto, hay que poner fin al círculo vicioso, hay que lograr el tan repetido y deseado fin de la pobreza, y para esto lo que se necesita es una inyección masiva de ayuda por parte de los países ricos a los países pobres. Hay muchos escépticos acerca de la eficacia de este tipo de ayuda que Sachs lleva muchos años predicando. Entre los más conocidos está William Easterly, otro profesor norteamericano con credenciales parecidas a las de Sachs, cuyo último libroThe White Man’s Burden, Nueva York, Penguin, 2006; también reseñado en el citado artículo de Raimundo Ortega. es una devastadora crítica a este tipo de ayuda al desarrollo, poniendo de relieve que los 2,3 billones de ayuda gastados hasta entonces por los países occidentales para ayudar al tercer mundo habían servido de bien poco en términos de mejora de los niveles generales de vida, aunque sí hubieran servido para elevar el nivel de vida de los generales que gobiernan muchos de esos países. En el libro que comentamosCuyo título en inglés Common Wealth. Economics for a Crowded Planet (Londres, Penguin, 2008) implica un juego de palabras que el traductor ha preferido orillar. Commonwealth en una sola palabra significa «mancomunidad» o «comunidad» (de ahí la célebre British Commonwealth), mientras que en dos palabras significa «riqueza común». Sachs parece estar diciendo que una «comunidad internacional solidaria» es lo que va a producir la tan esperada riqueza para todos., Sachs procura salir al paso de las críticas de Easterly, y lo hace, primero, poniendo de relieve que este mismo autor reconoce que alguna ayuda es necesaria; y, segundo, recurriendo a la historia y mostrando que muchos países hoy desarrollados recibieron dosis masivas de ayuda. Sachs se refiere, en concreto, a Israel, a los beneficiarios europeos del Plan Marshall, a Taiwán, Corea e India, pero podría haberse remontado más atrás, porque prácticamente todos los países hoy desarrollados recibieron masivos influjos de capital extranjero en las etapas cruciales de su desarrollo.
Todo ello es cierto, pero también lo es que en muchos otros casos la ayuda no ha sido eficaz o ha servido para bien poco. Esto es lo que afirman los críticos de Sachs: no basta con que los ricos den ayuda: los receptores deben ayudarse a sí mismos porque, si no lo hacen, la ayuda sólo sirve para fomentar la corrupción y financiar rearmes militares. Sachs no se detiene mucho en cómo evitar la malversación de la ayuda y afirma, un tanto arbitrariamente, que a partir de un umbral de cuatro mil dólares de renta por habitante (mil en términos de paridad de poder adquisitivo), los países ya se desarrollan solos.
Y a todo esto, se preguntará el lector, ¿qué es lo que había olvidado Sachs en su libro anterior que le ha movido a escribir este otro? El título de la versión española, subtítulo de la inglesa, ya lo dice: Economía para un planeta abarrotado. Sachs sólo se había preocupado del problema demográfico anteriormente como un freno al desarrollo, pero no, como hace en éste, como una amenaza al planeta en su conjunto por el peligro inminente de agotamiento y contaminación de los recursos. Así, el libro es mucho más ambicioso en su concepción que el anterior, porque trata de ofrecer una carta de navegación que evite los dos peligros que se ciernen sobre la humanidad: la pobreza y la destrucción del planeta. Al problema de la amenaza de superpoblación dedica nuestro autor más de la mitad del libro, las tres primeras partes de las cinco que componen el volumen.
Se trata de un valeroso intento, lleno de aciertos innegables y de informados análisis. Como señala atinadamente, «gran parte del aumento de población de 2.600 millones de personas previsto para 2050 se producirá en los países más pobres, los lugares peor dotados para absorber el crecimiento. Estos países son los más inestables [...] y los más propensos a la violencia y los conflictos». La consecuencia nos conduce al tema preferido de Sachs: «La trampa de la pobreza se refuerza, no se corrige. Por consiguiente, superarla exige políticas especiales y esfuerzos globales» (p. 53).Y entre los grandes responsables de que este esfuerzo necesario no se lleve a cabo plenamente está el Gobierno de Estados Unidos: «Las actitudes de la administración Bush hacia la planificación familiar [son] en muchos aspectos más fundamentalistas que las de Irán» (p. 261). «Estados Unidos va por mal camino en su política exterior y, con ello, se pone en peligro a sí mismo y al mundo» (p. 359), porque al favorecer una política natalista por acción y por omisión, y al descuidar la ayuda al desarrollo están favoreciéndose las condiciones que llevan a la violencia y el conflicto. Nada de esto es nuevo, pero resulta confortante (al menos para mí) leerlas en un prestigioso economista del desarrollo y, además, norteamericano. Sin embargo, el libro adolece de esa dicotomía entre temas demográficos y temas económicos. Por un lado, se analiza el problema que implica el crecimiento de la población, se analizan las diversas posibilidades, las sendas alternativas de crecimiento, y se llega a la conclusión de que el peligro es muy alarmante y que se requiere una vigorosa acción de restricción de la natalidad, algo que, afirma fundadamente Sachs, no está llevándose a cabo con la energía suficiente. Por otro lado, en la segunda parte del libro se exponen y reiteran las recetas de inyección de ayuda para romper el círculo vicioso; pero la conexión entre ambas partes es escasa. No se habla, por ejemplo, lo suficiente sobre la necesaria conexión entre las políticas de desarrollo y las de limitación de la natalidad.
Sachs ha tenido un papel importante en las formulaciones de las Naciones Unidas que se conocen como los Objetivos de Desarrollo del Milenio, resultado de una serie de reuniones y declaraciones que, tomadas en su conjunto, nos dice Sachs, «pueden calificarse como nuestras Promesas del Milenio en favor del desarrollo sostenible» (p. 31). El tema de las Promesas del Milenio, y los programas y declaraciones relacionados con ellas, constituye un leitmotiv en el libro, que aparece periódicamente como para reafirmar los argumentos del autor, y que dan al libro un tono de prédica. Sin negar sus muchas virtudes, el libro parece a menudo un informe para agencias internacionales y para gobiernos, en busca de las donaciones y compromisos necesarios para llevar a cabo las tan citadas Promesas del Milenio en las cuales Sachs parece estar tan comprometido. Y a quien esto escribe ello se le antoja una lástima, porque el diagnóstico de Sachs le parece acertado aunque no comparta su fe en las inyecciones de ayuda por sí solas y lamente lo poco que se habla de las políticas comerciales, es decir, del proteccionismo de los países occidentales, que excluyen de sus mercados productos del tercer mundo, y causan con ello un perjuicio económico que las ayudas al desarrollo no pueden compensar.
Otra novedad que ofrece Economía para un planeta abarrotado es la inequívoca profesión de fe socialdemócrata que su autor hace en el capítulo 11, titulado «La seguridad económica en un mundo cambiante», donde se hace una defensa del Estado de bienestar, en especial de las políticas sociales de los países nórdicos (Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia) o de «bienestar social» frente a las del resto de Europa («economías mixtas») o las de los países anglosajones («libre mercado»). El análisis es interesante y bastante convincente, aunque se echa de menos alguna mención a la reciente crisis del «modelo sueco» y los muchos retoques a que se ha visto sujeto por gobiernos tanto conservadores como socialistas. Y Estados Unidos vuelve a llevarse un rapapolvo porque «su gobierno, de manera exclusiva entre los países de renta alta del mundo, ha mantenido durante décadas un prolongado ataque sobre las prestaciones sociales, en contra de todas las evidencias de que disponemos y con unos resultados cada vez más negativos» (p. 356).
Vemos, por tanto, que se trata de un libro combativo y sincero, en general acertado en sus análisis más que en sus recomendaciones. Éstas son apreciaciones subjetivas mías: comparto el extendido escepticismo acerca de la política de «inyección de ayuda» si no va acompañada de un control y unas condiciones mucho más estrictos de lo visto hasta ahora. Sachs no parece darse cuenta de que un programa de ayuda sanitaria (contra el sida o la malaria, en los que él ha participado) es mucho más sencillo de supervisar que un programa de ayuda económica, donde las oportunidades de desvíos y apropiaciones indebidas son casi infinitas. Y el gran defecto del libro está en que su autor ha preferido en demasiadas ocasiones el tono de prédica o sermón al análisis objetivo de por qué en tantos casos las simples transferencias y condonaciones de deuda a los países del tercer mundo han resultado en fracaso. Si se hubiera enfrentado claramente con el problema, el libro hubiera resultado más convincente y, sin duda, más efectivo para los fines que se propone.

01/03/2009

 
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