ARTÍCULO

Confesiones de un escéptico

 

El pasado mes de febrero, los científicos de todo el mundo, y más concretamente los norteamericanos, se despertaron con una mala noticia: el satélite OCO –por Orbiting Carbon Observatory– no se separó del cohete de lanzamiento y se estrelló en la Antártida en lugar de alcanzar la órbita que le hubiera permitido informar de los lugares de nuestro planeta en que está acumulándose dióxido de carbono y de aquellos en cuáles está reduciéndose. Acaso como compensación las emisiones de CO2 están disminuyendo, al menos en España, gracias al efecto conjunto de la crisis económica, y es posible que en 2012 nuestro país incumpla sus compromisos con el Protocolo de Kioto en un porcentaje menos escandaloso que el observado hasta hace muy poco. Y si a ello se añade que la Administración Obama parece comprometida a tomarse en serio el cambio climático, se abriría al fin un horizonte esperanzador en la carrera por evitar una casi segura catástrofe de dimensiones incalculables.
Pero ¿no estaremos confundiendo un cambio pasajero con el convencimiento firme y general de los riesgos de continuar con un modelo energético insostenible a medio plazo? ¿Los gobiernos de los grandes países, desarrollados y no tanto, están convencidos de la necesidad del cambio? ¿Y, sobre todo, se ha explicado a la opinión pública y a sus sectores más influyentes cuáles son las causas del problema y los posibles remedios para atajarlo?
A este último interrogante intenta dar respuesta el libro de Jaime Terceiro. Se trata de una obra breve, fruto de una disertación del autor en la Junta de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en mayo de 2008 y que tiene dos grandes méritos: primero, estar escrito en un castellano limpio y sencillo –algo poco frecuente en nuestros días, y entre economistas– y, segundo, comenzar reconociendo el escepticismo inicial del autor ante la polémica relativa a los efectos de la actividad humana sobre el cambio climático (CC), así como la influencia que el Informe SternNicholas Stern, The Economics of Climate Change, The Stern Review, Cambridge, Cambridge University Press, 2007. ejerció en sus reflexiones a este propósito. Convencido por su lectura y por los comentarios críticos de algunos especialistas solventes, Terceiro admitió «que el CC es un problema que tiene que ser abordado, y con urgencia» (p. 13). En consecuencia, estructura el libro en ocho capítulos y unas conclusiones en los que pasa revista a las cuestiones esenciales planteadas por el CC: a saber, el fenómeno natural denominado «efecto invernadero» y el origen del CC, aceptando el consenso científico mayoritario según el cual es de origen humano unido a los escenarios plausibles de incremento de las temperaturas según se adopten o no medidas de contención de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Los tres capítulos siguientes ofrecen el sustrato teórico utilizado por el análisis económico para aclarar las posturas de los economistas especializados en el CC: la existencia de fallos de mercado y la aparición de externalidades que justifican intervenciones públicas, la aplicación de un instrumento consolidado como el análisis coste-beneficio a un problema rodeado de incertidumbres muy acusadas, así como la descripción de una cuestión técnica más bien oscura para los legos en la materia, cual es el cálculo de las técnicas de descuento, que resulta imprescindible para analizar y comparar las diferentes conclusiones y recomendaciones ofrecidas por especialistas tan reputados como Stern, Nordhaus, Arrow, Dasgupta y Weitzman.
Si se acepta que el medio ambiente es por su propia naturaleza un bien público sujeto a claras externalidades –definidas como la diferencia entre el coste marginal neto privado y el coste marginal social de las actividades que condicionan aquél–, parece difícil negar que los poderes públicos deben intervenir para evitar o paliar el calentamiento global. Esa intervención, como bien dice Terceiro (pp. 75-76), debe cumplir tres criterios: efectividad, eficiencia y equidad. Nuestro autor dedica un capítulo («Instrumentos de regulación de emisiones») a analizar lo que califica como medidas económicas para «mitigar la emisión de GEI» (p. 75), ya sea mediante regulaciones, ya mediante incentivos para que sean los propios agentes quienes reduzcan sus emisiones o desarrollen tecnologías menos contaminantes. Si se desea que sea el propio usuario quien soporte el coste de su actividad contaminante sólo existen dos instrumentos básicos: el establecimiento de impuestos o la puesta en práctica de mercados de emisión transferibles. Ambas posibilidades son examinadas sucintamente por Terceiro, quien parece inclinarse por la segunda como más factible. Ahora bien y reconociendo la dificultad de resumir una cuestión muy compleja, no se llega a entender por qué afirma que con los impuestos «no es posible asegurar el nivel de reducción de las emisiones de GEI que se puede llegar a alcanzar» (p. 78), mientras que con los mercados de emisión es posible «alcanzar cualquier reducción acordada de antemano, siempre que esta cifra se defina de forma realista y que el nivel de participación de los agentes emisores sea elevado» (p. 79). Es posible estar de acuerdo si interpretamos que lo que está intentándose decir es que, en el mejor de los casos, el fracaso de Kioto se debió al incumplimiento de ambas condiciones.
Acierta Terceiro cuando no dedica más de seis páginas a los peregrinos argumentos de quienes, bajo el amparo del llamado «Consenso de Copenhague», han intentado arrinconar la preocupación por el cambio climático y sus efectos con el fútil razonamiento de la existencia de problemas más acuciantes, tales como la pobreza o la erradicación de ciertas enfermedades. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que si a medio plazo sólo una parte de los efectos del cambio climático llegasen a hacerse realidad, me temo que los países menos desarrollados –precisamente aquellos azotados por la pobreza y las enfermedades que tanto preocupan a los partidarios del mencionado consenso– serían los primeros en experimentar el tremendo error de confundir tan torpemente criterios básicos en la asignación de recursos. Antes de formular sus conclusiones –en las que subraya (pp. 114 y 115) que el modelo energético actual no es sostenible y que resulta preciso romper o «debilitar» el vínculo entre actividad económica y emisión de GEI–, el autor dedica su último capítulo a las energías alternativas, desmontando mitos como la relación causal entre demanda de biocarburantes y subida del precio de ciertos cereales, o expresando una nota de cautela respecto a la elevación a la categoría de panacea de soluciones técnicas cercanas a proyectos como el secuestro de CO2Francisco García Olmedo, «El problema del calentamiento global», en El cambio climático y las políticas económicas: España y el Mundo, Madrid, Colegio Libre de Eméritos, 2008. . El lector, por desgracia, se queda esperando alguna referencia a las grandes posibilidades que encierra la conservación de bosques y sabanas y una discusión, siquiera hubiese sido breve, sobre la energía nuclear.
En un país que vive en general tan despreocupado de la amenaza que a medio plazo supone el cambio climático y sus efectos, con unos gobiernos incapaces de tomarse en serio tan trascendental cuestión, y con grupos, a favor y en contra, que suelen sustituir el análisis por la afirmación de posturas agresivamente militantes, libros como éste son una invitación a la meditación y un apoyo al buen juicio. Hemos de confiar en que el autor prosiga su tarea y sin demorarse demasiado dedique su atención a algunas cuestiones cruciales esbozadas en el libro que acaba de publicarse: la discusión de los impuestos y los mercados de emisión como instrumentos de control de las emisiones de GEI, la referencia a los compromisos y planes internacionales en la materia, especialmente los objetivos acordados en el seno de la Unión Europea, así como qué esperanzas podemos depositar en la ciencia y la tecnología para paliar las amenazas derivadas de la continuidad del actual modelo energético.

01/06/2009

 
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