ARTÍCULO

Ecologismo y ambientalismo

Paidós, Barcelona, 1997
Trad. de José Pedro Tosaus
270 págs.
 

De los escasos libros dedicados al análisis de las propuestas políticas de los movimientos ecologistas y los partidos verdes disponibles en castellano, éste es el único que realiza un análisis sistemático y exhaustivo del ideario ecologista desde la perspectiva de la filosofía política. Lo cual ya bastaría para saludar su traducción como un acontecimiento cultural importante. Si además consideramos que la gravedad de los problemas ecológicos a que hace frente la humanidad a finales del siglo XX es de tal magnitud que hoy no cabe imaginar una práctica política racional que no sitúe en un lugar central estas cuestiones, esta obra será doblemente bienvenida.

El profesor Dobson, que enseña en la Universidad de Keele (Gran Bretaña), había consagrado sendos ensayos a las filosofías políticas de José Ortega y Gasset y Jean-Paul Sartre antes de dedicar lo mejor de sus esfuerzos –desde mediados de los años ochenta– al estudio del universo verde. La primera edición de Green Political Thought se publicó en 1990, y la segunda –que es la que se ha traducido al castellano–, corregida y revisada a fondo, en 1995. De la primera a la segunda edición, el autor puso más en claro sus intenciones y acentuó el hilo conductor del libro: quería primordialmente «asegurar al ecologismo un lugar en la lista de las ideologías políticas modernas» (pág. 15), diferenciándolo tajantemente del ambientalismo, con el que a menudo se lo confunde. En efecto, la distinción entre ecologismo y ambientalismo vertebra y organiza el libro. «El medioambientalismo aboga por una aproximación administrativa a los problemas medioambientales, convencido de que pueden ser resueltos sin cambios fundamentales en los actuales valores o modelos de producción y consumo, mientras que el ecologismo mantiene que una existencia sustentable y satisfactoria presupone cambios radicales en nuestra relación con el mundo natural no humano y en nuestra forma de vida social y política» (pág. 22). Para Dobson, las ideologías son sistemas de pensamiento que incluyen análisis y prescripciones para el mundo sociopolítico, así como una determinada concepción de la condición humana –es decir: elementos de una antropología metafísica–. Empleando este concepto de ideología, el autor sostiene que el ecologismo es una ideología política en sentido propio –lo que lo sitúa en un plano de igualdad con otras, como el liberalismo o el fascismo–, mientras que no lo es el ambientalismo, con su aproximación meramente administrativa, tecnocrática y poco sistemática a los problemas ecológicos. De acuerdo con el análisis de Dobson, hablar por ejemplo de «liberalismo ambientalista» o «socialismo ambientalista» tiene perfecto sentido, mientras que «socialismo ecologista» o «fascismo ecologista» serían construcciones internamente contradictorias.

En este punto asaltan algunas dudas al lector (y más si había leído antes la primera edición del libro, donde la construcción dicotómica de la pareja ecologismo/ambientalismo no se acentuaba tanto). Digámoslo así: el esfuerzo por reconstruir la ideología política del ecologismo radical, diferenciándolo con total nitidez de los reformismos ambientalistas, aboca finalmente en un tipo ideal que deja fuera demasiadas cosas. A lo largo del libro van sugiriéndose las notas que compondrían ese tipo ideal: la tesis de los límites del crecimiento, es decir, la existencia de límites impuestos por la estructura de la biosfera a la expansión de los sistemas socioeconómicos humanos (págs. 37, 104, 140, 217); el rechazo de las soluciones exclusivamente tecnológicas para complejos problemas que son de índole social y ecológica (pág. 100); la filosofía moral ecocéntrica de la «ecología profunda», que reconoce valor intrínseco a todos los aspectos del mundo no humano, oponiéndose así al antropocentrismo según el cual sólo hay que tomar moralmente en consideración a los seres humanos (págs. 27-28, 71-72); la idea de que el mundo natural no humano proporciona modelos para decidir cuestiones de proyecto sociopolítico (pág. 109); la propuesta de reducción del consumo (págs. 115 y ss.); el ideal de una economía agraria descentralizada (pág. 29)...

Pues bien: si se pretende que todas estas notas a la vez forman parte indisociable de la definición de «ecologismo», entonces tenemos un problema: es probable que la gran mayoría de los que en la vida real se consideran a sí mismos ecologistas, y participan activamente en el movimiento ecologista, no se reconozcan en el concepto. Por ejemplo, sólo una pequeña parte del movimiento profesa una filosofía moral ecocéntrica o biocéntrica extrema, o defiende una salida de la sociedad industrial para avanzar hacia economías agrarias descentralizadas. Sectores mucho mayores del ecologismo se ubicarán moralmente en el terreno común entre un biocentrismo moderado y un antropocentrismo débil, y propugnarán la reconstrucción ecológica de la sociedad industrial antes que su desmantelamiento. Aunque Dobson explícitamente disocia «la presente descripción del ecologismo de todo vínculo explícito con cualquier manifestación política suya de la vida real» (pág. 108), y declara sus intenciones de permanecer en terreno filosófico sin incurrir en deslices sociológicos, lo cierto es que la construcción del tipo ideal de una ideología política tiene implicaciones no sólo teóricas, sino también prácticas.

Personalmente antes que proponer un tipo ideal del ideario ecologista tan restrictivo, yo haría hincapié sobre todo en dos características: la tesis de los límites del crecimiento y el cuestionamiento del antropocentrismo moral fuerte. Creo que no puede llamarse a nadie con sentido «ecologista» si no comparte estas dos posiciones; pero me parece que a partir de ahí el terreno de debate es muy amplio.

En cualquier caso, Dobson ha escrito un libro con muchas virtudes: claridad de razonamiento típicamente anglosajona, rigor analítico, un notable esfuerzo de elaboración conceptual –por no poner sino un ejemplo, véase la importante distinción entre dos tipos de antropocentrismo que establece en las págs. 85 y ss.–, amena lectura, manejo de una amplia variedad de fuentes (que por ser en su inmensa mayoría anglosajonas resultan de mucho interés para el lector de lengua castellana curioso de saber qué se cuece en el mundo verde más allá de las fronteras de su propio país), y una objetividad en el juicio que no empaña la simpatía del autor por la ideología que analiza.

El análisis nunca degenera en apologética, y el autor pone en práctica el buen criterio según el cual para hacer avanzar un ideario del que uno se siente cercano hay que señalar no sólo su lado bueno, sino también sus puntos débiles. Tiene mucho interés, por ejemplo, cómo Dobson destaca la tensión existente entre la naturaleza radical del cambio sociopolítico que propugna el ecologismo y la moderación gradualista de los medios democrático-liberales que suelen caracterizar la práctica de los partidos verdes; o cómo denuncia las falacias naturalistas que a menudo vician análisis ecologistas; o cómo calibra la ambigua relación con la tradición ilustrada del ecologismo, vacilante entre el rechazo postmoderno o una renovada «ilustración de la Ilustración»; o cómo cartografía las contradicciones verdes cuando se abordan los difíciles problemas planteados por el crecimiento demográfico y los movimientos migratorios; o cómo sugiere las trampas contra las mujeres que un ecofeminismo esencialista podría activar...

Finalmente tengo que decir dos palabras sobre la traducción, y por desgracia no pueden ser positivas. Hay varios errores garrafales, que el lector sospecha causados por la falta de familiaridad del traductor con la terminología y los contenidos de los debates ecologistas. Se vierten de manera arbitraria conceptos con equivalentes bien asentados y vocablos que son casi términos técnicos. Así, troughput no puede ser nunca «productividad», como aparece en la página 115 (se trata de un término técnico de economía ecológica que puede traducirse por «flujo metabólico» o por el neologismo «transumo», y que designa el flujo de energía y materiales de baja entropía que entra desde la biosfera en el sistema económico, para abandonarlo luego convertido en residuos de alta entropía).

Estos errores llegan en ocasiones hasta la inversión del sentido del texto, como cuando en la página 97 se traduce steady-state economics –¡título de uno de los clásicos del pensamiento económico-ecológico, debido a Herman E. Daly!– por «economía de creación continua» en lugar de «economía de estado estacionario»; o cuando a lo largo de todo el texto la pareja de términos técnicos needs/wants se traduce por «necesidades/carencias». La traducción de want, en el contexto del debate sobre las necesidades humanas, nunca puede ser «carencia», ya que el sentido del término es «deseo ilegítimo», «deseo moralmente cuestionable».

Una colección prestigiosa como lo es «Estado y Sociedad» de la editorial Paidos no puede permitirse descuidos semejantes en la traducción u otros errores que desmerecen la edición de una obra importante (como remisiones bibliográficas al vacío: por no poner más que un ejemplo, en la pág. 104 se hace una referencia a «Myers y Simon 1994», publicación que luego el lector busca en vano en la bibliografía final). Todo esto habrá que corregirlo en la primera reedición del texto. Reedición que no debería tardar en producirse: pues el libro de Dobson tiene un papel importante que desempeñar en las aulas de las facultades de Ciencias Políticas y de Sociología, en la reflexión interna del movimiento ecologista y en la biblioteca de cualquier ciudadano o ciudadana con interés por la política. En este sentido, tenemos que felicitarnos por la próxima aparición en castellano de otra obra del mismo autor que complementa perfectamente su Pensamiento político verde: se trata de la excelente antología comentada de textos «clásicos» del ecologismo, titulada The Green Reader (André Deutsch, Londres, 1991), que la editorial Trotta hará llegar en breve a las librerías españolas. Atención a estos dos libros de Andrew Dobson, cuyo valor didáctico es considerable, y que pueden resultar muy útiles para el esclarecimiento de una práctica política a la altura de los retos ecológicos y sociales que afrontamos a las puertas del siglo XXI .

01/09/1997

 
COMENTARIOS

Pedro Romero 11/09/13 03:45
Excelente resumen del libro. Y muy esclarecedor el planteamiento del Dr. Dobson poniendo de relieve la importancia del ambientalismo como una ideología que como tal debe ser considerada por políticos y otros científicos sociales para incorporarla al cúmulo de ideologías que pretenden orientar la acción del hombre en su vida diaria

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