ARTÍCULO

Dos nuevos narradores

Península, Barcelona, 1997
Trad. de Ana Luisa Poljak Zorzut
158 págs.
Thassàlia, Barcelona, 1997
Trad. de María Antonia Menini
116 págs.
 

Al margen de que las siete piezas que componen El escritorio de lasmaravillas estén relacionadas, creando una línea de crecimiento que cruza el volumen de principio a fin, todas, salvo la última, que aporta el broche al relato de conjunto, pueden leerse como cuentos independientes. Son narraciones confesionales, y, como tales, no se necesitan entre sí como no sea para escribir esa otra historia superpuesta que las liga con los trazos de un hilo invisible. En la primera de ellas, un viejo jesuita romano del tiempo en que la compañía había sido disuelta en casi toda Europa escribe, para un pupilo suyo que se encuentra en Praga, las anécdotas que de joven vivió en dicha ciudad.

En la segunda, es el discípulo, una vez muerto el jesuita, quien nos refiere lo que le sucedió en Praga, el crimen que cometió, obligándose por él a pasar el resto de su vida en penitencia.

En la tercera nos encontramos en Venecia con un viejo criado que desprecia intelectualmente a su señor a la vez que envidia su refinamiento y belleza. La frustración en que semejante dicotomía le sumerge sólo le deja una solución: asumir su identidad después de muerto, que el cuerpo que yazca en la tumba de su señor sea en realidad el suyo.

En la cuarta, un conservador de un museo de San Petersburgo, que acababa de cambiar su nombre por el de Leningrado, relata su odio profundo, enfermizo, por la ciudad que crearon los zares.

En la quinta, un viejo de la Dresde recién bombardeada por la aviación aliada en la segunda guerra mundial se cree en el siglo XVII cada vez que contempla un paisaje de la ciudad pintado por Belloto.

En la sexta, un musicólogo francés, obsesionado con unas cartas de Mozart, que luego resultan falsas, confiesa sus proyectos de asesinar a una bailarina a la que ha seguido hasta Viena.

En la séptima, un habitante anónimo de Amsterdam, revela la historia de un mercader, antepasado suyo, que en el siglo XVII mandó hacer un escritorio para que su mujer guardara las cartas que él le mandaba desde las distintas ciudades en las que tenía sucursales de su negocio.

Es ese mueble, construido en marfil y ébano, el motivo que conforma la hilazón entre las distintas historias, aquello que proporciona el entramado novelesco propiamente dicho. Son sus siete cajones, decorados cada uno con la vista de una ciudad y, a excepción del que representaría a la ciudad ideal, con su nombre escrito en filacteria, la verdadera razón de que esas confesiones se escribieran. Cada vez que uno de ellos se cierra, las letras que forman el nombre de la ciudad (Praga, Roma, Venecia, Dresde, Viena, Amsterdam) se invierten y el compartimento en cuestión no puede volver a abrirse a no ser que se rompa el mueble entero, una particularidad de la que se sirvieron sus propietarios, a lo largo de un siglo y pico, para esconder en él sus confesiones más secretas, aquello que no confiarían a ningún mortal.

Pero no debe colegirse de lo anterior que la anécdota del escritorio aparezca como una revelación final. El libro podía haberse estructurado de esa forma pero Mario Pasa (Venecia, 1964) acierta al dejarla clara desde el inicio. No sólo no nos hurta en ningún momento que los narradores de las distintas piezas son dueños ocasionales del escritorio y se disponen a guardar sus escritos en él sino que éstos no van precedidos en el volumen de otro título que no sea el número del cajón en el que fueron hallados. El escritorio de las maravillas es un libro de cuentos que se configura como un juego de cajas chinas, un artificio literario, escrito con finura y talento sobrados para la creación de atmósferas cargadas de misterio, en el que su autor sale airoso de las trampas propias del género y cuyo único defecto imputable es el de cierto exceso de celo a la hora de crear vínculos entre los relatos que lo forman.

En las antípodas literarias del libro de Pasa, cabe situar la novela de su compañero de generación Giuseppe Culicchia (Turín, 1965). Narrada en primera persona con un estilo realista, Todos al suelo pertenece a la estirpe de novelas testimonio en las que de lo que se trata es de definir el paso de la adolescencia a la edad adulta con un minucioso y crítico retrato de la realidad contemporánea como fondo. Walter, un alter ego del autor, con el que éste comparte aficiones literarias además de algún otro dato biográfico, nos cuenta dos años para él fundamentales: los que transcurrieron entre el comienzo de su servicio social como objetor, la marcha de la casa del padre (un antiguo e intratable operario de la FIAT que le recrimina de continuo su inutilidad para ganar dinero) y la búsqueda de su primer trabajo. Si bien nada de lo que compone la sustancia del libro es en sí novedoso, pues ha sido tratado con profusión por la última hornada de escritores europeos (sida, drogas, desempleo y la desolación como único futuro), el principal valor del libro reside en el tono con el que Culicchia narra su historia de joven crecido en la crisis de los ochenta, un tono medido y profundamente lacónico, capaz de transitar, sin altibajos, entre la tragedia y el humor.

01/12/1997

 
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