ARTÍCULO

Dos novelas de Enrique Jardiel Poncela

 

A lo largo de mi adolescencia descubrí en la biblioteca familiar dos libros de los que, en aquellos tiempos severos y sombríos, llamaban «disolventes», y ciertamente fueron capaces de disolver en mí muchos grumos mentales que se estaban empezando a formar. Uno de aquellos libros fue La doncella de Orleans, de Voltaire, que leí en una edición española de finales del siglo XIX, y que ha sido reeditado hace un par de años por la editorial Rey Lear con una interesante traducción de Juan Victorio (la primera traducción a nuestra lengua desde hace siglo y medio, y además en verso). La doncella de Orleans me abrió los ojos en varios aspectos, dándome mucha información sexual y una perspectiva irónica sobre lo que socialmente se me imponía como intocable y sagrado. El otro libro fue ¡Espérame en Siberia, vida mía!, de Enrique Jardiel Poncela, que también estaba cargado de un fuerte sentido erótico y de una divertida desmitificación de supuestos valores inamovibles.
La lectura de esta novela me convertiría en admirador de Jardiel Poncela, y poco tiempo después mi padre adquiriría sus cuatro novelas juntas en el tomo correspondiente de las obras completas de Jardiel, de la editorial AHR, que leí con entusiasmo. Ahora aparece en la Biblioteca Castro el primer volumen dedicado a sus novelas, que reúne Amor se escribe sin hache. Novela casi cosmopolita y ¡Espérame en Siberia, vida mía!, y las releo con conciencia melancólica, pues hace más de cincuenta años que hice su primera lectura, pero también con la curiosidad de poder juzgar, en la distancia del tiempo, si realmente conservan el atractivo que descubrí en ellas en aquel encuentro primerizo.
El libro viene precedido de una magnífica introducción de María Pilar Celma Valero, responsable de la edición, que, para empezar, sitúa a Jardiel Poncela en su contexto histórico y literario señalando, con toda razón, que «el encasillamiento de Jardiel Poncela dentro de la literatura humorística ha supuesto quizás una infravaloración de su mérito literario y, en cierta medida, una desubicación de su figura en la evolución de la literatura del siglo XX». Que lo humorístico tiende a banalizar las obras en la opinión de los lectores y de los críticos es algo tan cierto que en nuestros días ninguno de los autores que utilizan el humor como recurso principal de sus ficciones asume ya la calificación de «humorista», una denominación que ha desaparecido de la crítica literaria, y que sólo sirve para denominar a quienes pretenden hacernos reír en ciertos programas de la televisión.
Celma Valero aporta a su defensa del mérito literario de Enrique Jardiel Poncela y de su relevancia dentro de la historia de nuestra literatura diversas consideraciones: ante todo, el autor «participa del espíritu heterodoxo, lúdico e innovador de las vanguardias», manifestándolo en dos actitudes: «la subversión de valores y la desacralización del arte». Jardiel critica al ser humano y a la sociedad que ha formado «como contrarios a la naturaleza, a la lógica y al buen gusto»; se burla de la religión, introduciendo a menudo alusiones irónicas a propósito de la Biblia o lo sagrado; ridiculiza la moral burguesa, impregnando sus textos de un erotismo al margen de la apariencia de las costumbres sociales; en el propio ejercicio narrativo, hace bandera de una iconoclasia flagrante, ridiculizando al hilo de la narración a muchos autores y creando «nuevos cauces para la expresión literaria, a pesar de su posicionamiento frivolizador (o precisamente gracias a él)».
En lo tocante a la contribución de Jardiel a la novela, Celma indica la condición de parodia lúdica (de las novelas de amor, Amor se escribe sin hache; de las de aventuras, ¡Espérame en Siberia, vida mía!); su relación con el ensayo y el aforismo; la estructura teatral –no hay que olvidar que el teatro fue otro de los campos expresivos en que Jardiel Poncela demostró su talento– y, por último, el continuo juego metaliterario, donde el autor mantiene un permanente diálogo con el lector a través de notas a pie de página y referencias explícitas. Otros aspectos que la editora señala como originales en la concepción de las novelas de Jardiel Poncela radican en su gusto por ordenar tipográficamente el texto para suscitar la simultaneidad temporal, o en la abundante y continua inclusión de cambios tipográficos e imágenes, que complementa el desarrollo de la trama.
Todo ello, según María Pilar Celma, hace de Jardiel un renovador del género y un precursor del experimentalismo novelesco; además, las dos novelas que se presentan no se limitan a un juego formal en la búsqueda del mero entretenimiento lector, sino que ambas están cargadas de un hondo escepticismo nihilista, y presentan una peculiar y desesperanzada visión del mundo, no lejana a la estética del absurdo.
Amor se escribe sin hache. Novela casi cosmopolita está fechada en 1928, cuando Jardiel tenía veintisiete años. Sorprende, dentro del continuo juego del humor, la madurez escéptica con que el autor enfoca la sociedad humana, revisada en sus sectores privilegiados. En esta novela aparecen todos los factores estructurales e icónicos que luego irá desarrollando en las siguientes: para empezar, la intervención del autor como narrador incrustado en el relato, de una manera que me atrevería a calificar de cervantina, pues desde el primer momento («8.986 palabras a manera de prólogo») aparece tal autor, contándonos su vida con pelos y señales, del mismo modo que en el prólogo del Quijote surge el autor hablándonos de cómo realizar la presentación de su libro, para más adelante intervenir muy a menudo a lo largo de la trama como otro elemento del tinglado novelesco.
También en esta novela se inaugura el modo característico de narrar de Jardiel Poncela: un discurso cargado de un humor muy alejado de la tradición castiza y costumbrista –lo que no impide que encontremos ciertos sutiles ecos de la picaresca–, interpolado continuamente por intervenciones distanciadoras y burlonas, mediante las cuales ese autor implícito, un verdadero autor-personaje, no nos permite que nos tomemos con seriedad nada de lo que allí se nos está contando, pues acude a menudo al juego de palabras o a la astracanada, no sólo para hacernos sonreír, sino para mantenernos vigilantes en la perspectiva escéptica, a menudo cínica, que nos quiere transmitir sobre la realidad.
Teniendo en cuenta la naturaleza humorística de la obra, es lógico que los personajes no estén psicológicamente muy matizados, y que incluso tiendan a la simplificación grotesca, pero eso no les resta verosimilitud, dentro de las convenciones de la propia ficción. El personaje central de Amor se escribe sin hache, lady Sylvia Brums, una mujer tan liberada en los aspectos de la vida sexual que a los dieciocho años ya ha tenido relaciones íntimas con toda la servidumbre masculina del castillo en que vive, ofrece un retrato muy propio de los felices veinte, pero también de la desinhibición contemporánea. Y no deja de tener gracia que el primero de sus amantes haya sido el joven jardinero, si consideramos que en el mismo año 1928 aparece en Florencia El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence, verdadero escándalo literario en lo que a romper tabúes sociales se refiere. La colección de amantes de lady Sylvia Brums llega a ser tan notoria que hasta el marido, Héctor Francisco Arencibia, tolerante con la conducta de su esposa hasta la provocación, entusiasta cornudo consentido, firmemente escéptico en materia de virtudes conyugales, colabora a su crecimiento mediante cartas aquiescentes remitidas por correo a sus amantes actuales o a posibles amantes futuros. Sin embargo, para dar una vuelta de tuerca en la burla de las firmes convicciones, aunque sean libertinas, Jardiel hará que ese marido tan poco creyente en materia de fidelidad conyugal y tan abierto en los temas sexuales, acabe enamorándose perdidamente de la ingenuidad de una supuesta joven virgen que, como el lector conoce de sobra, es también una mujer de vida inveteradamente licenciosa.
Las relaciones de lady Sylvia Brums y de su amante Elías Pérez Seltz, alias Zambombo, joven juerguista perteneciente a la clase rica y ociosa, forman el núcleo dramático de la novela, pero abundan los personajes disparatados, como el incansable mentiroso doctor Flagg. Dichas relaciones acabarán fracasando, pero irán llevando al lector por muchos lugares del mundo, incluidas islas deshabitadas, hasta la escena en que Fermín, el amigo íntimo de Zambombo, le explique a éste, en un diálogo que plantea un juego terminológico desopilante –como se decía en la época– por qué «amor se escribe sin hache».
Quizá lo más endeble de la novela esté en lo desmedido de la intervención de ese autor implícito, que empezó contándonos su vida, que acaso no mide bien los componentes reflexivo-aforísticos interpolados, que llega a meter al lector en el texto demasiadas veces, y que acaba el libro introduciendo una serie de comentarios apócrifos de autores contemporáneos sobre la propia novela. Es decir, que la novela puede pecar de demasiadas adherencias ajenas no perfectamente acopladas al estricto desarrollo de la trama, de cierta exageración en el conjunto de componentes estrafalarios, de cierto paroxismo acumulativo.
Esto no sucede con ¡Espérame en Siberia, vida mía!, fechada en 1929, un año más tarde, en la que todos los factores que la componen están perfectamente medidos, y la historia, dentro de su peculiar forma de sernos relatada, fluye con admirable naturalidad, convirtiendo determinados excursos, las «divagaciones imprescindibles» que van incluyéndose a lo largo del texto, en materia misma del desarrollo narrativo. En la novela también se acude a menudo al juego tipográfico y a la inclusión de imágenes, pero no hay ningún caso en que el lector no lo considere justificado. También en esta trama uno de los protagonistas es una mujer liberada, ardiente gozadora de la vida, la vedette Palmera Suaretti –Palmira Suárez– y el otro un joven de la alta burguesía, Mario Esfarcies. Que un supuesto cáncer obligue al joven protagonista, tras una serie de divertidas tentativas fracasadas de suicidio, a encargar su propia muerte a un miembro de la Unión General de Asesinos Sin Trabajo, y luego a intentar librarse de ello, llevará la novela a los terrenos del viaje azaroso por muy diferentes lugares, rumbo a esa Siberia donde está citado con Palmera, una mujer a la que rechazó inicialmente, en los preparativos para un matrimonio convencional, tras el tedio de una vida harta de goces.
Al igual que en Amor se escribe sin hache, la nómina de los personajes secundarios disparatados y graciosos es amplia. Hasta aparece un hispanófilo, Levi H. P. Dixon, que tiene grabado el Quijote en innumerables discos de gramófono, lo que demuestra que lo que nos parece hilarante en determinada época puede resultar perfectamente habitual en otra. En la novela, además, hay un oso que habla, Mussolini, que en la edición que yo leí en la casa familiar, fechada en 1939, se llamaba Paganini, acaso por intervención de la censura, aunque no deja de sorprenderme que en aquellos tiempos de virulento nacionalcatolicismo se tolerase la publicación de las obras de Jardiel, pues aparte de esa edición de ¡Espérame en Siberia, vida mía!, a partir de 1960 todas sus novelas aparecieron en la AHR barcelonesa que antes he citado.
Pese a lo fluido del discurso y a una prosa chispeante, la gracia del estilo de Jardiel Poncela no está en la elección de un lenguaje rebuscado ni en la acuñación de una prosa peculiar, lo que es tan valorado entre nosotros, sino en la inagotable, estrepitosa sucesión de ocurrencias brillantes, en las que hasta la propia prosa es puesta en entredicho por un autor que forma parte inextricable del texto. Eso es lo que, en su caso, forma un estilo inconfundible, sólido, lleno de interés. La relectura de estas dos novelas de Enrique Jardiel Poncela, aparte de hacer revivir en mí recuerdos de un lejanísimo tiempo de formación, me ha permitido constatar la segura vigencia y vitalidad de ambos textos que, a pesar de que hayan transcurrido casi ochenta años desde su primera publicación, siguen gozando de indiscutible frescura y originalidad. También he considerado que algo de aquel gusto por el absurdo, y cierta visión disparatada de la realidad, salvando las distancias y con todos los matices posibles, puede rastrearse actualmente en la obra de algún joven autor, como Juan Aparicio-Belmonte, teñida de un humor de resonancia nihilista.
Además, al igual que me sucedió con una novela anteriormente comentada por mí en estas páginas, El golpe de estado de Guadalupe Limón, de Gonzalo Torrente Ballester, me sorprende la personalidad de los personajes femeninos de estas novelas de Jardiel Poncela, que rezuman una curiosa mezcla de misoginia y devoción por el género femenino. En Amor se escribe sin hache, Sylvia Brums, una dama de la buena sociedad, es un ejemplo de mujer libre, independiente, apasionada, que disfruta de la vida sin trabas. Esta actitud independiente se repite en la Palmera Suaretti de ¡Espérame en Siberia, vida mía!, aunque su condición de vedette, de mujer que vive en un ambiente proclive a la tolerancia en las costumbres, podría hacerlo más usual; sin embargo, en esta novela aparece otro personaje no propio de tal ambiente, Musia Spoletto, que cuando se aburre de su compañero Curcio Pavanelli, lo que al parecer le sucede constantemente, busca la compañía de nuevos amantes, en un desenfrenado y continuo cambio de pareja.
Vuelvo a recordar los personajes femeninos de las comedias del Siglo de Oro, innumerables en Lope de Vega, La dama duende de Calderón o algunas de las mujeres del Quijote. Muy recientemente he asistido al estreno de Todo es enredos Amor, por el elenco joven de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, obra atribuida por error a Moreto durante muchos años, pues fue escrita por Diego de Figueroa y Córdoba, para encontrarme con la mujer que se disfraza de varón para seguir a un hombre que la atrae, y que con toda osadía asume los lances que le hace vivir su decisión. También he recordado a algunas mujeres de Galdós. Creo que en la historia de nuestra literatura falta por estudiar –matizando los comportamientos conforme al marco histórico, naturalmente– el papel de bastantes personajes femeninos que han ido marcando una personalidad independiente, a pesar de todo, a lo largo de los siglos. Las singulares libertinas de Jardiel deberían estar sin duda incluidas en esa nómina de mujeres audaces tan propia, a mi juicio, de la literatura española.

01/03/2011

 
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