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ARTÍCULO

Dos libros sobre los mitos germánicos

 

Ya en la breve introducción a su versión de los Textos mitológicosde las Eddas (Madrid, Editora Nacional, 1983), Enrique Bernárdez daba una sucinta y precisa información sobre los relatos y los personajes fundamentales de esta gran tradición mitológica que ahora, veinte años después, vuelve a explicar con un enfoque sistemático y de una forma completa. Pero me resulta agradable recordar mi lectura de aquella tan atractiva traducción pionera en nuestra lengua. Luego se han publicado otras versiones de esos textos míticos, como, por ejemplo, las de Luis Lerate de la Edda mayor y la Edda menor, la de Santiago Ibáñez de la Ynglingasaga y los Gesta Danorum de Saxo Gramático, y alguna otra saga por el propio Bernárdez. En fin, que si hace veinte años el profesor Bernárdez demostraba su dominio de los textos originales y de los temas de esa mitología, junto a una admirable precisión en la presentación crítica de los mismos, ahora se ha lanzado a esta excelente síntesis de la materia.

Como él nos advierte –tanto en el añejo prólogo como en la introducción del libro más reciente–, es conveniente tomar nota desde un comienzo de cómo toda esta compleja tradición mítica, nórdica o germánica, se nos ha transmitido a través de redacciones y relecturas tardías, en textos escritos ya en época cristiana. En su actual formato literario, las sagas de dioses y héroes se redactaron entre los siglos X XII, y tanto el erudito islandés Snorri Sturluson como el docto historiador danés Saxo Gramático escriben en la primera mitad del siglo XIII. Por lo tanto, atender a cómo se han ido configurando las noticias sobre esta mitología, en tan tardía tradición literaria, es esencial para comprender los alcances de este intrincado corpus mitológico. Esta tradición mítica y literaria se diferencia mucho, pues, de la del repertorio del mundo clásico. Aunque el panteón germano tenga con el grecolatino un parentesco básico, por el origen indoeuropeo de sus dioses, está muy alejado de éste por sus temas y sus tonos.

La perspectiva histórica de Bernárdez parte de un análisis de las creencias y ritos de los germanos desde la época más antigua, de los datos arqueológicos y de Tácito, y avanza hasta los relatos de las sagas y de las Eddas. Y va dibujando el progresivo desarrollo de la mitología, con ayuda de los datos arqueológicos y los textos, distinguiendo bien sus etapas y precisando de dónde provienen los testimonios que nos informan en cada momento.

Este enfoque amplio –que abarca consideraciones sobre ritos y rasgos de la sociedad germánica– ocupa la primera parte del libro, que muy bien podría haberse titulado Religión y mitología de los germanos. Comienza por darnos una visión general de la sociedad germánica y sus usos, con muy buen criterio y claridad didáctica; de los usos guerreros, de la magia, de las creencias y ritos sobre la muerte, y de las primitivas diosas madres, como las Matronae, bien atestiguadas en antiguas inscripciones, y de los variados seres sobrenaturales (etones, tuergos, elfos) trata en los primeros capítulos, para luego identificar y definir las figuras míticas de los grandes dioses nórdicos. Cuenta, pues, la división clásica entre las familias de Ases y Vanes, y, tras comenzar por las diosas Frigga y Freya, cuenta las historias de Wodanaz, Odín, Thor, Loki, Balder, etc. El buen conocimiento de los textos, citados y traducidos con destacada precisión filológica, se une a una fina cautela crítica en la exposición de estos fascinantes relatos. Bernárdez es un experto y ameno guía en el laberinto, que se dirige de cuando en cuando al lector para advertirle que los usos religiosos germanos son raros (aunque tienen sus paralelismos en nuestras propias liturgias), indicar la pronunciación correcta de los nombres y precisar aquí y allá las fuentes de cada relato. Esboza muy críticamente el latente trasfondo indoeuropeo de esta mitología, recordando puntualmente los estudios de Dumézil, y rastreando ciertas variaciones en el panteón nórdico, como el ascenso del sabio Odín, mago y viajero, y la marginación de dioses antiguos, como Tyr/Tiwaz. Concluye, como era de esperar, con la narración del agónico y fatal ocaso de los dioses en el Ragnarök, y sus resonancias trágicas. Todo ello está contado con una notable claridad, sin ninguna retórica pedante, y con muy buen ritmo narrativo.

Echábamos en falta un libro como éste, tan bien informado y completo. No teníamos, pienso, en español ninguna introducción completa, tan ordenada y bien documentada, sobre este espléndido corpus mítico. Vale para los relatos míticos y para la religión de los germanos, y todo su trasfondo social, por sus tonos antropológicos e históricos. Existía algún manual traducido hace mucho, como el de Eugen Mogk, Mitología nórdica (Labor, 1932, reed. 1953, trad. de Eustaquio Echauri), que pienso que aún merecería citarse, por lo preciso, ameno y bien ordenado, aunque seguramente resulta inencontrable en librerías. Pero Los mitos germánicos que comentamos significa una buena aportación crítica, muy bien actualizada en todos los aspectos, con su bibliografía muy cuidada y bien utilizada. Quienes admiramos los hondos enfoques de Dumézil apreciamos la atención crítica con que aquí se recogen sus ideas acerca de la estructura trifuncional indoeuropea y sus ecos mitológicos en el ámbito germánico.

Desde su enfoque inicial, El destino de los dioses diverge del adoptado en el libro anterior, aunque versa, desde luego, sobre el mismo repertorio mítico. No pretende, por otra parte, darnos una panorámica completa del mismo, sino que, como indica el subtítulo de Interpretaciones de la mitología nórdica, centra su comentario en tres grandes temas, muy característicos, de esa mitología.

Patxi Lanceros es profesor de Filosofía Política y Teoría de la Cultura en la Universidad de Deusto y ha escrito varios estudios y ensayos (como La herida trágica, de 1997, y Verdades frágiles, mentiras útiles, del 2000) que atestiguan su talante intelectual, tan atento hacia los ecos del pasado como a los conflictos del presente. Es importante tener en cuenta su adhesión a una perspectiva hermenéutica muy atenta a las funciones simbólicas de la mitología. Recordemos que Lanceros ha codirigido, con Andrés Ortiz-Osés, el atractivo y extenso Diccionario de Hermenéutica, publicado en Bilbao hace pocos años. Y en su interés por el imaginario simbólico de la cultura occidental se enmarca este libro, que supone muchas lecturas, un buen conocimiento de los textos –sea en alemán o en traducciones acreditadas– y una reflexión de largo alcance.

En todo caso, le impulsa una intención hermenéutica amplia. Avala lo que se apunta en las líneas de la contraportada de su libro: «Interpretar la mitología nórdica no es un ejerciciode erudición: es investigar un legado imaginario que ha dejado sus huellas en nuestra propia autocomprensión. Para nosotros, modernos o postmodernos, reflexivos, postradicionales, el encuentro con las mitologías es una exigencia arqueológica, una interrogación a las imágenes del sentido –símbolos– que nos han acompañado en nuestra aventura de pensamiento y acción».

El libro está integrado por tres capítulos: «Ases y Vanes: estructura y dinámica de la mitología nórdica», «Balder y Loki; tragedia y destino» y «Ragnarök : el destino de los dioses». Sobre estos tres temas se extiende el análisis y el comentario de Lanceros, citando los textos fundamentales con precisión para luego darnos su interpretación en términos de su propia hermenéutica. También aquí está muy presente la lectura de los libros de Dumézil, y de varios otros, bien citados y contrastados con notable rigor crítico. A diferencia de lo que hace Bernárdez, Lanceros se interesa menos por el aspecto de formación diacrónica de este complejo corpus, y más por el juego estructural de sus oposiciones significativas. Esto puede verse de modo claro cuando enfoca el conflicto de ases y vanes, o cuando contrasta el poder de Thor con el de Odín. Y cuando contrapone el maligno Loki y el brillante y bondadoso Balder. Del conflicto de las familias divinas de vanes y ases, uno de los rasgos básicos del entramado mítico germano, trata el primer capítulo. «Los vanes, dioses especialmente vinculados a la sabiduría, la magia, la fecundidad, el deseo y la paz son, en el panteón nórdico, el contrapunto necesario de los ases, dioses, como hemos visto, especialmente relacionados con la conquista, la organización, la fuerza, el derecho y la guerra.» Si, en opinión de Dumézil, unos y otros dioses se enfrentan y complementan porque representan diversas funciones de la sociedad arcaica –los ases el saber sacerdotal y el poderío guerrero, y los vanes el aspecto productivo de la tercera función–, Lanceros se inclina por otra explicación simbólica de ese juego dialéctico: «La religión germánica se asienta sobre el previo enfrentamiento y el posterior pacto entre dioses ases, representantes del ámbito celeste y viril de la mitología, y los dioses vanes, afincados en el lado telúrico y femenino de la misma». Ambos aspectos se contraponen, pero ninguno de ellos puede ser eliminado, sino que subsisten y colaboran en un pacto fructífero.

Pero quizás ese antagonismo simbólico entre lo telúrico y lo celeste invita a esquemas un tanto simplificadores. «Los ases dan cuerpo, figura e imagen a la mitad solar-celeste-viril de la estructura mitológica. Y el culto a los ases es el culto a la fuerza en todas sus posibles manifestaciones.» Pero Odín no es sólo un «dios del pillaje y la conquista», sino mucho más un mago y sabio, con un halo trágico, a la vez que guerrero. Que tiene su lado oscuro, desde siempre. Por otra parte, como Lanceros resalta bien, su sabiduría es adquirida. Pues si Odín es sabio y poeta, ese saber le viene de la cabeza de Mímir y su poesía del hidromiel fabricado con la sangre de Kvásir. El saber poético, como destaca Lanceros, no acompaña al dios por su esencia, sino que nace de los pactos entre dioses (págs. 60-61).

En el centro del volumen queda el capítulo consagrado a Loki y Balder, presentados como un núcleo simbólico esencial de esta mitología. El énfasis puesto en la muerte de Balder como el mitologema fundamental de la religión nórdica (escandinava) se basa, según Lanceros, en «la insistente atención por parte de los estudiosos de las religiones», pero sigue siendo una apuesta arriesgada, y bastante discutible. «En cuanto acoge vida y muerte, bien y mal, "cielo" e "infierno", pasado y futuro [...], la escena de la muerte de Balder se convierte en verdadera encrucijada o nudo simbólico en el que coinciden las mayores líneas de tensión que componen el universo religioso de los hombres del norte: universo que constituye el soporte y define el límite de las conductas individuales y colectivas.»

La trágica muerte del bello y bondadoso dios, urdida por el maligno Loki, muy bien narrada por Snorri y Saxo, es un mito conmovedor y fascinante. Pero se puede objetar su papel estelar; Balder resulta un dios demasiado paciente, demasiado pasivo, para el gran protagonismo que aquí se le postula. Como escribe Bernárdez (pág. 279): «Este dios sólo hace una cosa: morir, y tiene una esposa, Nanna, cuya principal hazaña será arrojarse a la pira funeraria de su marido. Balder es joven y guapísimo, y en principio eso es todo. Lo mata su propio hermano, aunque más tarde ambos revivirán. De pocos dioses escandinavos se ha escrito y discutivo tanto como de Balder». Ya H. R. Ellis Davidson, en su conocido Gods and Men in Northern Europe (1964), escribía: «La historia de Balder es quizá la más seductora de todos los desconcertantes mitos que han sobrevivido en el norte». Y veía en él no sólo rasgos de un dios que muere y renace, sino de un gran héroe entre dos mundos.

Frente a él está Loki, que cuenta, por su parte, con un largo historial mítico de trampas y maldades. Bernárdez dedica treinta páginas a Loki y tres a Balder; Lanceros prefiere destacar el papel diabólico de Loki, marginando su aspecto de «truhán tramposo», de trickster. No me parece, en principio, incompatible lo uno y lo otro, es decir, el talento para engañar y el empeño en dañar y destruir. Ambos impulsos están en Loki, pero puede acentuarse uno u otro según nuestro enfoque. En todo caso, el carácter maligno del dios es evidente. Loki no recibe culto ninguno, con razón. Y con razón sufre su castigo, y se vengará en el Ragnarök. «Loki es la sombra diabólica», dice Lanceros. Pero también fue un demonio ingenioso que en más de un apuro resultó útil con su versátil ingenio. En fin, es un gran personaje de este repertorio mítico.

El tercer capítulo examina un tema no menos impresionante y enigmático: el oscuro destino de los dioses abocados a una fatal destrucción en feroz batalla contra los monstruos nacidos de Loki. En la mitología germánica, el destino está prefijado y ningún poder divino puede oponerse a su exigencia fatal del último derrumbe. En las raíces del árbol Yggdrasil, que es el eje cósmico, están las Nornas, las tres diosas que hilan la trama del destino. Y el destino, que implica esa última batalla en el trágico «crepúsculo de los dioses», está en lo más íntimo de esta concepción mítica, en la esencia misma del imaginario mítico: se trata de un rasgo peculiar de la misma. Lo expresa, de forma insistente, Lanceros: «La mitología nórdica no concede a los dioses de la lucha imperio sobre el destino, sino que construye su escatología sobre la imagen del destino omnipotente, un destino que nunca pertenece a los dioses soberanos sino que, de hecho, limita la soberanía de los dioses: la urdimbre del destino, que remite al ámbito nocturno de la estructura mitológica, se impone finalmente a la trama de las divinidades celestes». Desde este capítulo se nos ofrece una perspectiva de la cosmovisión última de la mitología nórdica, con una intensa reflexión crítica.

He aquí dos libros importantes y amenos sobre la mitología nórdica, un tema muy poco frecuente en nuestros lares. Ambos están escritos con una sólida preparación y una bibliografía muy completa, y redactados con un estilo atractivo y personal. El notable contraste de uno con otro, tanto en el tono intelectual como por el enfoque mismo, puede servir para recomendar la lectura de ambos, y dejar luego a criterio del lector decidir la exégesis que prefiera. Si Enrique Bernárdez atiende fundamentalmente a la formación y configuración histórica del complejo corpus mitológico, Patxi Lanceros ahonda en la visión hermenéutica de los grandes temas de esa religión como un coherente sistema simbólico de larga resonancia. Se puede aprender mucho de uno y de otro.

01/06/2003

 
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