ARTÍCULO

Dos libros sobre la novela española de hoy

 

Sostiene mi amigo Víctor Moreno que la consideración de la novela española como paradigma y espejo de la transición política ha sido un fértil invento de los suplementos literarios de El País: algo que se gestó en los tiempos de Rafael Conte y Luis Suñén, prosiguió en la etapa más «estructuralista» y quizá culmina cuando el propio primer director del diario está publicando su serie narrativa sobre la Transición. Pero el caso es que esa percepción crítica está bastante extendida y constituye casi un axioma de la nueva crítica universitaria norteamericana. Tres congresos reunidos en la Ohio State University organizados por Samuel Amell y sus colaboradores, en 1985, 1990 y 2000 certifican lo que digo; no creo que fueran menos de cuatrocientos comunicantes y ponentes los que en el último se afanaron en leer en las páginas narrativas los signos y los emblemas de la vida española posterior a la recuperación de la libertad.

¿Tantos no pueden equivocarse? Al menos, no pueden hacerlo del todo, por más que el gregarismo y la simplificación sean males endógenos de la vida crítica. No es difícil dar una razón de peso. Lo más significativo de este período histórico ha sido, en lo político, la suma de insatisfacciones y la conciencia general de insuficiencias; en lo económico, la incertidumbre y, a su favor, la tendencia al despilfarro y la precariedad; en lo moral, la ruptura de los moldes heredados y la singular subsistencia de la vida familiar más tradicional al lado de los modelos individualistas más absolutos. Si así ha sido, ¿cómo no habría de ser la novela el modo mejor de reflejar la sustancia de esa crisis? Uno de los más fecundos atisbos de Georg Lukács (y una herencia, a la postre, de Hegel) fue entender que la novela era hija de la confusión y no de la claridad: que se escriben novelas para entender y para organizar una experiencia que se va haciendo inabarcable y que, por eso, el héroe del relato moderno solamente puede salvar un resquicio personal de felicidad, si salva algo, o recibir un desmedido castigo, que casi nunca responde a su culpa. La novela transita de la subjetividad radical a la objetividad histórica, de la percepción del caos al esbozo de un orden moral siempre provisional. Ha sucedido lo mismo que en la Francia de la Restauración, cuando escribía Balzac; que en el Londres de los primeros días victorianos, cuando lo hizo Dickens, que en la España caótica de 1870, cuando Galdós decidió ponerse a escribir novelas. ¿No había de suceder también en un período al que hemos dado el nombre tan significativo de Transición?

UNA COLECCIÓN DE ARTÍCULOS CLÁSICOS

Pero, por lo que toca a nuestro país de la segunda parte (y más larga) de su posguerra, lo dice mucho mejor que yo Gonzalo Sobejano en el primero de los libros que ahora reseño. En su artículo «Direcciones de la novela española de posguerra» (1972) ya consignaba con notable atrevimiento que, a la vista de Valle-Inclán, Azorín, Pérez de Ayala, Miró o Gómez de la Serna, «ningún novelista de los mencionados, ni siquiera Pío Baroja, había testimoniado el existir de la colectividad española, fechado y situado en el presente, con tanta concreción y veracidad como lo han hecho los autores de La colmena, Los bravos, El Jarama, Las afueras, Tiempo de silencio, Cinco horas con Mario y Señas de identidad». Y en su trabajo «Conciencia crítica en la nueva novela española» (1977), tras defender –en nombre de Lukács– que la novela es conocimiento, «conciencia, en el sentido de con-saber, o saber-con», postula que el dios cambiante Proteo, el laberinto y el rompecabezas parecen ser los «patrones configurativos» de una nueva novela, a la que corresponden como formas estructurantes la confesión, la sátira o la elegía. Y para que no haya dudas, ofrece otro irrepetible repertorio de títulos: Tiempo de silencio, San Camilo, 1936, Una meditación, El gran momento de Mary Tribune y Recuento.

Pero Gonzalo Sobejano no es un joven de cortísimos horizontes temáticos y atolondradamente identificado con el objeto de su trabajo. Es, a mi entender, el mejor de aquellos maestros de filología que dejó escapar la menguada universidad española de 1950, cuando una generación de no menor excelencia –y con apenas diez años más– ocupó las pocas cátedras que había a la vista. Por eso no hemos disfrutado entre nosotros del magisterio de Javier Herrero, Francisco Márquez Villanueva, Francisco Ruiz Ramón y Gonzalo Sobejano, entre otros, que rindieron lo mejor de su labor docente en Estados Unidos.

Sobejano ha ilustrado muy bien el paso de una ciencia estilística de sólida base germana –presente en su veterano trabajo sobre el epíteto– a una interpretación filológica que aunaba la lectura del texto y la razón historicista: aquel libro sobre Nietzsche en España y la serie de trabajos que tituló, con estudiada modestia, Forma literaria y sensibilidad social, siguen figurando entre los hitos que a mucha gente de mi edad nos cambiaron decisivamente los horizontes gnoseológicos a finales de los sesenta. Y después vinieron trabajos esenciales sobre Galdós y Clarín, sobre Cervantes y Valle-Inclán, que son los que dan hondura y densidad a estos otros que Santos Sanz Villanueva, director de la colección, le ha invitado a recoger con tanta oportunidad; en este punto, no hay sino sumarse a lo que esta edición tiene de merecido homenaje.

Y hay mucho más. Convenía que algunas ideas magistrales, expuestas en intervenciones muy breves a menudo, estuvieran al alcance de los futuros estudiosos. La noción de «novela estructural», por ejemplo, aparecía ya en su memorable volumen de 1970 (y 1975) Novela española de nuestro tiempo –donde tanto importaba el subtítulo, «En busca del pueblo perdido»–, pero ahora la tenemos más largamente explicada en «Direcciones de la novela española de posguerra» (1972), en relación con la idea de «discontinuidad» que es, a su entender, el modo de percepción de la realidad que ha dominado en la etapa aludida. Tres trabajos tan señeros como «Ante la novela española de los años setenta» (Ínsula, 1979), «La novela ensimismada» (España Contemporánea, 1986) y «La novela poemática y sus alrededores» (Ínsula, 1985) asentaron una nomenclatura que muchos han repetido después: el primero vio como líneas maestras de la nueva narrativa la «memoria dialogada», la «autocrítica de la escritura» y la «fantasía»; el título del segundo tradujo libremente (y acertadamente) un marbete de Linda Hutcheon (Narcissistic Novel, 1980) y propuso los conceptos de «neonovela», «antinovela» y «metanovela», préstamos los dos primeros de otro clarividente trabajo de Carlos-Peregrín Otero; el tercero estableció una idea que, en estas páginas, glosa también el estupendo trabajo «Testimonio y poema en la novela española contemporánea».

Otros artículos recuerdan cosas muy básicas y necesarias, como la pervivencia del paradigma picaresco (en un trabajo escrito para el Boletín de la cátedra de Tierno Galván, en Salamanca) y la perduración del modelo dialogal cervantino. Y aquí y allá, la sabiduría del hombre que clasifica y organiza ofrece en quince o veinte líneas la síntesis certera de una novela o un inapreciable juicio de valor. Que es lo que se espera de un crítico de referencia... El lector atenderá, por eso mismo, cuanto se dice en «Novela española de 1950 al fin de siglo» (1999) porque es un homenaje del autor a su propia generación de narradores. Allí se dice que Saúl ante Samuel es «la mejor novela española del siglo XX » y queda clara su preferencia personal por Miguel Espinosa, los Goytisolo o Juan Marsé, como en otros lugares deja ver su interés crítico por Luis Martín-Santos, que incluye Tiempo de destrucción, el relato que menos tinta ha hecho correr de esta etapa (véase al respecto su luminoso trabajo de 1977 «Conciencia crítica en la nueva novela española»).

UN RESUMEN ESTIMULANTE

A Santos Alonso, catedrático de Bachillerato, debemos un artículo, «Novela en la transición, transición en la novela» (Nueva Estafeta, 1981), y un libro, La novela en la transición (1983), que tuvieron, entre otros méritos, el de ser madrugadores. Los distinguía también la meticulosidad de la búsqueda y un dominante talante de ordenación, que no son malas recomendaciones; las mismas que avalan este libro de ahora, que comparte editorial y colección con el de Gonzalo Sobejano.

Y que algo tiene que ver con él. De manera evidente, también le interesa a Alonso la regimentación generacional, a la que dedica el segundo capítulo, quizá algo aventurado. ¿No son muchas seis generaciones en activo, tres de ellas posteriores a la muerte de Franco? Sin embargo, no parece que se conciban como compartimentos cerrados sino como matices taxonómicos y, con esta cautela, aún puede aceptarse que se distinga entre «generación de los sesenta» y «generación de 1975». Algo similar sucede con las categorizaciones que subdividen cada uno de los tres capítulos centrales del libro, uno sobre «la novela de la transición», otro sobre los años ochenta y un último acerca de los noventa. La periodización decenal es casi inevitable, aunque poco imaginativa, pero los conceptos que la subdividen son, a menudo, heterogéneos y, en alguna ocasión, imprecisos. No es muy recomendable metodológicamente que convivan términos como «novela erótica» o «novela social», de rango temático, al lado de «metanovela» y «novela evocadora de la memoria»; no es muy feliz la apelación a la «novela expresionista», ni pueden usarse sin larga explicación nociones como las de «novela-crónica» o el batiburrillo que componen los calificativos «alegórica, mítica, fantástica». Pero, otra vez más, la ventaja es que los marbetes no se dan como cerrados y que los títulos estudiados navegan de un océano a otro.

Puede también que el tupido oleaje de nombres contribuya a la confusión de esta marea alta de la narrativa española. Como recuerdan tenazmente Manuel García Viñó y sus compadres de La Fiera Literaria, es posible que el prematuro canon de la narrativa después de 1960 esté equivocado o sea demasiado complaciente. Santos Alonso deja caer también alguna notable reflexión al respecto en el capítulo primero, «Entre la literatura y el mercado», y en las conclusiones (Ramón Acín escribió un importante libro, Narrativa o consumo literario, y Sergio Vila-Sanjuán acaba de publicar un reportaje, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, que tiene subido interés aunque no le ha gustado a Rafael Conte). Sus consideraciones sobre «la industria de la novela», sobre el «escozor del vértigo» que sobrecoge al escritor en el mercado o su denuncia de un relato «superficial, costumbrista y fácil de digerir» son, a estas alturas, verdades de a puño. Otra cosa es que algunos varapalos sean injustos (no diría yo que Almudena Grandes refleja un «pensamiento e ideología débiles y visión tan parcelada del mundo», a la vista de Los aires difíciles, ni que Ardor guerrero es un «alegato previsible y manido», ni despacharía con tanta displicencia la obra de Javier Marías y Luis Landero). Es cierto, sin embargo, que los últimos relatos de Carmen Martín Gaite son decepcionantes o que Juan Manuel de Prada cultiva un estilo «abigarrado, desmesurado y farragoso». O que Eduardo Alonso es un excelente autor de novelas históricas. Pero no es muy acertado señalar que quizá Juan José Millás sea culpable «tal vez sin pretenderlo» de la frivolización sentimental de muchos relatos de éxito de los años noventa.

Sobre la narrativa española de los últimos años empieza a haber demasiada bibliografía, mucha más de la que recoge la selección –no muy feliz y demasiado parcial– de Santos Alonso. Pero nunca están de más ni los trabajos clásicos, como el de Sobejano, ni las síntesis bien pobladas de nombres y poco complacientes con la opinión general.

01/11/2003

 
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