ARTÍCULO

Dos libros «para leer el Quijote»

 

Con un título similar que, además, ha tenido cierta fortuna en el campo del cervantismo, Martín de Riquer y Juan Carlos Rodríguez han dado a la estampa dos gruesos volúmenes de singular interés para el que quiera acercarse al Quijote con cierta profundidad. En el primero de ellos, Martín de Riquer ofrece al lector una muestra amplia de los trabajos –algunos publicados previamente, otros inéditos– que ha venido escribiendo desde hace más de cincuenta años y que le ha hecho ocupar un lugar de primer orden en los estudios cervantinos. Este volumen consta de cuatro partes en las que se integra la mayoría de sus trabajos sobre Cervantes; en un sentido, éstos no ofrecen novedad: salvo dos no publicados, los demás son bien conocidos; reunidos ahora ofrecen cabal medida de la destacadísima labor de Riquer como estudioso del escritor y, especialmente, del Quijote. Por otra parte, entre la fecha de publicación de cada uno de los trabajos y la de este libro ha pasado un número variable de años. Mucho se ha publicado desde entonces; la actualización bibliográfica es mínima, pero tampoco era necesaria otra más pormenorizada dado el tenor y carácter de la mayoría de los trabajos. La primera parte de este libro («Aproximación al Quijote») la constituye una guía de lectura del Quijote pensada en su origen para alumnos de bachillerato, pero que se ha convertido en uno de los instrumentos de consulta sobre la novela cervantina más reiteradamente utilizados, a la par que constituye una obra pionera, pues se anticipa a lo que en los años ochenta y noventa del siglo XX han ensayado otros críticos, pero con fortuna desigual. La primera versión data de 1960; la que se incorpora ahora, tras sucesivas revisiones y puestas al día, supone la octava: todo un éxito para un libro de estas características. Está compuesto de cuatro partes, que van de lo general a lo particular; las dos primeras («Los libros de caballerías» y «Cervantes: vida y literatura») enmarcan adecuadamente el contexto literario y personal que permite entender mejor la lectura del Quijote que sigue. Esta parte se cierra con un capítulo muy interesante sobre «El cervantismo» que, si bien es el que acusa más el paso del tiempo, por otra parte afronta una posible definición del término, para luego exponer sus principales hitos. La segunda parte («Cervantes en Barcelona») combina estudios sobre las posibles vinculaciones biográficas de Cervantes y Barcelona, con el análisis de episodios del Quijote y de alguna novela ejemplar relacionados con aquella ciudad; todos ellos presididos por el rigor a la hora de presentar los testimonios, y la cautela para establecer conclusiones. La tercera parte («Cervantes, Passamonte, Avellaneda») tiene su origen en una conferencia dictada en 1969, luego convertida en libro que, con el mismo título con el que se recoge en este volumen, apareció en 1988. Se trata de un trabajo extenso a caballo entre la pesquisa detectivesca y la historia literaria en el que se defiende la siguiente hipótesis de trabajo: el autor del Quijote de Avellaneda fue un soldado aragonés, Gerónimo de Passamonte, que luchó con Cervantes en Lepanto. Los documentos aportados no son definitivos, pero la argumentación está bien traída, sutilmente expuesta y, en definitiva, la hipótesis se nos muestra verosímil. Independientemente de la opinión que cada uno pueda tener, lo cierto es que el libro publicado en 1988 reavivó y reorientó los estudios sobre Avellaneda, muy olvidados por entonces salvo alguna honrosa excepción, y ha favorecido, sin duda, la publicación de otros posteriores que han revisado y analizado más ajustadamente la influencia de su Quijote, de 1614, en el cervantino de 1615, hasta ese momento muy minusvalorada, en favor de la influencia del Quijote de 1605 en el de Avellaneda. Dos textos inéditos cierran este grueso volumen: «Parapilla» constituye una erudita nota filológica que ilumina el significado del apelativo dado a Ginés de Passamonte en el capítulo XXII de la primera parte del Quijote, y sirve para reforzar la hipótesis defendida en la parte anterior sobre la atribución de la novela de Avellaneda. Por su parte, «Las armas en el Quijote» es una nota extensa y divulgativa –quizá el rasgo más característico de este libro– sobre las armas que lleva don Quijote. En este libro, que acaba de obtener el Premio Bartolomé March, hay que destacar además la pulcritud con que ha sido editado por El Acantilado: un bello formato que combina colores rojos, blancos y una gama de grises sobre fondo negro; buen papel, tipografía afortunada... Todo ello contribuye también a hacer agradable a la vista del lector esta recopilación de trabajos cervantinos de Martín de Riquer. Por su parte, el volumen de Juan Carlos Rodríguez introduce al lector en una apasionante época de la peripecia vital cervantina. En efecto, en una biografía con abundantes incógnitas hay, sin embargo, en los últimos años de Cervantes, un par de textos que llaman poderosamente la atención. En el primero (verano de 1605), Andrea de Cervantes define a su hermano como «hombre que escribe e trata negocios, e que por su buena habilidad tiene amigos»; Cervantes, pues, se gana la vida con negocios y escribiendo. Esto último parece obvio. Por lo que se refiere a la primera aserción no se conservan documentos, aunque la sagacidad de Jean Canavaggio ha proporcionado algunas pistas que vinculan a Cervantes con asentistas genoveses y portugueses inmersos en oscuros asuntos que les condujeron ante la justicia en diversas ocasiones. Acaso Cervantes participara en algunos de esos negocios hoy envueltos en la oscuridad por el paso del tiempo y la falta de pruebas. Todo ello hacía que, sin grandes lujos ni ostentaciones, pudiera sobrevivir sin mucha dificultad en Valladolid, la ciudad más cara de España en 1605. ¿Qué es lo que sucede, sin embargo, para que Cervantes decida irse a Madrid, y que su situación económica –pasados diez años– sea muy distinta? He aquí el segundo texto al que me refería antes: Márquez de Torres, en la aprobación del segundo Quijote, define a Cervantes como «viejo, soldado, hidalgo y pobre». En fin, «escribir», «necesidad», «pobreza», «dineros» son palabras que, en el caso cervantino, se interrelacionan estrechamente. Esas dos fechas –1605-1615-delimitan una década cervantina en la que éxito, literatura y supervivencia van de la mano. El ensayo que reseño ahora es, en parte, un intento de explicar esos años a partir de una lectura morosa, detenida de los dos Quijotes. Alejado de las ingenuidades con que la crítica se ha acercado muchas veces a la obra maestra cervantina, Juan Carlos Rodríguez se sitúa en una corriente de estudio sobre el Quijote que ha ponderado las circunstancias comerciales que rodearon la publicación de nuestra obra maestra. La literatura, como criticaba Cervantes del teatro lopeveguesco, empezaba a hacerse «mercaduría vendible», vale decir, es un medio con el cual se puede ganar dinero, vivir de ella. Y este es el axioma que vertebra el libro de Rodríguez: se considera a Cervantes como persona cuya actividad esencial es la de escribir, motivada a su vez por la necesidad más básica: el hambre. La imprenta se ha convertido en un auténtico negocio que podía ofrecer pingües beneficios y Cervantes (como Lope) es creador de algo nuevo que depende del mercado. Por ello, el Quijote se convierte así en «un texto directamente comercial» (pág. 59), «el primer libro laico que expresa directamente y sin tapujos su intención: está escrito para ser leído en masa» (pág. 9); y su autor en un escritor profesional. En función de estos principios se examina la mayor parte de episodios quijotescos, siguiendo un esquema similar en todos los casos: resumen más o menos sintético de la aventura y comentario sobre ella, de mayor o menor calado, según los casos. Cervantes es, por tanto, un escritor atento al mercado, y el Quijote se entiende como consecuencia de ello. Las sugerentes reflexiones de Rodríguez abren asimismo otras incógnitas no fáciles de resolver: ¿qué papel desempeñó en todo ello el editor, Robles? ¿Por qué Cervantes decidió abandonar una primera redacción del Persiles para escribir una obra muy probablemente pensada como una novela corta, luego convertida en el primer Quijote? ¿Por qué espera a 1613 para publicar un tomo de novelas cortas cuando a la altura de 1598, o antes, tenía varias escritas, como atestigua el hoy desaparecido manuscrito Porras de la Cámara? Y, sobre todo, ¿cómo se entiende que este escritor profesional no vuelva a publicar hasta 1613? A esta pregunta sí se enfrenta Rodríguez en un intento de explicar por qué Cervantes «se quedó "quieto" y ello en un momento en que sí quería ser escritor» (pág. 230). La respuesta que se ofrece (págs. 231-243) incide en que Cervantes quería ser considerado como un escritor serio a través de las Novelas ejemplares: «para Cervantes y para su reducido grupo de amigos literarios, las Novelas ejemplares representan [...] su obra cumbre y por fin su confirmación como escritor "en serio"» (pág. 61). La solución se me antoja problemática porque, en términos de época, el único libro serio que publicó Cervantes fue el Persiles: ¿se pueden considerar realmente las Novelas ejemplares como literatura seria? La postura lopesca al respecto es suficientemente reveladora, pues a pesar de escribir novelas a partir de 1620, en 1602 las consideraba como «cosa indigna de hombres de letras». Con tales antecedentes creo que es difícil explicar así el retraso de Cervantes en publicar otro libro. Acaso habría que indagar por otros caminos, que tendrían que pasar, quizá, por la vuelta a Madrid, siguiendo los pasos de la corte y las posibilidades que ésta –como antes Valladolid– ofrecía para una persona que «trata negocios»; y probablemente el fracaso en estas empresas comerciales le haría volver a imprimir sus libros y podría explicar la frase de Márquez de Torres ya referida. Esto implicaría consecuentemente que Cervantes no las tenía todas consigo en lo que se refiere a la explotación comercial de la literatura, al menos en fecha tan temprana como la de 1605; otra cosa muy distinta es en 1615 o 1616, cuando prepara para la imprenta el Persiles. Pero esta cuestión –como otras– necesita lugar más apropiado para ser discutida. En este libro, Rodríguez se muestra como un buen conocedor del Quijote, que recorre con enorme soltura y una capacidad no habitual para relacionar pasajes, capítulos, etc.; está escrito además con un estilo ágil, vivo, ensayístico, en el que se incoporan títulos ingeniosos, sugerentes, llenos de reminiscencias culturales, lo cual ayuda también a su lectura, que recomiendo vivamente.

01/01/2004

 
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