ARTÍCULO

Dos historias de España en más o menos mil páginas

Debate-Círculo de Lectores, Madrid, 1998, 10 vols.
Dirigida por Javier Tusell. Taurus, Madrid, 1998
 

Quizás los finales de siglo sean propicios a ello, o quizás la consolidación de la democracia y la homologación europea de España favorezcan nuevas miradas hacia nuestro pasado. Quizás toda una generación de historiadores en torno a los cincuenta años, empujados por la ingente proliferación de publicaciones de los últimos decenios y la ruptura con viejos paradigmas, haya decidido que ha llegado el momento de hacer nuevos balances, más o menos extensos en el tiempo, más o menos intensos en la exposición. Probablemente también haya influido el éxito editorial de quienes se atrevieron los primeros, Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga, con aquella Breve historia de España (Alianza, 1994), o el más reciente, y sólo referido a la historia contemporánea, de Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox, España: 18081996. El desafío de la modernidad (Espasa, 1997). El caso es que han venido casi a coincidir en su salida al mercado dos historias de España que, aproximadamente en mil páginas, comprimen la historia de nuestro país desde la prehistoria hasta hoy.

Una de ellas no es el producto de una nueva generación de historiadores, sino una bella renovación de un clásico, de aquella Introducción a la historia de España de Ubieto, Reglá, Jover y Seco que publicó, en 1963, la editorial Teide de Barcelona. Aquella historia fue entonces, en medio de un panorama historiográfico más bien pobre, un soplo de aire fresco, y fue acumulando sucesivas reediciones a lo largo de treinta años, aunque la temprana desaparición de los profesores Ubieto y Reglá no permitió revisar los textos relativos a la Edad Media y la Edad Moderna. Esta nueva edición introduce variaciones sustanciales. El cambio de editorial ha convertido un grueso tomo de mil páginas en diez volúmenes de caja amplia y en torno a ciento cuarenta páginas cada uno, con una profusa y cuidada colección de ilustraciones, mapas y cuadros cronológicos. Los textos de Ubieto y Reglá se han respetado, pero Isabel Belmonte, coordinadora general de la obra, ha añadido a cada uno de los primeros cinco volúmenes, hasta llegar a finales del siglo XVIII, unas introducciones que constituyen un estado de la cuestión, con referencia a los autores y las obras que, en tiempos recientes, han contribuido a renovar interpretaciones de cada período. Junto con los textos al pie de las ilustraciones de la misma autora, extensos muchos de ellos, y la bibliografía final, se tiende un puente entre los textos originales y la historiografía actual.

En el caso de los cinco volúmenes siguientes, los relativos a la edad contemporánea, los cambios han sido mayores. Cuatro de ellos, correspondientes al siglo XIX y las tres primeras décadas del XX, fueron escritos originalmente en solitario por José María Jover. Ahora se suma como coautora Guadalupe Gómez Ferrer, que los ha revisado incorporando no sólo nuevas investigaciones de Jover, sino los resultados de sus propios trabajos sobre vida cotidiana, y los de otros historiadores que parecen consagrados ya como clásicos de la historia económica, social y política. Se deja traslucir en los cuatro volúmenes una voluntad de presentar al lector con claridad cuáles son las principales conclusiones a las que ha ido llegando la historiografía respecto a la evolución y los problemas de la economía y de la política, las transformaciones de la sociedad y de la vida cotidiana, las manifestaciones culturales y artísticas, así como las cuestiones que han suscitado polémica.

Ese empeño, sin embargo, introduce elementos de desconcierto al acumularse explicaciones no demasiado compatibles. El constitucionalismo liberal del siglo XIX, desde la Constitución de Cádiz, pero sobre todo en su versión moderada de 1845, tuvo sus aspectos positivos, pero sus «malformaciones» (la existencia de un poder oligárquico, la suplantación del sufragio por las decisiones del poder ejecutivo, la estructura de los partidos y de una práctica política exclusivista a favor del moderantismo, y la confusión entre poder civil y poder militar) establecieron una enorme distancia entre la teoría constitucional y la práctica política, que la restauración de la monarquía en 1875 heredó. Sin embargo, aunque se reconoce la inepcia de los políticos durante el Sexenio revolucionario, se disculpa su fracaso por circunstancias de las que no parecen ser en absoluto responsables, como la guerra de Cuba, la guerra carlista o el crecimiento del partido alfonsino, y el balance es una valoración muy positiva de su voluntad de «profundización democrática».

El «noble empeño de Cánovas», un auténtico hombre de Estado, logró inicialmente una gran estabilidad política, pero al no afrontarse «una reforma económica y social» a fondo, el régimen desembocó en una flagrante hipocresía y dejó en herencia una «mezcla explosiva». Primero fracasó el liberalismo español al refugiarse en la defensa de libertades puramente «formales», traicionando la «generosa utopía» del Sexenio revolucionario, y después, en 1917 se frustró un «movimiento reformista» que, de haber prosperado, hubiera permitido superar, «sin graves conmociones y sin peligro para la institución monárquica, el momento inevitable del agotamiento del patrón canovista». La «oligarquía gobernante» y los partidos dinásticos, conservadores y liberales, parecen ser los responsables de que el régimen se hundiera en la descomposición y el «desconcierto político». Pero no se sabe bien por qué las fuerzas de la oposición no lograron remontar su fracaso de 1917 y aprovechar que, como también se dice, el caciquismo comenzaba a dejar de funcionar y se estaba produciendo una clara movilización política, al menos en las ciudades. El golpe de Estado de Primo de Rivera era la única salida posible dentro del régimen en 1923. Su «personal hombría de bien», su resolución del problema marroquí, su «brillante política de obras públicas» y su «integración del movimiento socialista en los cuadros del régimen» no fueron, sin embargo, suficientes. No supo conectar con la reforma constitucional pendiente desde 1917, y eso le impidió llevar a cabo «lo que hubiera podido ser su gran misión histórica: la detención del proceso conducente, diez años más tarde, a la guerra civil». La dictadura, aunque «bienintencionada», no tenía salida, y tuvo el efecto secundario de «bloquear la lenta adaptación del pueblo español a las formas de democracia parlamentaria». En estas idas y venidas a la búsqueda de explicaciones de la crisis política del liberalismo español, al lector le toca decidir qué razones le convencen más. Encontrará información suficiente para ello.

El esfuerzo de puesta al día no mantiene el tono en el último volumen de esta Historia ilustrada que escribe el profesor Seco Serrano. Llamar Nuestro tiempo al largo período que va desde la proclamación de la segunda República en 1931 hasta hoy induce a equívocos, salvo que toda la exposición descanse en una prometedora comparación entre las razones del fracaso de la experiencia democrática de los años treinta y la actual. Pero no es el caso. La República es interpretada como un nuevo ensayo «regeneracionista», el tercero tras la frustración del de 1917 y el de la dictadura de Primo de Rivera. Pero la dictadura franquista sería el siguiente. En dos páginas sobre el debate histórico en torno a la naturaleza del franquismo, se afirma como craso error identificarlo con los fascismos de la época, ya que fue, «en realidad, culminación de una de las modalidades regeneracionistas esbozadas tras el 98». Más que estas aseveraciones, perfectamente legítimas en cuestiones controvertidas, el problema de este último volumen reside en que, por ejemplo, el autor más citado al hablar de la República sigue siendo Vicens Vives, y también Madariaga, con la casi única novedad del más reciente libro de Stanley Payne, Spain's First Democracy.

La otra historia de España que apareció en las librerías hace unos meses es la dirigida por Javier Tusell. Éste ha optado por el volumen grueso y austero: algo más de ochocientas páginas muy apretadas y sin ilustraciones. Un libro que reúne, como él mismo afirma en la introducción, a tres catedráticos de una misma generación: José Luis Martín, catedrático de Historia de la Edad Media; Carlos Martínez Shaw, catedrático de Historia Moderna, y el propio Tusell, catedrático de Historia Contemporánea. Los tres son bien conocidos por sus publicaciones en el área de su respectiva especialidad, y Javier Tusell, además, por sus artículos de opinión sobre la actualidad política y su participación en distintos medios de comunicación. Se trata, pues, de tres académicos consagrados, de edad pareja y, al parecer, acuciados por esa tentación de hacer balance; no un ensayo, sino una narración ordenada, cronológica y cuasi exhaustiva, con «sobriedad expositiva», y destinada a un público más amplio que el estrictamente universitario. No hay notas a pie de página, ni referencias dentro del texto, pero sí una bibliografía concisa detrás de cada gran bloque cronológico.

De las ochocientas páginas del libro, la mitad se la reparten José Luis Martín y Carlos Martínez Shaw. El primero, acorde con su especialización, echa el resto en la historia medieval, que ya no es la historia de una época oscura, sino de la desintegración de la Hispania romano visigótica en la conflictiva realidad política de la Hispania musulmana y de la cristiana y su prolífico cruce de culturas, dejando caer puntualizaciones rápidas sobre ciertos mitos históricos (don Pelayo, la «marca hispánica», la batalla de Calatañazor o la unión de los Reyes Católicos). Carlos Martínez Shaw resume en otras doscientas páginas la historia de la monarquía hispánica, marcada hasta entrado el siglo XVIII por la dialéctica entre la tendencia a la uniformidad y centralización que correspondía al Estado moderno que se estaba poniendo en pie, y la resistencia de toda una serie de mundos de privilegio y formaciones menores dotadas de instituciones propias, reacias a aceptarlo. Y, por otro lado, la historia de cómo se pasó de la hegemonía europea con los Austrias mayores a la decadencia del siglo XVII y el definitivo arrumbamiento como potencia de segundo orden.

La otra mitad del volumen la ocupa Javier Tusell con la edad contemporánea (1814-1939) y la época actual (1939-1996). El hilo conductor de la narración es, sin lugar a dudas, la política: la construcción del Estado liberal, sus protagonistas y sus limitaciones, y las dificultades del proceso de democratización. Por supuesto que se integran la evolución económica y las transformaciones de la sociedad, más lentas, dice Tusell, de lo que cabría desprender del desmantelamiento institucional del Antiguo Régimen; una lentitud en la transformación social que tuvo que ver con el carácter «turbio y limitado» del liberalismo decimonónico. Pero que no fue lo determinante. Opina Tusell que la primera República española hubiera podido consolidarse en su versión de orden, acercándose al ejemplo vecino de la República francesa, si no hubiera sido por la guerra carlista, y dice que la monarquía de la Restauración no fue entendida como «la paz de los muertos» hasta entrado el siglo XX, porque en su momento fue el resultado de un deseo colectivo de orden social. Aquel régimen vino a caer por su timidez a la hora de plantear las reformas necesarias, pero también por la falta de fuerzas para hacerlo por parte de los grupos propiamente reformadores. El golpe de Estado de 1923, afirma rotundo, fue acogido con parecido entusiasmo a la proclamación de la República unos años más tarde. Fueron factores políticos los decisivos en la crisis de la República y a la altura de febrero de 1936, escribe, todavía era posible la convivencia entre los españoles. Nada, pues, de predeterminaciones o de dos Españas irreconciliables desde décadas atrás. Decisiones políticas y un contexto, político también, nacional e internacional, muy poco favorable. Peculiar fue para Tusell la dictadura franquista, aunque la proximidad al fascismo en sus primeras épocas aparezca con toda crudeza, y peculiar también, pero ejemplar, la transición a la democracia.

Dice Tusell en la introducción que el esfuerzo de síntesis les ha obligado a abandonar la propensión a preguntarse una y otra vez acerca del pasado, y a evitar el ensayismo fácil. Pero que, al mismo tiempo, han querido presentar una estado de la cuestión, «tal como la ven los profesionales de la historia en la actualidad». Es, sin duda, una apuesta arriesgada y hasta cierto punto contradictoria. Los profesionales de la historia pueden haber arrinconado en las últimas décadas los grandes paradigmas, pero no han cancelado las grandes polémicas. Tusell sólo lo hace explícito al referirse a la guerra civil, cuando afirma que la «objetividad» en esa cuestión es imposible pero que, de todas maneras, se percibe un «acercamiento de posiciones». Hacer estado de la cuestión exigiría citar quién dice qué y por qué, y eso llevaría a otro tipo de escritura, a otro tipo de libro para otro tipo de público.

01/11/1998

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
3 - 2  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE MERCEDES CABRERA
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL