ARTÍCULO

Dos best sellers juveniles

 

Entre la generalidad de los lectores acaso no haya otro grupo como el de los niños y adolescentes, que responda con tanta claridad a ese concepto de «clientela cautiva» que han inventado los expertos en mercados. Una clientela que no suele, porque no puede, elegir lo que lee, y sobre la que, además, pesa la zozobra con que los adultos vemos no sólo el futuro de la relación entre nuestros descendientes y la lectura, sino lo que los especialistas denominan «crisis de valores». Por eso, en materia de literatura infantil y juvenil, sea cual sea el asunto y la trama, siguen en general vigentes aquellos viejos preceptos que exigían que las ficciones «instruyesen deleitando» o llevasen aparejada una lección moral. Más allá, pues, de la relación, tan complicada, entre los más jóvenes y los libros, no es raro que los autores se propongan utilizar la ficción para transmitir otro tipo de conocimientos. En los últimos años, la filosofía y las matemáticas han sido elementos dramáticos de algunas novelas destinadas al lector juvenil, pero ya sabemos que el género tiene las espaldas anchas desde los tiempos de su invención, y soporta sin grave deterioro cualquier experimento que se quiera hacer con él.
La isla de las palabras, de Erik Orsenna, pretende inocular novelescamente en los jóvenes el gusto por la gramática, y el amor por esa especie en peligro de extinción –según el autor– que son las palabras. En la trama, dos hermanos, Juana y Tomás, naufragan al cruzar el Atlántico y van a dar a una extraña isla un poco rabelaisiana. Han perdido la voz, las palabras, pero esa isla es, precisamente, el reino de las palabras.
La voz en primera persona de Juana, niña de diez años, matizada por una perspectiva humorística un poco resabiada, le resta verosimilitud ficcional al libro desde sus primeras páginas. Aunque el género novelesco sea proteico, hay que pedirle, sobre todo, que cumpla las leyes de verosimilitud, que consiga transmitir la certeza de su atmósfera y de su trama, la autenticidad de la ficción, por encima de que la mirada del autor pueda ser fantástica, realista o alegórica. La isla de las palabras resulta una especie de fábula, pero casi todo lo que en ella sucede o se presenta –las palabras flotantes desprendidas del diccionario, el mercado de palabras, la Ciudad de las Palabras, el señor Enrique y su «sublime» sobrino (el adjetivo es de la pequeña protagonista-narradora, que acaso le ha salido a Orsenna más lolitesca de lo que él mismo hubiese deseado), la ridícula inspectora Ruiz de la Jerga (que pretendería colocar al libro de Orsenna «frente» al poder instituido), la nombradora, el señor Necrolo, destructor de palabras...– resulta bastante forzado, e incluso teñido de esa verbosidad empalagosa que origina lo demasiado sublime, aunque pretenda disimularse de naturalidad.
Al parecer, el libro ha vendido en Francia casi un cuarto de millón de ejemplares. Seguramente es uno de esos libros «talismanes» que a veces genera el mercado sin que se conozcan muy bien las causas. Puede que la desazón, por no decir angustia, de las familias ante el dramático panorama que antes apunté, haya ayudado a que lo compren masivamente, como un objeto de magia simpática, capaz de convertir a sus hijos, por el mero contacto, en fervorosos amantes de la literatura. Pero dudo bastante que a los jóvenes lectores pueda interesarles un libro tan pretencioso como irregular en su desarrollo narrativo, y donde los protagonistas son capaces de divertirse muchísimo en mitad de la tempestad que echa a pique el transatlántico en que viajan, por poner un ejemplo.
Pertenece a esa clase de obras que, como El principito o Platero y yo, los adultos nos empeñamos en convertir en literatura para jóvenes, con la desventaja de que, aunque incluya un homenaje al personaje de Saint-Exupery, carece del vuelo lírico y de la imaginación de aquéllos. Mientras lo leía, recordé un cuento de Galdós, La conjuración de las palabras, publicado en 1868, y que también con humor y voluntad apologal, pero en poco más de quince páginas, consigue con más brillantez y sin tantas ínfulas el objetivo de Orsenna.
Otra cosa es Verano de vaqueros, de Ann Brashares, la historia estival de cuatro adolescentes, amigas del alma. Los vaqueros mágicos, que a las cuatro les sientan estupendamente, mejorando su figura y acaso realzando también ciertos aspectos de su personalidad, están un poco traídos por los pelos, y su papel simbólico no queda claro, pero le sirven eficazmente a la autora para enlazar con destreza una serie de escenarios dispares –la ciudad habitual, un campamento de verano, un pueblecito griego, una casa antes desconocida– en que las cuatro amigas, separadas durante el tiempo de verano, van a dispersarse. El contrapunto de situaciones también se enhebra mediante algunas cartas.
El verano es un espacio casi natural para las aventuras juveniles, al menos desde Tom Sawyer. Guillermo Brown y sus Proscritos vivían en tiempo de verano sus más emocionantes peripecias, como luego los héroes y heroínas de Enid Blyton. El libro de Brashares sigue esa tradición del marco estival que permite la libertad, los encuentros azarosos, las nuevas relaciones. Su libro me ha recordado también Mujercitas de Louise May Alcott, «revisitada». Claro que aquellas cuatro tiernas y memorables hermanas no tenían los planteamientos de las chicas de hoy, sobre todo en materia de relaciones con el otro sexo, pero los sentimientos sobre la realidad, el conocimiento de la muerte, la melancolía, la autocrítica, estaban ya presentes en ellas. Las chicas del libro de Brashares están bien perfiladas y su relación con los demás, con la familia, con el mundo, con el sexo y la muerte, está presentada sin pretensiones ni cursilería, transmitiendo una sensación de vida real, desde un tipo de problemas que deben de ser comunes a bastantes adolescentes, al menos de la familia occidental.
Por lo visto se trata también de un best seller, pero en este caso sin duda encontrará jóvenes lectores –sería deseable que no fuesen sólo del sexo femenino– que se sientan identificados con esas aventuras de lo cotidiano, descritas con gracia convincente.

 

01/12/2004

 
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