ARTÍCULO

D’Ors, siempre en escena

 

¿Y qué haremos con Eugenio d’Ors que, sin duda, resulta todavía tan incómodo de encajar en las historias de la literatura española o catalana, pues a ambas concierne por igual? Quizá sea esta duplicidad el verdadero problema pero, en tanto se resuelve, algunas editoriales beneméritas y aguerridas han tirado por la calle de en medio y lo reeditan: los Quaderns Crema perseveran en la reimpresión de la obra catalana completa; Pre-Textos, Tecnos o Renacimiento atienden a sus glosarios castellanos, como es el caso de este sugerente título de ahora, reconstruido por sus editores, Ángel d’Ors y Alicia Gómez-Navarro, a partir de un proyecto dorsiano de 1946 que hubiera sido el volumen VIII de la colección «Index Sum», paralela al Nuevo glosario.
Hace sesenta años Eugenio d’Ors vivía otro momento dulce de popularidad, un equivalente a aquella aurora noucentista y catalanista que lo alzó como maestro indisputado de las letras catalanas desde 1906 a 1920. Pero, ine­vi­ta­ble­men­te, aquella octava de gloria en pleno franquismo tuvo mucho de caricatura de la primera fiesta. Y, sin embargo, D’Ors fue siempre el mismo homenajeado inoportuno: un apasionado del Orden, al que tentaba la travesura; un Moderno que se sentía íntimamente Clásico; un partidario de la Autoridad, que la quería templada por el paternalismo y la cultura; un vanidoso pueril, pero con ramalazos de autocrítica muy aguda. Y, sobre to­do, fue un entusiasta profesional de los artefactos estéticos que, por ansia de comer de todo, podía llegar a la bulimia. ¿Qué puede hacerse con quien escribe «bendito sea Dios que me ha permitido que el último verano [1928] se abriera y se cerrara para mí con dos espectáculos de belleza excepcional», que resultan ser el rejoneo de un toro de Miura por Antonio Cañero, visto en la Maestranza, y una representación casi íntima de Le malade imaginaire, de Molière, con atavíos de época, en un castillo cerca de Salzburgo?
A quien irrite la exhibición com­­pulsiva de esta esquizofrenia ya puede ir cerrando el presente libro. Quien se divierta con ella, deberá tomar en cuenta una reflexión acerca del estreno de Santa Juana, de Bernard Shaw (que leerá pocas páginas más allá), donde D’Ors se compara implícitamente con el impertinente escritor irlandés y se queja de sus críticos, de aquellos que cierran los libros donde se dicen cosas de «aire un poco alado», fastidiosas para «los ojos de ciertas variedades humanas de párpado grueso, caído y apático». Pero queda dicho que quienes no pertenezcan a esta especie zoológica, o tengan la capacidad de dejarla momentáneamente de lado, disfrutarán de un carrusel de ocurrencias, hallazgos y pequeñas maldades. A D’Ors le gustaba el arte en cuanto espectáculo de sí mismo y, en el fondo, concebía el ejercicio de la crítica como otro espectáculo paralelo, al servicio del primero. Aquí se habla de casi todo: de los Ballets Rusos y de Isadora Duncan (a la que D’Ors confiesa deber algo de su clasicismo), del estreno de Seis personajes en busca de autor («las cosas que discurren los autores modernos para no tener que escribir un drama»), de las marionetas de Vittorio Podrecca y del teatro de Giraudoux, del pobre teatro español contemporáneo (preciosa y justísima la apreciación de Benavente en la glosa «Profesiones teatrales») y hasta se descalifica la estética del fútbol porque, carente de vuelo, «más participa de la naturaleza del billar que de la naturaleza de la aviación».
Puede que, sin embargo, la perla más delicada de la colección se halle en un largo ensayo, «La estética en góndola», que los editores han incluido con ciertas reservas. Aparentemente es sólo una crónica ligera y frívola del Convegno Volta de 1935, celebrado en Venecia bajo auspicios mussolinianos. Pero en aquel lugar coincidieron un montón de personajes internacionales para hablar de Arte y Estado, un tema que definió toda una época. Hubo dos españoles: uno, el fascista descalzo Giménez Caballero, postuló el final de la independencia del Arte y su sumisión al Estado, como diría en un libro enloquecido y profético; nuestro personaje, sin embargo, prefería inclinarse por una vivaz creatividad individualista subvencionada por «Estados locales, preferentemente pequeños y en posición de pluralidad y rivalidad recíprocas, según han sido en la Historia las ciudades griegas y las Repúblicas y Señorías del Renacimiento». La Historia no le dio la razón, por supuesto, pero, en el fondo, D’Ors defendía allí lo mejor de su propia biografía: haber sido el imaginativo Brunelleschi de un prudente Medici. Pero en ese terreno casi siempre ganan los Savonarolas... No seamos tardíamente como ellos y leamos de nuevo, divertidos y piadosos, el testimonio de una de las escrituras más brillantes de su tiempo. 

 

01/03/2008

 
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