ARTÍCULO

Último día de Carnaval

Seix Barral, Barcelona
160 págs. 13 €
 

La sombra de Conrad es alargada, pero más acogedora que la del ciprés. Tres historias se entrecruzan en la sexta novela de Casajuana como cables eléctricos que cortocircuitan dos civilizaciones. Una Europa fáustica en la sempiterna búsqueda del beneficio a corto plazo frente a la cultura amerindia de los Andes bolivianos, donde la tradición emerge entre la violencia de los golpes militares. Son tres peripecias que acaban topándose con el Domingo de Tentación, el último día del carnaval andino.

Pero habíamos mencionado a Conrad. En 1910 escribía que «los más de nosotros [...] nos hemos descubierto en un momento u otro cierta disposición a perdernos por el mal camino. ¿Y qué hemos hecho en nuestro orgullo y cobardía? Echando miradas furtivas y aguardando el momento oscuro hemos enterrado nuestro descubrimiento discretamente, para seguir luego en la misma dirección que antes y en esa senda tan transitada, que no tuvimos el valor de dejar [...]». Los protagonistas de Domingo de Tentación conocen en algún momento esa sensación de dejar la carretera general de la civilización y perderse por otros vericuetos que les acaban llevando a la perplejidad más absoluta. Porque perplejidad es lo que siente el primero de los personajes en su excursión al Mururata, una de las cimas andinas.

La perplejidad y la transgresión dominan la segunda de las historias que trenza Casajuana. De la montaña nos conduce hasta un hotel frente al Titicaca. Dos españoles, un extremeño «afectado y engreído» y un alicantino «alegre y desvergonzado» toman las riendas del establecimiento. Su misión: mejorar la cuenta de resultados.

La tercera historia es también transgresora. Casajuana le da la vuelta a la tragedia política boliviana y pone a un superviviente del MIR a llamar a la puerta de la embajada española. El secretario de la embajada se aviene a cobijarlo, pero los problemas diplomáticos para facilitarle un salvoconducto prolongarán la estancia del asilado, que tomará la casa y la mujer del secretario como propias.

Tres trayectos narrativos anudados por la impresión que el paisaje y la naturaleza boliviana ejercen sobre los personajes. Los dos españoles que toleran en su hotel la prostitución acaban compadreando con los paramilitares y esnifando cocaína. El polvo blanco no les permite conciliar el sueño, por lo que uno de ellos decide coger un libro: «Era un volumen de cuentos de Joseph Conrad. Comenzó uno que narraba la historia de dos pobres diablos como Soler y él, que, a fines del siglo diecinueve, iban a trabajar a una estación comercial en un paraje perdido de la jungla, en África. Si lo hubiese leído entero, habría visto que acaban matándose». Las afinidades literarias de Casajuana (aquí se refiere al relato de Conrad Una avanzada del progreso ) afloran también en la historia de la embajada y el quimérico inquilino que perturba la vida conyugal de su benefactor, como aquel Boudu salvado de las aguas de Jean Renoir, o un cuento de Alejo Carpentier que el secretario recuerda sobre un asilado político que se eternizaba en una embajada.

Autor de un ensayo sobre las influencias de Nietzsche en Josep Pla, Casajuana hace gala en Domingo de Tentación de una prosa pulcra y eficaz expresivamente que denota provechosas lecturas del ampurdanés. Las descripciones del paisaje soslayan la verborrea indigenista y se ajustan a la desnudez óptica de personajes que se sienten solos y desarraigados ante una realidad que no alcanzan a comprender. Como en las novelas de Conrad, el mutismo del indígena, la mirada de las víctimas del colonialismo tiene efectos devastadores sobre el europeo. La precariedad de un país expoliado por la dictadura militar es contemplada con una economía verbal que la hace todavía más significativa. Al final, la idea del tabú acaba perturbando el impulso del occidental. Como afirma la anciana que sirve fricasé andino al excursionista, en el Domingo de Tentación no se pueden buscar caminos nuevos. Las palabras adquieren una fuerza simbólica: «La montaña puede vengarse. Los forasteros la creen débil porque tiene cima, pero éste es su secreto, ésta es su fuerza». El carnaval también llevará al extremo los servicios sexuales del hotel que regentan los españoles; gracias a la resaca carnavalesca, el asilado pondrá fin a su abuso de confianza, podrá salir a la calle y tomar las de Villadiego convenientemente disfrazado.

Pla decía que la prosa catalana podía compararse con la sobriedad de Azorín. Escrita originariamente en catalán (Diumenge de temptació, Quaderns Crema, 2001), la novela de Casajuana está guiada por la conciencia del límite. Aunque el autor catalán, diplomático de carrera, conoce sobradamente los parajes que describe, no sucumbe a la tentación de acumular datos. El lector lo agradece y acompaña a los excursionistas andinos por el tortuoso camino de lluvia y nieve, se imagina dirigiendo un hotel con camareras indias faldicortas y pechugonas, o soportando a un asilado de izquierdas que seduce a su mujer enseñándole a bailar el merengue. Casajuana mira a Conrad, pero sin disfrazarse con otra cosa que el fino humor de los diplomáticos. Una novela, pues, conradiana, pero tamizada por el humor. Un guiño al lector de un autor que no padece el mal de altura.

01/12/2004

 
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