ARTÍCULO

Doble vida

 

En Doble vida se agrupan una serie de textos que van desde lo autobiográfico hasta lo ensayístico. El conjunto nos ofrece muchas claves para entender la personalidad vital y literaria de Gottfried Benn, testigo de uno de los períodos más desgarradores y terribles de la historia de la humanidad. En «La masa hereditaria», Benn aclara sus orígenes desmintiendo que el apellido benn sea de procedencia judía. Esta sospecha genealógica le hace emprender una defensa de su estirpe aria remontándose a sus antepasados de comienzos del siglo XVIII . Por la familia paterna procedían de la provincia de Rambow, junto a Terleberg, aldeas de los sorabos (eslavos asentados en la Alemania central). Desde entonces, la profesión campesina había sido cambiada por la de pastores protestantes. El propio Benn había nacido en Mansfeld (Westpringnitz) en una rectoría. Benn no era judío, no venía de ben (hijo), sino del celta, cima, cumbre. En este escrito redactado en pleno dominio nazi, el autor pone un gran empeño de convicción, no para defenderse, sino para demostrar que sus orígenes y limpieza de sangre están mucho más claros que los de otros dirigentes nacionalsocialistas, incluido el propio Hitler. «En cuanto a lo genealógico, por parte de padre procedo de una familia puramente aria y, en cuanto a lo espiritual-educativo, de un ambiente en el que desde hace cien años predomina la teología protestante». Su madre era de sangre latina «pura y sin mezcla», de la Suiza francesa. Procedía de las montañas del Jura. Eran también protestantes pero calvinistas. Benn se consideraba una mezcla eslavo-latina, pero no un mestizo. Que desmienta sus orígenes judíos no significa que los desprecie; por el contrario, se vanagloria en otro texto de sus amistades judías en la medicina, el ejército y la literatura. Muchos judíos austríacos y alemanes combatieron y murieron luchando por su patria durante la Primera Guerra Mundial. ¿Qué hubiera sido de la historia de la literatura universal sin Hofmannsthal, Kafka o Döblin? Luego se refiere a tres amigos judíos que considera geniales: Weininger, Else Lasker Schüler y Mombert. En la respuesta a Klaus Mann dice: «Nunca supe de ningún problema judío [...] mi vida hubiera sido completamente impensable sin el componente no ario». La polémica entre Benn y Mann que aquí se reproduce en su integridad es muy interesante. El primero se quedó en Alemania, justificó el régimen «que había llegado democráticamente al poder», y luego sufrió su persecución más espiritual que física. Mann representaba a los críticos del régimen, a la gran mayoría de los escritores e intelectuales alemanes que habían dimitido de sus cargos y abandonado el país camino del exilio. «Usted sabrá a cambio de qué renuncia a nuestro amor y qué gran sustitutivo le ofrecen como compensación; si no soy mal profeta, será en definitiva ingratitud y sarcasmo. Porque, si algunos intelectuales de primer orden aún no saben dónde tienen que estar, ellos, los del otro lado, saben muy bien quién no pertenece a su bando: es, a saber, el Espíritu». Benn jamás insultó a sus detractores, por los que tenía un gran aprecio. Mann y él eran amigos. El autor de Morgue y otrospoemas afirmaba que su decisión de permanecer en su país era individual, que no pertenecía a ningún partido, que tampoco tenía la más mínima relación con los dirigentes nazis, aunque creía en la renovación de Alemania, en la salida del racionalismo, del funcionalismo, del estancamiento al que había llegado nuestra civilización. Creía también en una raza más fuerte, en una aristocracia gobernante y dudaba de la democracia. Benn participó del entramado «espiritual» del nazismo como una persona individual y libre de pensar lo que quisiera; pero nada más. No tuvo cargos y no participó en ninguna acción práctica de aquellas ideas que luego se volverían contra él durante el propio régimen nazi y, después, una vez finalizada la guerra. «Yo no tenía ningún motivo para abandonar Berlín: vivía de mi consulta médica y no tenía nada que ver con asuntos políticos». Y añade: «La emigración como radical oposición al Führer no era un concepto conocido en Alemania». Benn para el Estado sólo había sido un servidor, en la guerra y en la paz, nunca un apoyo o una carga. Sin premios, sin subvenciones, sin ayudas editoriales, tuvo que vivir de la medicina para dedicarse a la literatura. A pesar de aquella afinidad espiritual, el poder nazi siempre dudó de él y, finalmente, le prohibió escribir y publicar. Años después, Benn, a través de algunos de estos escritos, justifica sus planteamientos sin por ello renunciar a la totalidad de los mismos, pues «hemos vivido algo distinto de lo que hemos sido, hemos escrito algo distinto de lo que hemos pensado, hemos pensado algo distinto de lo que hemos esperado, y lo que queda es algo distinto de lo que teníamos proyectado». De modo que Benn admite el dualismo, una doble vida cultivada, «todos vivimos algo distinto de lo que somos». En Doble vida se incluyen también relatos y fragmentos de diálogos teatrales de carácter muy autobiográfico. Las reflexiones sobre la poesía son también muy abundantes, lo mismo que sobre el arte: «El arte no es cultura, el arte tiene un lado que mira a la formación, a la educación, a la cultura, pero sólo porque él no es nada de eso, sino lo otro: arte». El representante de la cultura, para nuestro poeta, sólo vivía para su material exterior; mientras que el representante del arte lo hacía para su material interior. El novelista estaba cercano al representante de la cultura porque atendía al público, a la difusión y al lucro; mientras que el poeta era el más puro representante del arte porque estaba alejado de lo anterior y sólo encontraba satisfacción en sí mismo y en su obra. Nietzsche está muy presente en el pensamiento de Benn: el arte como última actividad metafórica dentro del nihilismo europeo. El intelectualismo era definido así por el autor de los Poemas estáticos: «Pensar no encontrar otra salida del mundo que ponerlo en conceptos, purificarlo a él mismo y a sí mismo en conceptos, y eso no pertenece a ningún determinado sistema político o moral, sino que es instinto básico antropológico imperativo de la raza». Aquí hay también textos fundamentales sobre el expresionismo y el estatismo que no era ni más ni menos que un compromiso entre la tradición y la originalidad. Esta nueva versión de Doble vida preparada por Carmen Gauger actualiza aquella otra que en el ya lejano año de 1972, Ramón Strack preparó para Barral Editores bajo el título de Doble vida y otros escritos autobiográficos. López de Abiada sacó a la luz en 1983 una magnífica Antología del poeta alemán (Ediciones Júcar) y esta otra de Arturo Parada viene a continuar, también de manera sobresaliente, aquella pionera labor que, tanto en prosa como en verso, han estado llevando a cabo ensayistas y traductores como Barjau, Ocaña, Bueno Tubía o Antonio Fernández, entre otros. En el prólogo, Parada sitúa muy bien a su personaje y a su tiempo, aportando algunos documentos a los que nos hemos referido al hablar de Doble vida. En una conversación/entrevista para la radio, Benn dice algo tan significativo como lo siguiente: «El escritor no ejerce ninguna influencia sobre su tiempo, no interviene en el discurrir de la historia y no puede, teniendo en cuenta lo que le es propio, intervenir, se encuentra al margen de la historia [...]. El escritor posee, por principio, otro tipo de experiencia, busca otras síntesis, que no son aquellas que tienen efectividad práctica y que están al servicio del denominado ascenso social...». La Antología recoge todo lo mejor de la producción del poeta, aunque se inclina más hacia la primera etapa expresionista que hacia la última estática. Por una parte, Parada evita el Benn más oscuro y se inclina hacia el más complaciente, el más accesible. «La novia de negro», «Tren exprés», «Ante un campo de trigo», «Tren rápido», «Cariátide», «Carne», «Prólogo 1920», «Caos», «Desarraigos», «Mediterráneo», «Sils Maria», «Sobre el puente», «Vida: ilusión menor», «Monólogo» o «Berlín» son algunos poemas esenciales aquí incluidos y muy bien traducidos. La Antología es muy interesante y dará a conocer un poco más entre nosotros a una de las cumbres de la verdadera poesía universal del siglo XX . José Ángel Valente le dedicó un poema, «El yo tardío», que dice lo siguiente: «Era un rey. / Lo coronaron / con un cetro de caña humedecido / En la sangre irreal del gran tintero. / Escombros. Bacanales. Profecías. / (Schutt. Bacchanalien. Propheturen. / Barkarolen. Schweinerein) // Alrededor se desplomó la historia / putrefacta, meliflua. / El yo tardío / (das späte Ich). / Lo coronaron. / Coronado y solemne. / Escombros, bacanales, / profecías. / Oh alma / (oh Seele)».

01/02/2004

 
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