ARTÍCULO

Hacia la luz blanca

Premio Azorín
Planeta, Barcelona, 346 págs.
 

Se fue su mujer con sus dos hijos, y antes se había ido el perro. El narrador de Dios se ha ido es un hombre abandonado, descompuesto después de la desaparición de su familia. El narrador de Dios se ha ido es bibliotecario y es un apasionado del ajedrez, plantea su vida como si fuera una partida de escaques: apertura, juego medio, final; estrategia, concentración, asedio, muerte. El ajedrez fue la gota que colmó el vaso de su matrimonio: el narrador de Dios se ha ido antepuso una estancia con un gran maestro a los deseos de su mujer de que no fuera a esa estancia con un gran maestro. El narrador de Dios se ha ido es un completo gilipollas, un inconsciente, un tipo con vocación de adolescente perpetuo. Y eso es lo que ofrece Javier García Sánchez (Barcelona, 1955) en su nueva novela: un narrador, una voz, un fantasma que va contando las desdichas de su vida, porque su vida ha sido toda una desdicha, o, al menos, es completamente incapaz de verla de otra manera, quizá porque piensa que está paseando por el Infierno de la mano de Virgilio. Pero ni siquiera es el Purgatorio.

El narrador de Dios se ha ido fue un cobarde activista político, porque ni siquiera pudo acabar una pintada con cierto contenido revolucionario en las afueras de su ciudad playera; porque no consiguió convertirse en el gran ajedrecista que siempre deseó ser; porque fue incapaz de amar (quizá el verbo amar no sea el más oportuno) a su mujer e incapaz de que la relación con sus hijos se pareciera a lo que convencionalmente se conoce como familia.

Al narrador de Dios se ha ido a veces le atenaza la culpa, pero su vida, vista desde el lector interpelado que soy, es más que un drama, una comedia bufa, y algunas de sus situaciones recuerdan a las de las novelas de Tom Sharpe (en Wilt había un episodio con una muñeca hinchable del que hay ecos en Dios seha ido, y también había una relación desastrosa con una mujer que desaparecía, e incluso había un perro al que el protagonista tenía que sacar a pasear). También recuerda el narrador de Dios se haido al pobre John Self, el protagonista de Dinero, la novela de Martin Amis, y al protagonista de La información, que también escribió Martin Amis. El narrador de Dios se ha ido cuenta para no morir, para aplazar la muerte, para sentirse acompañado, y por eso invoca al lector desde el principio, para ganar un cómplice, para tener un interlocutor, para reflexionar sobre su propia vida en voz alta. En las ficciones de Javier García Sánchez la interlocución se producía dentro del marco normal de la acción y cumplía una función redentora: en su anterior novela, Falta alma (Planeta), es una violinista la que consigue que un enfermo de Parkinson encerrado en su habitación, que no quiere relacionarse con el mundo, acceda a mirar el mundo de otra manera; en La mujer de ninguna parte (Ediciones B), es un mendigo el que consigue que Alicia, que rueda por la pendiente de las borracheras, explore otros territorios más llenos de luz.

El narrador de Dios se ha ido no consigue interlocución dentro de su existencia: ni con su mujer, que se larga; ni con Brígida, su asistenta doméstica filipina que habla una lengua inventada; ni con su amigo gay Alejandro; ni siquiera con su deseada pero intangible Verónica Manzano, una estrella pop; ni siquiera con el «Controlador», un viudo metomentodo.

Por eso el narrador de Dios se ha ido se echa en manos del lector, el único que está destinado a entender sus ideas sobre el ajedrez o sus peripecias sexuales o sus teorías sobre las cacas de los perros o el análisis sociológico sobre sus vecinos o el sentido del incesante deseo de hacer listados de las cosas que piensa, sueña o le suceden. El narrador de Dios se ha ido recuerda a Augusto, el protagonista de Niebla de Unamuno. Augusto es un personaje que no existe, que está condenado a cumplir los deseos de su creador, Unamuno, a quien va a visitar a Salamanca. Por cierto, Augusto Pérez también tiene un perro, Orfeo (y no es necesario recordar que Orfeo tiene relación clara con el Infierno), con el que monologa. El narrador de Dios seha ido es bibliotecario y ha leído Niebla y ha leído Orlando, de Virginia Woolf, y ha leído José y sus hermanos, de Thomas Mann: esa es la tradición a la que quiere incorporarse. Y es una pena, porque cuando Dios se ha ido da ese quiebro hacia lo profundo, hacia lo más habitual en las ficciones de Javier García Sánchez, y abandona el territorio de la risa, la novela va desinflándose, perdiendo interés, enredándose en la metahistoria, que es mucho menos interesante que la historia. El narrador de Dios se ha ido funciona mejor como personaje de comedia que como personaje profundo.

Javier García Sánchez tiene miedo a saltar de su territorio intenso –que él desea complejo– al espacio sin red de la comedia costumbrista: contrariamente al Quijote, el protagonista empieza cuerdo y acaba loco, y, como lector interpelado a lo largo de 350 páginas, debo decir que esa locura no se entiende, que no está bien argumentada en Dios se ha ido, que esa metafísica que se cuela en el tramo final es una carta sacada de la manga y que quien la saca es el miedo a perder un halo misterioso. Ese halo misterioso que envolvía Los otros, una de sus últimas novelas, en la que pone en relación el mundo físico con el mundo no físico. Esa intersección entre mundos aparece también en La mujer de ninguna parte , y es la sorpresa de Dios se ha ido. A diferencia de Martin Amis, un narrador con el que tiene muchas cosas en común y que conoce la importancia del dinero y hace de ella uno de los motores de sus ficciones, Javier García Sánchez, y es una pena, prefiere confiar en los destellos de luz blanca.

01/06/2003

 
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