ARTÍCULO

La epifanía del rostro

Debate, Barcelona
Trad. de Ricardo García Pérez
332 pp. 22 €
 

Christopher Hitchens (1949), politólogo, filósofo y periodista inglés, no ha pretendido escribir un tratado teológico, sino un panfleto iracundo y provocador, que justifica un título desafiante. Dios no es bueno ni misericordioso. No es el padre de la humanidad, sino la causa de innumerables guerras y calamidades. No es el opio del pueblo, sino el veneno que intoxica las mentes y divide a los hombres. En realidad, ni siquiera existe, pero su presencia en casi todas las culturas estrangula el pensamiento y conspira contra las libertades democráticas. Al igual que Ortega definía el estilo de Baroja como una ráfaga de imprecaciones, Hitchens cultiva el improperio con notables dosis de ingenio. Sin embargo, la vehemencia no es la mejor compañera de la razón. El hombre indignado es un hombre demediado y en este caso el periodista –impaciente, malhumorado, a veces arbitrario– devora al filósofo, buscando el golpe de efecto. Hay que reconocer, no obstante, que muchos de sus argumentos son inobjetables. El mito del pecado original vulnera esa presunción de inocencia que la ética y la ley consideran imprescindibles para garantizar los derechos y las libertades. Hitchens no repara en que la culpabilidad adquiere un significado positivo cuando se interpreta como un aspecto de la vida moral de Jesús de Nazaret, el Hombre-Dios, que renuncia a la trascendencia para acompañar al hombre en su coexistencia con el mundo. Jesús se aflige frente a la muerte de Lázaro, experimenta angustia ante su inminente detención, soporta terribles dudas sobre su conciencia mesiánica, casi sucumbe al desierto, donde el yo revela su inconsistencia sin la presencia del otro, y muere en la cruz con sentimientos de abandono y desesperación. La culpabilidad del hombre sólo puede ser la conciencia de esa vulnerabilidad. Ser hombre significa buscar la realización en el otro. La culpabilidad no es un principio ontológico, sino el conflicto moral que define el escenario de las relaciones humanas. El hombre pierde su trascendencia cuando se ensimisma, alejándose del mundo y de sus semejantes.
No se equivoca Hitchens cuando apunta que el dogmatismo anticientífico, la obediencia ilimitada al clero, la connivencia con el poder político y la represión sexual representan atentados contra la libertad y la dignidad del ser humano. No se muestra menos inspirado cuando cita a Shakespeare, Tolstói, Schiller y Dostoievski como autores de ficciones que proporcionan una educación moral más edificante que la mitología del Antiguo Testamento, pero no menciona el trabajo de reelaboración de la fe que impregna sus obras. Dostoievski llegó a sostener que si tuviera que elegir entre Cristo y la verdad, siempre elegiría a Cristo por su profunda humanidad y dulce misericordia. Hitchens afirma con razón que la ética no está subordinada a la fe. Es más, la religión ha propiciado guerras e incluso genocidios (la raíz del antisemitismo es inequívocamente cristiana). La religión es un lastre para el progreso, cuando nace del miedo a la muerte. Ese oportunismo se transforma en política de exterminio cuando se asocia con el poder. Cristianos, judíos y musulmanes han sido implacables con infieles, herejes y apóstatas. La intolerancia hacia el otro se halla presente en todas las creencias religiosas. Tertuliano dejó escrito que uno de los placeres del paraíso es contemplar los tormentos de los condenados.
Con enorme sensatez, Hitchens muestra la fragilidad teórica del «diseño inteligente», una vergonzosa teoría que cuestiona el evolucionismo, desafiando a la paleontología, la genética y el conocimiento de nuestra especie. El diseño inteligente parece tan ridículo como la teoría de Chesterton, según la cual los restos fósiles son un ardid de Dios para poner a prueba la fe de las conciencias. Hitchens se mofa de los milagros (sin recordarnos que la teología liberal nunca los has considerado verídicos), cuestiona la matanza de los inocentes (la historia y la arqueología absolvieron a Herodes hace mucho tiempo) y considera irracional y moralmente aberrante amar a los enemigos (¿puede un superviviente de Auschwitz amar a Hitler?).
Hitchens describe el islam como una religión primitiva, con un dogma pobre y sin unificar, que se nutre de mitos judíos y cristianos. La sencillez de sus mandatos y su poder de cohesión social en regiones necesitadas de liderazgo político y espiritual explican su éxito y difusión. Se pregunta Hitchens si las religiones sirven para mejorar el comportamiento moral de la humanidad, pero las evidencias históricas corroboran lo contrario. La esclavitud, la guerra, la tortura y la pena de muerte siempre han contado con el apoyo de las autoridades religiosas. Desde la matanza de San Bartolomé hasta el reciente genocidio de Ruanda, papas, reyes, políticos y sacerdotes han bendecido o estimulado los crímenes. Hasta el budismo zen justificó la política imperialista de Japón durante la Segunda Guerra Mundial. En esta espiral de horror, hay que incluir los matrimonios de ancianos con menores (Mahoma se desposó con un niña de nueve años), la circuncisión judía (que ha ocasionado infecciones, malformaciones o hendiduras en la uretra) y los abusos sexuales cometidos en Estados Unidos por sacerdotes católicos.
Hitchens sostiene que cualquier totalitarismo es una teocracia, aunque se cambien los símbolos o se prescinda de la religión. Siempre estará presente el espíritu religioso mientras se considere delito «el crimen de pensamiento». La Ginebra de Calvino es la perfecta síntesis de fervor religioso e intolerancia política. Las repúblicas islámicas, el bolchevismo soviético o cualquier dictadura que vulnere los derechos humanos responden al mismo esquema. Tanto Roma como las iglesias reformadas protestantes colaboraron con Hitler, con excepciones notables (Bonhoeffer, Niemoller o Barth), pero minoritarias. Hitchens reserva palabras de respeto para la teología de la liberación, pero le parece absurda la pretensión de convertir a Jesús de Nazaret en un precursor del socialismo democrático. Incluso el régimen de Corea del Norte se inspira en algunos aspectos del confucionismo, lo cual no impide mofarse de cualquier principio ético. En definitiva, la humanidad se liberará de la religión con una nueva Ilustración, porque «la filosofía empieza allá donde termina la religión, exactamente igual que, por analogía, la química empieza allá donde se agota la alquimia y la astronomía ocupa el lugar de la astrología».
Como periodista, Hitchens tal vez conocerá la observación del teólogo baptista Harvey Cox, según el cual «Dios se interesa mucho más por el mundo que por la religión. Si leyera la revista Time, reservaría para el final la página que habla de cuestiones religiosas». No puede afirmarse que Dios no es bueno porque se hayan levantado hogueras en su nombre. Si se juzgara a Alemania por la Shoah, habría que borrar su existencia del mapa de Europa. Si el legado cristiano dependiera de las Iglesias que administran su herencia, nadie se atrevería a justificar sus enseñanzas. Brillante, pero escasamente original, la obra de Hitchens resbala por la superficie, sin reparar en que «el conocimiento de Dios no es –como apunta el obispo anglicano John Arthur Robinson– más que hacer justicia al pobre y al necesitado, de acuerdo con el profeta Jeremías. Cristo es el hombre para los otros, verdadero hombre y verdadero Dios. El Tú eterno se encuentra sólo, en, con y bajo el Tú finito». Levinas habla de la «epifanía del rostro» como la única manifestación posible de Dios. Dios no es una abstracción, sino el pobre, el despojado, el Extranjero que nos interpela en su desnudez e indefensión. La muerte del Dios concebido por la mentalidad precientífica y la ambición de poder fue un paso necesario en el conocimiento de Dios. Sin embargo, el mundo actual sigue ensañándose con un cadáver en avanzado estado de descomposición. El Dios del siglo XXI es un Dios que incumple los atributos concebidos por el tomismo para definir su naturaleza. No es inmóvil ni inmutable. Su potencialidad se actualiza poco a poco, de acuerdo con la evolución del mundo y no puede asegurarnos una vida eterna, pero nos obliga a mirar al otro y comprender que no podemos eludir nuestra responsabilidad hacia él sin perder nuestra dignidad como hombres.

01/04/2009

 
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