ARTÍCULO

Aprender la lección

Tusquets, Barcelona
Trad. de Jordi Beltrán
832 pp. 30 €
 

La primera mitad del si­glo xx ha sido denominada a menudo «la época de los dictadores», una secuela de la destrucción de gran parte de la legitimidad tradicional que se produjo en la Primera Guerra Mundial. Esta época de revolución ideológica, política y social produjo muchos tiranos pero, entre ellos, Hitler y Stalin ocupan el lugar de honor, en términos de importancia histórica, de magnitud de poder y de grado de capacidad destructora. Muchos observadores no los sitúan, sin embargo, en términos puramente equivalentes, ya que a los ojos de la mayoría Hitler ocupa el primer puesto como la quintaesencia del mal moderno, lo que un crítico ha llamado «una especie de Satán profano, una piedra de toque del mal universal». Stalin, en comparación, posee un perfil menos definido y en muchos círculos disfruta de un ligero beneficio de la duda como el tirano de un movimiento «progresista» que él de algún modo pervirtió. Su papel como aliado de las democracias y la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial contra el fascismo le han conferido un ligero crédito moral a los ojos de algunos. Así, mientras los secuaces de ­Hitler fueron castigados por un tribunal internacional y él mismo fue absolutamente repudiado por su propio país, con sus peores crímenes dando lugar a lo que viene a ser una suerte de culto religioso en memoria del Holocausto, los crímenes de Stalin, por contraste, quedaron impunes. Incluso en Rusia apenas se recuerda a sus víctimas y el propio Stalin continúa siendo objeto de un culto considerable por parte de sus admiradores, justo lo contrario de Hitler.
Sólo pocos años después de que Hitler se hiciera con el poder, pasó a estar cada vez más claro para muchos observadores que, a pesar de diferencias fundamentales, había también semejanzas cada vez mayores entre los dos regímenes. Esto dio lugar a la idea de un «totalitarismo» general o comparativo, término aquel acuñado por los fascistas italianos para describir su propio régimen y que servía como un concepto general para definir las nuevas y grandes dictaduras, y cuanto tenían en común, ya se situaran sus orígenes a la derecha o a la izquierda. Esta teoría del «unitotalitarismo» cayó posteriormente en descrédito en los años setenta, pero fue revivida más tarde en Europa del Este tras el fin de la Guerra Fría, y más recientemente ha vuelto a ser, asimismo, recuperada entre algunos teóricos occidentales.
Ha habido numerosos intentos de comparar y contraponer a Hitler y Stalin y sus regímenes. El historiador británico Allan Bullock, que escribió la primera gran biografía de Hitler de la posguerra, intentó aplicar el enfoque biográfico en sus Parallel Lives (Vidas paralelas, 1991), ofreciendo al lector segmentos paralelos de la biografía de cada dictador, etapa por etapa, hasta superar con creces el millar de páginas. El intento más importante de establecer una comparación de los dos sistemas políticos tuvo lugar en un congreso organizado por el especialista británico en nazismo Ian Kershaw y el veterano sovietólogo Moshe Lewin. Publicaron las actas como Stalinism and Nazism: Dictatorships in Comparison (Estalinismo y nazismo: dictaduras comparadas,1997). Una limitación de este último libro, sin embargo, era que la mayor parte de las aportaciones sólo abordaban un aspecto importante de un único régimen, por lo que la comparación plena era limitada.
Richard Overy posee casi todas las credenciales necesarias para acometer la tarea. Ha publicado una serie de importantes estudios sobre el Tercer Reich, aunque su libro más leído es Why the Allies Won (Por qué ganaron los aliados, trad. de Jordi Beltrán, Barcelona, Tusquets, 2005; ed. ingl. 1995), un estudio de los factores económicos, industriales y estratégicos que contribuyeron a decidir el resultado de la Segunda Guerra Mundial. Es también el autor de Russia’s War (La guerra de Rusia, 1998), un breve relato de la participación soviética en la contienda, cuya comparación con sus obras anteriores no le resulta muy favorable. Una limitación importante es que Overy no lee ruso y la bibliografía de la nueva obra está integrada casi exclusivamente por publicaciones en inglés y alemán.
El autor describe el objetivo de este libro como «en primer lugar, suministrar una base empírica a partir de la cual elaborar cualquier estudio sobre qué convertía a los dos sistemas en similares o diferentes; en segundo lugar, escribir una historia comparativa “operativa” de los dos sistemas con objeto de responder a la gran pregunta histórica de cómo funcionaba realmente la dictadura personal». Overy pretende conseguir una auténtica comparación analítica, no descripciones paralelas o simples contrastes, al tiempo que no deja de ser consciente de las diferencias considerables entre Alemania y Rusia, así como de las profundas disparidades entre Hitler y Stalin.
Existen, sin embargo, inicialmente ciertos puntos de comparación, aunque, como afirma Overy al comienzo, «comparación no es lo mismo que equivalencia». Si Rusia no formaba parte de Occidente, tampoco era Alemania un típico país occidental stricto sensu. Aunque Alemania era tecnológica e industrialmente más avanzada, Rusia se había convertido en una importante potencia por derecho propio que ya estaba modernizándose rápidamente antes de 1917. Antes de ese año, ninguna de las dos había llegado a ser una democracia política, y cada una de ellas había experimentado una derrota en la guerra cuyo impacto se tradujo en enormes cambios internos.
Hitler y Stalin, por otro lado, diferían profundamente como personas. Hitler procedía de un entorno de clase media semiculto y en su vida personal tendía a ser recatado, formal y puritano. Stalin venía de un entorno obrero bastante primitivo y, a pesar de ser extremadamente instruido y un amante de la buena música, siguió siendo basto, tosco y campechano en su vida privada. En ese sentido, Stalin recordaba a un tipo de hombre corriente, aunque extremo, y también fue más congruente en el sesgo que imprimió a sus vidas pública y privada. Ninguno de los dos hombres era realmente «normal», pero tampoco eran «locos» en cualquier sentido clínico objetivo, a pesar del carácter enormemente patológico de muchas de sus políticas.
Stalin encabezó la dictadura más ferozmente represiva de su época, encarcelando a muchos millones de personas y asesinando a cientos de miles. Hitler, por otro lado, lideró un movimiento masivamente popular, aparentemente llegó a disfrutar del apoyo de la mayoría y no tuvo necesidad de encarcelar a un gran número de personas. Según The Hitler of History (El Hitler de la Historia, trad. de Saúl Martínez, Madrid, Turner, 2003; ed. ingl. 1997)–cuya ausencia es una seria omisión en la bibliografía de Overy–, Hitler rechazó vehementemente el título de dictador, afirmando al parecer que «cualquier su­da­mericano presumido puede ser un dictador». Siempre quiso llamar la atención sobre el hecho de que era el líder de un vastísimo movimiento de masas y señaló que «no­so­tros los nacionalsocialistas ­somos verdaderos demócratas». Pero cuando Stalin reescribió más tarde la Constitución soviética en 1936, concediendo teóricamente a todos los ciudadanos soviéticos un voto idéntico, la Unión Soviética se autoproclamaba como «el país más libre del mundo».
El libro empieza desde la perspectiva de que ambos «sistemas [...] transformaron los valores y las aspiraciones sociales de sus habitantes en un período de tiempo extraordinariamente breve. Ambos fueron sistemas revolucionarios que desencadenaron ener­gías sociales enormes y una terrible violencia. La relación entre gobernante y gobernado era compleja y multidimensional, no basada simplemente en la sumisión o el terror. No hay ninguna duda de que cada dictadura dependía de granjearse la aprobación o la cooperación de la mayoría de la gente que gobernaban». A un cierto nivel de abstracción, esto parece correcto, pero no capta la diferencia entre los orígenes y las relaciones sociales de los dos regímenes. Los comunistas llegaron al poder en una gigantesca guerra civil que, en total, sumando todas las causas, se cobró quince millones de vidas, un enorme trauma a cuyo lado incluso la Guerra Civil española parece relativamente moderada. En un principio, Hitler tomó el poder de manera legal y pacífica y, comparativamente, en los primeros años encarceló y asesinó a mucha menos gente. Stalin desencadenó más tarde una purga gigantesca que se cobró casi un millón de víctimas sólo de ejecuciones directas, mientras que Hitler estableció un consenso mucho más eficaz sin recurrir a medidas tan drásticas.
El libro se divide en catorce capítulos, cada uno de los cuales se dedica a un aspecto o política importante de las dos dictaduras, con el objetivo de alcanzar un análisis comparativo funcional del modo en que funcionaban, lo que lograron y lo que se proponían lograr. Se ocupan con éxito del estilo de gobernar, los dos cultos a la personalidad, la relación entre el partido y el Estado, las diferentes políticas de terror y los sistemas de campos de concentración, las políticas sobre la raza y el nacionalismo, las dos revoluciones culturales y los cultos de la nueva moral, la reacción del conjunto de la población, las políticas y estructuras económicas, la militarización y las políticas y la participación en la Segunda Guerra Mundial.
A Overy le parece útil el concepto de totalitarismo en tanto que describe dos regímenes que no podían controlar físicamente todos los aspectos de la vida pero que, sin embargo, perseguían dominar todas las instituciones y la totalidad de su sociedad. Por contraste, se deja de lado la cuestión del régimen de Hitler y su relación con el fascismo genérico, ya que el punto de vista adoptado asume que era mucho más extremo y dinámico que la Italia fascista o cualquier otro aspirante fascista, por lo que este tipo de categorización apenas sirve de nada. La conclusión de Overy es que fueron los dos regímenes revolucionarios de Europa por antonomasia, los únicos que durante las vidas de sus dictadores man­tuvieron un crescendo de «revolución permanente», como había señalado anteriormente Michael Mann en el volumen editado por Kershaw y Levine. En comparación, otros fascismos europeos aspiraban simplemente a la revolución sin poder implantarla plenamente.
Una perspectiva convencional es empezar primero con las diferencias ideológicas entre los dos sistemas y proceder luego a examinar las semejanzas y diferencias estructurales y políticas. El enfoque más habitual sostiene que la doctrina nacionalsocialista era romántica, no racional y antimaterialista, mientras que el marxismo-leninismo del Estado soviético, por extremo y destructivo que fuera, era teóricamente ­ultrarracionalista y materialista, aun cuando en la práctica fuera irracional. Aunque resulta obvia la distinción extrema entre racismo hitleriano y el internacionalismo teórico no racial del sistema soviético, Overy concluye que, en general, las diferencias ideológicas han solido entenderse de manera equivocada y en ciertos aspectos son menos nítidas y en ocasiones incluso lo contrario de lo que se percibe habitualmente.
Por ejemplo, aunque el sistema soviético rindió culto a la tecnología, su práctica fue más sencilla y más pragmática, mientras que fue la tecnológicamente más avanzada Alemania nazi la que llevó más lejos el énfasis en la ciencia y la tecnología. De hecho, la excesiva importancia concedida a la nueva tecnología se convirtió en una carga para la maquinaria de guerra alemana que finalmente no pudo soportar. Del mismo modo, a pesar de su racismo no racionalista, el régimen ­hitle­ria­no conservó en la práctica cotidiana la biología científica y el marco darwiniano, mientras que Stalin promovió la anticiencia del lysenkoísmo.
A menudo se ha defendido que el papel del partido en el sistema soviético fue mayor que en cualesquiera otros sistemas de tipo fascista, comparado con los cuales aquél era más un auténtico «Estado de partido». Overy encuentra exagerada una interpretación de este tipo, ya que cada año que pasaba Hitler ampliaba el papel de los funcionarios del partido nazi en el sistema alemán. Aunque se encarga de subrayar que los grandes funcionarios pudieron evitar ser miembros del partido durante algún tiempo en Alemania –algo que no era posible en la Unión Soviética–, Overy piensa que la construcción de un nuevo Estado con el comunismo hacía un mayor hincapié en las instituciones estatales que en el partido, creando una especie de divide-y-gobierna estalinista interno entre el Estado, el partido, el ejército y la policía. «Stalin necesitaba al Estado para controlar el partido; Hitler necesitaba al partido con objeto de controlar el Estado».
Overy realiza un esfuerzo encomiable a la hora de aplicar los mismos parámetros de análisis y juicio a ambos regímenes para no tener que dar a Stalin el beneficio de una mayor duda, como no es inhabitual incluso en los estudios académicos. Resulta más discutible si realmente lo logra o no. En su libro anterior, Russia’s War, observó que Stalin se limitó a tratar a los rusos como lo habían hecho siempre sus gobernantes, y esta actitud aflora ocasionalmente en este nuevo libro, aunque contradice el énfasis por lo demás convincente de su estudio en la revolución permanente soviética.
Se presentan datos considerables sobre la represión en ambos sistemas, aunque no se dan estadísticas macrohistóricas completas para el caso soviético. Como se ha mencionado antes, la guerra civil rusa produjo un superávit de mortalidad que ascendió a quince millones de muertos, mientras que las políticas sociales y las purgas de los años treinta produjeron entre cinco y diez millones más de víctimas, por no hablar de las gigantescas pérdidas en la guerra europea, en parte atribuibles a las propias políticas de Stalin. Además, Overy desdeña citar la conclusión de Anne Applebaum, la principal historiadora de la GULAG, de que durante el cuarto de siglo que estuvo Stalin en el poder casi veintinueve millones de personas sufrieron una forma u otra de detención (aunque esta estadística incluye un cierto número de personas arrestadas en más de una ocasión).
Una limitación de este voluminoso estudio es que su énfasis en el análisis estructural y las políticas del sistema no implica un gran examen de la interacción histórica directa entre los dos dictadores. La política de Stalin a este respecto fue más indirecta y más moderada. Fue Hitler, no Stalin, quien a finales de 1933 rompió la especial relación entre Alemania y la Unión Soviética que había existido desde 1922. Stalin enviaba regularmente a Hitler señales de que le gustaría retomar las relaciones amistosas. Hitler ignoró estas señales casi en su totalidad, haciendo del anticomunismo la piedra de toque de su política hasta el dramático verano de 1939, cuando se encontró al borde de una guerra con Gran Bretaña y Francia que confiaba evitar. Una vez que se firmó el pacto nazi-soviético en agosto de 1939, Stalin fue un aliado más fiel que Hitler, quien menos de un año después empezó a hacer planes para atacar a su socio.
En la política exterior las diferencias entre los dos dictadores fueron en un aspecto clave mayores que en sus políticas internas. Stalin era proclive a un radicalismo extremo en algunas de sus políticas nacionales, pero se mostraba mucho más circunspecto y precavido en su relación con el mundo exterior. En política exterior, Hitler fue el estadista más propenso al riesgo del siglo XX, y su tendencia a tratar de apostar al máximo le hizo perderlo todo.
Ambos dictadores parecen haber pensado en términos de una estrategia integrada por «tres guerras», en la que la Primera Guerra Mundial había dado lugar al establecimiento de sus regímenes, mientras que habría de librarse una segunda guerra por el control de Europa. La diferencia era que Hitler estaba desando iniciar la segunda guerra, mientras que Stalin mantuvo a partir de 1925 que la Unión Soviética debería perseguir evitar las etapas preliminares de la próxima gran guerra europea (que tanto él como Hitler pensaban que era inevitable), incorporándose únicamente en las etapas posteriores después de que las otras potencias estuvieran ya consumidas. Aunque diferían sus estrategias, ambos pretendían hacerse con el control de la mayor parte de Europa en esta segunda guerra. Después de asimilar sus ganancias y convertirse en una superpotencia, ambos planeaban –si bien vagamente, ya que se trataba de un futuro más lejano– estar en condiciones de desencadenar más tarde la tercera guerra, que sería para dominar el mundo, pero afortunadamente ninguno llegó hasta tan lejos. Stalin acarició la idea de una nueva guerra generalizada entre 1951 y 1953, pero no estuvo nunca dispuesto a jugarse el todo por el todo, y en ello se mostró fiel a su manera más cauta de abordar la política exterior. Además, la población soviética se había visto esquilmada. Mientras que alrededor de un diez por ciento de la población alemana murió en la guerra, las pérdidas soviéticas fueron proporcionalmente al menos un cincuenta por ciento aún mayores.
Aunque el sistema de Stalin saldó con éxito su participación en la gran guerra europea, gracias en una medida considerable a los riesgos excesivos de Hitler y a la ayuda extranjera, Overy concluye que es un error considerar que desarrolló un sistema más totalitario que el implementado por la Alemania nazi, sosteniendo que, en ciertos sentidos, lo contrario es lo que se ajusta a la realidad. Afirma que el régimen de Hitler, en parte debido al apoyo popular, logró una vigilancia más exhaustiva de su población que el Estado policial estalinista. Esta conclusión sería puesta en entredicho por algunos especialistas, y no explicaría por qué no se produjeron intentos de asesinato conocidos contra Stalin, mientras que sí tenemos constancia de unas cuarenta tentativas contra Hitler, incluidos dos intentos de asesinato que casi consiguieron su propósito.
En un proyecto tan ambicioso, algunos aspectos reciben, inevitablemente, un tratamiento más detallado que otros. La política religiosa y el papel de la religión se benefician de una atención comparativamente limitada, por ejemplo, mientras que Overy malinterpreta el atractivo internacional de los dos sistemas, afirmando que «era mucho más difícil exportar hitlerismo a Europa del Este que estalinismo». Esto sencillamente no fue así, ya que, al margen de su recepción en la propia Rusia, la Alemania nazi era de hecho claramente más popular en la Europa del Este de lo que lo era el estalinismo.
En su propio tiempo, las dos dictaduras tenían más que un puñado de partidarios en los países occidentales. A partir de 1945, el hitlerismo fue completamente repudiado, mientras que el estalinismo se extendió a una gran parte del mundo. De hecho, Hitler también ha tenido sus émulos en las partes menos de­sarrolladas del mundo a partir de 1945 y las políticas genocidas han pasado a ser más, no menos, frecuentes. Además, el nacionalismo extremo ha sobrevivido al comunismo y en la Europa del Este y otros países ha pasado a ser su heredero.
En Moscú, entretanto, el FSB (sucesor de la KGB y la OGPU) ha vuelto a trasladarse a sus viejas oficinas en la Lubyanka. El estalinismo no ha vuelto, pero el autoritarismo ruso, con algunos de sus antiguos métodos asesinos, se encuentra de nuevo en alza.
A pesar de algunas limitaciones esenciales, el libro de Overy se basa en lecturas muy amplias de la literatura en inglés y alemán y es un trabajo de erudición impresionante. Podrían cuestionarse ciertos juicios individuales, pero supera con mucho a todos los anteriores estudios comparativos del hitlerismo y el estalinismo tanto en alcance como en profundidad, y servirá en lo sucesivo como el punto de partida para este tipo de evaluaciones. Precisa, por lo general cuidadosa y sobria, estamos ante una gran obra y un gran logro, importante no simplemente como un análisis histórico único, sino también como un cuento cargado de enseñanzas para una gran parte del mundo en el siglo XXI.

 

Traducción de Luis Gago

01/06/2007

 
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