ARTÍCULO

Un puente en muchas direcciones

Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 2 tomos
 

Pocas obras humanas pueden aspirar a «durar por los siglos del mundo», como dice la lápida fundacional del puente de Alcántara. Diecinueve siglos después, este puente sigue siendo el único que atraviesa el Tajo en su comarca y no parece molestarse por el tránsito de vehículos pesados inimaginables para su creador, Cayo Julio Lácer, «famoso por su divino arte», con el que «rindió honor a sí mismo y a los dioses».

Permítanme presentarles un monumento lexicográfico que está destinado a perdurar como puente entre culturas, el Diccionario de plantas de interés agrícola, cuyas 1.642 páginas grandes y apretadas, obra de un solo autor, contienen unas siete veces más letras que el Quijote. Describe en español 18.274 especies de plantas cultivadas, de las que da cerca de ciento cincuenta mil nombres vulgares en los seis idiomas principales de los grupos latinos y germánico y en los tres idiomas minoritarios de España, además del nombre científico y breves indicaciones sobre biología, distribución y usos prácticos. Muchos otros idiomas de todo el mundo están representados a través de sus donaciones a las lenguas nacidas en Europa, sobre todo en los numerosos localismos recogidos.

Podría imaginarse que el español fuera el idioma con más nombres en este diccionario, dada la nacionalidad del autor, pero sus treinta mil quedan lejos de los cincuenta mil del inglés. Este resultado refleja la amplitud de los trabajos previos disponibles en ambos idiomas y el número y la pujanza de las instituciones dedicadas a la botánica y a la lexicografía, más que la diversidad de ambientes naturales y de tradiciones culturales de hispanófonos y anglófonos.

Este diccionario es hijo del Diccionario de plantas agrícolas que publicó el mismo autor en 1981. Las entradas se han multiplicado por más de cuatro y se han extendido a las plantas ornamentales y forestales. Le cuadraría más el título Diccionario deplantas cultivadas, porque estira el «interés agrícola» para incluir las que no se cultivan en el ager, el campo de la agricultura, sino en la silva, en los jardines e incluso sólo en macetas.

Además de servir de puente entre idiomas, este diccionario tiende puentes hacia las culturas rurales en desaparición y facilita su conocimiento en el futuro. Desaparecen cultivos que han dejado de ser rentables y se olvidan sus nombres locales. Las gentes del campo, tras abandonar majadas y cortijillos, contagian sus vocabularios con los de periodistas, docentes y burócratas. Las nuevas técnicas traen nuevas palabras. El fenómeno no tiene nada de novedoso: los idiomas indoeuropeos acompañaron a la agricultura en su difusión por el mundo antiguo; los hopis de Arizona adoptaron palabras españolas para designar plantas y animales sin perder su aislamiento ni su independencia.

No seré quien llore la desaparición de los localismos, ni quien pida su enseñanza obligatoria en las escuelas. Como sistemas operativos de la mente, las lenguas deben ayudarnos a pensar y a comunicarnos y creo que mi cerebro funcionará mejor si no tiene que recordar e interpretar jiura o rubión , por ejemplo. Piérdase en buena hora el exceso de diversidad lingüística, pero queden fuentes que la interpreten. Las existentes suelen dar descripciones inútiles por ambiguas. Quienes se interesen en el futuro por las culturas locales extintas tropezarían con un muro insalvable sin este diccionario. Los dos nombres que acabo de citar se convierten en sus sinónimos más difundidos, quinoa y alforfón, respectivamente, y si éstos resultaran también misteriosos o ambiguos al lector, sus nombres botánicos abren el camino a las masas de información acumulada y depurada a lo largo de tres siglos de trabajos concienzudos. El diccionario permitirá identificar sin ambigüedad los endemismos léxicos que aparecen en todo tipo de documentos y en productos de la cultura popular como los refranes y las canciones anónimas.

Las traducciones apresuradas, tan comunes en la cultura de quita y pon, pero también en la que parece más seria, son a menudo incomprensibles y a veces risibles, y las del inglés, sobre todo, están haciendo estragos en los demás idiomas. Los traductores podrán ahorrarnos algunas traiciones usando este diccionario. El problema de la traducción se extiende a la literatura científica más exigente, que está adquiriendo el vicio de prescindir de los nombres científicos de las plantas y se contenta con nombres vulgares a menudo ambiguos, como corn en inglés. Peor aún es el caso de las publicaciones para agricultores, cuyos localismos en el idioma de origen tienen que ser traducidos a nombres comprensibles por los lectores presuntos.

Sánchez-Monge documenta la diversidad y la confusión de lenguas, pero no da el paso que nos hubiera ayudado a resolverlas. Recoge, por ejemplo, 44 nombres en español de Bixa orellana, un árbol tropical del que se aprovecha, entre otras cosas, una pasta que da color y sabor a la comida en la América tropical. No distingue entre los más extendidos y los rarísimos que ha acumulado su erudición, ni propone un nombre principal. María Moliner aceptó seis nombres, dos de ellos ausentes del «Sánchez-Monge», tomó bija como principal y da el nombre científico, lo que facilita la identificación en caso necesario. La tercera edición del diccionario de la Real Academia Española reconocía en 1791 tres nombres y tomaba achiote como principal. La más reciente, del 2001, reconoce seis nombres, cinco de los cuales refieren a bija, pero considera a todos localismos. Ni entonces ni ahora incluyó los nombres científicos de plantas y animales.

Sánchez-Monge hubiera sido la autoridad ideal para proponer el nombre principal en un español neutro, que nos sirva a todos. Sus 53 nombres para Phaseolus vulgaris, desde alubia a tineco, son todos locales. Necesitamos un nombre internacional para usar en los libros y los programas audiovisuales, por lo menos. La Academia no parece haberse planteado esta necesidad, ya que toma como nombre principal judía, uno de los muchos nombres que se usan en España, que procede probablemente de una confusión con otra legumbre, el mungo o frijol chino. Creo que sería buena idea adoptar frijol como nombre internacional, porque es el más usado en el país que creó esa planta, y dejar que los nombres locales sigan su vida por los campos, los mercados, las cocinas y las mesas.

En su Fitogenética (Madrid, 1955), Sánchez-Monge citó a Jonathan Swift: «Quien pueda conseguir hacer crecer dos espigas de trigo o dos briznas de hierba en un trozo de tierra donde antes sólo crecía una, merecería que la humanidad lo tratara mejor, pues realiza un servicio más esencial a su país que toda la raza de políticos juntos». Sánchez-Monge tomó esta frase como un desafío y lo superó creando cereales nuevos y mejores y enseñando a otros a hacerlo. Produjo la cebada Albacete, la más cultivada en España durante muchos años, los primeros triticales españoles y los primeros triticales de 42 cromosomas del mundo. Ha recibido muchos honores, entre los que se cuentan tres Premios Nacionales, la presidencia de Eucarpia, que agrupa a los mejoradores de plantas de toda Europa, y el acceso a dos Academias de ámbito nacional.

El diccionario demuestra que Sánchez-Monge, con más de ochenta años, supera intelectualmente a la mayoría de los profesores que tienen la mitad. Prohibida por la Constitución la discriminación por la anatomía de la entrepierna, sigue en vigor la discriminación por la edad que limita los medios de trabajo y el reconocimiento salarial de muchos jubilados en plena producción.

01/05/2003

 
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