ARTÍCULO

Del éxodo y del viento

Espasa-Calpe, Madrid, 288 págs.
Pre-textos, Valencia, 553 págs.
 

Andrés Trapiello es un escritor bastante representativo de esta etapa rara de la literatura española, en la que algunos escritores, los más divulgados cuando menos, se hacen la ilusión de estar escribiendo en otro país. Trapiello ha escrito novelas, poesía, ensayos y esa pintoresca suerte de diario íntimo, a la que tan aficionados son los jóvenes poetas de hoy. No digo que Trapiello sea demasiado joven, porque anda más cerca del medio siglo que de los cuarenta; pero también incurre en esos monótonos diarios de individuo al que no le sucede nada, y en los que el diarista anota que tal día salió de su casa para hacer unas fotocopias, y después leyó un par de líneas de Stendhal. Con esto creen ponerse a la altura de Samuel Pepys. El memorialista o diarista de vida normal, corriente y moliente, o posee una intensa vida interior, como Maurice de Guérin o Maria Lenéru, caso que no parece ser el de Trapiello, o corre el riesgo de referir trivialidades, incurriendo en ocasiones en la maledicencia más vil.

Días y noches es, según la contraportada, la cuarta novela de Trapiello, el cual también es autor de un ensayo sobre la última guerra civil española, Las armas y las letras. Un ensayo sobre la guerra civil, de 1995. Días y noches trata asimismo de aquella pasada guerra civil, contemplada en su fase final y períodos posteriores, y desde el punto de vista del bando «políticamente correcto».

Suele decir Guelbenzu que él escribe cuando se le ocurre una buena idea para desarrollarla en una novela. Supongo que estas novelas, las que proceden de una idea, son, a la larga, las más interesantes, por ser las más personales. Otros novelistas buscan un «tema»: «Voy a escribir una novela sobre la cuadratura del círculo», pongamos por caso. Así proceden los autores de «best-sellers». Como hay muchos asuntos novelables, se escoge el que más convenga. Yo no creo que a Blasco Ibáñez le gustaran los toros, pero encontró en el mundo taurino de las corridas y los desolladeros un magnífico escenario para desarrollar su bronco sentido del naturalismo; y para que todo le saliera completo, Sangre y arena resultó un éxito. Trapiello, digo yo, habrá considerado que se ha escrito poco sobre el exilio español, y menos novela, por lo que nos ofrece su versión de aquella penosa huida y de aquellos españoles trasterrados, a los que León Felipe denominó, con retórica épica, «del éxodo y del viento». España ha dado infinidad de exiliados desde que empezaron las guerras civiles, en 1808. Sobre los exiliados de la última guerra civil española, la mejor novela es, sin duda, El caos y la noche, de Henri de Montherlant. Montherlant estaba más próximo al bando vencedor en 1939 que al vencido, pero su personaje es un anarquista, y él era capaz de comprender y respetar a un anarquista. El personaje de Andrés Trapiello es un socialista, y no está exiliado en París (aunque pasa por la inevitable etapa francesa), sino en Méjico. El mundo del exilio español en Méjico fue variado y complejísimo. Aquellos españoles «del éxodo y del viento» hubieron de convivir, mal que bien, con otros muchos españoles que habían emigrado a Méjico por motivos económicos y que, en su casi totalidad, habían tomado partido por Franco durante la guerra civil. Trapiello no se asoma a este mundo, con lo que su versión del exilio en Méjico resulta cuando menos incompleta. Su personaje, Justo García Valle, al llegar a Méjico sólo cambia de lugar, pero no de costumbres. Se ha decepcionado, desde luego; pero esto lo sabemos porque nos lo dice Trapiello. Y, ciertamente, haber perdido una guerra y tener que rehacer la vida al otro lado del Atlántico, es motivo suficiente de decepción.

El exilio español en Méjico, el más importante en número, después del de Francia, ha sido tocado tangencialmente en algunas novelas. Y tenemos El don de la palabra (1984), de Arturo Azuela, una novela sobre exiliados españoles desde el punto de vista mejicano, muy sugestiva. Ya he indicado arriba que el exilio español en Méjico fue un fenómeno muy complejo y muy variado. Azuela lo conocía bien; en cambio, a Trapiello no le queda más remedio que intentar reconstruirlo. Reconstrucción un tanto problemática, habida cuenta que ese mundo, a estas alturas, ya se ha extinguido, y los pocos exiliados que todavía se obstinan en ostentar esa condición, viven en la más absoluta irrealidad. Conocí a un exiliado en Francia que volvió por primera vez hace unos años y que se extrañaba de que en España hubiera botes de leche condensada y cosas así. No es este el caso de Justo García Valle, el cual regresa a España en 1963, con objeto de organizar su regreso definitivo. Mas espera demasiado: espera a que se muera Franco, y muere él al poco tiempo. Justo García Valle está lleno de nostalgia hacia la patria. Los socialistas de aquel tiempo eran patriotas, añoraban a España y, como los «indianos» (los emigrantes que una vez enriquecidos volvían a su pueblo, construían una lujosa quinta, y plantaban una palmera en el jardín), su mayor anhelo era regresar. Los escritos de Indalecio Prieto de su período mejicano están recorridos por esa honda nostalgia.

Días y noches relata las tres estaciones de los derrotados en 1939: el final de la guerra, cuando ya se veía inevitable la derrota; el paso a Francia y, finalmente, el exilio en Méjico. Ciertamente que el calvario de algunos que no tuvieron la suerte de escapar fue más corto, pero más expeditivo.

Justo García Valle escribe un diario en el que refleja sus peripecias durante la guerra civil y el exilio. A su muerte, sus papeles son legados a la Fundación Pablo Iglesias, con entrada por la calle Monte Esquinza, Madrid. Las novelas relatadas en forma de diario íntimo son un convencionalismo del siglo XVIII y un abuso de los novelistas del siglo XIX, en el que abundan los diarios: de un loco, de un seductor, de un hombre superfluo... Por lo general, ver una novela en forma tipográfica de diario, desalienta un poco; lo que no es inconveniente para que el Diario deun cura rural, de Bernanos, sea una de las mejores novelas de este siglo. Aunque Bernanos evita reproducir la hoja de calendario, cosa que también hace Trapiello, salvo al final. Justo continúa escribiendo su diario a bordo del «Sinaia», el barco que condujo a un buen número de exiliados españoles a Méjico. Desde el 26 de mayo al 12 de junio de 1939 se editó un boletín en dicho barco, para levantar los ánimos, que alcanzó los dieciocho números, publicados hace pocos años por el historiador Jorge Belarmino Fernández Tomás. Ni más ni menos que 1.700 personas (y algunos personajes de ficción, como Justo García Valle), desembarcaron en Méjico. «Imaginemos las profundas cicatrices que han dejado la guerra, la derrota y el destierro en cada uno de ellos –escribe Fernández Tomás–; el temor al futuro, que por mucho que se les asegure que está económicamente asegurado, no deja de ser una gran incógnita.»

Trapiello simula encontrar los diarios de Justo García en la mencionada Fundación Pablo Iglesias, los transcribe y los publica. El preámbulo donde explica estas cosas resulta en exceso decimonónico. Sumar ficción a la ficción para darle un aire de verosimilitud ya está muy visto. Lo hacía Maupassant, cuyos cuentos suelen ir precedidos de unos párrafos justificativos de lo que sigue; también recurría a este procedimiento Baroja, que acostumbraba a explicarle al lector que la novela que va a leer la encontró en el desván de la casa abandonada de un erudito vasco. Como ahora somos más modernos y corren tiempos socialistas, Trapiello cambia el desván por la Fundación societaria. A estas alturas del género novelístico, tales rodeos son superfluos. Días y noches es ficción. Decía Gerardo Diego que el mejor novelista es el viento. Aquí hay más éxodo que viento.

01/02/2001

 
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