ARTÍCULO

Diarios de Dostoievski

El Acantlado, Barcelona, 512 págs.
Ed. y trad. de Selma Ancira
 

Los diarios de Tolstoi respetan escrupulosamente dos reglas de oro de la escritura diarística que, para desgracia del lector ingenuo y ávido de «interés humano», raramente se rompen: primera, no reflejan ningún acontecimiento importante de la vida personal ni de la parte de la historia que le tocó vivir al diarista y, segunda, florecen en proporción inversa a la actividad vital e intelectual del que escribe: es decir, que en los momentos en que comienzan a pasarle cosas interesantes, el diarista, simplemente, deja de escribir. Los diarios de Tolstoi son una lectura fascinante porque nos permiten entrar en el laboratorio de los pensamientos y obsesiones de Tolstoi, pero no tienen excesivo interés en sí mismos. Son fascinantes porque son de Tolstoi, de la misma manera que unos zuecos viejos y sucios serían algo muy especial si hubieran sido de Tolstoi, pero de otro modo no serían más que unos zuecos viejos y sucios. Pensemos en los grandes diaristas de la historia de la literatura, en Sei Shonagon, en Samuel Pepys, en Keats, en Kafka... Que nadie espere encontrar en estas páginas nada ni remotamente parecido. Los diarios de Tolstoi no son una fuente de información sobre su vida, ni sobre su entorno familiar, ni sobre la sociedad de su tiempo, ni sobre la época que le tocó vivir, y tampoco contienen observaciones profundas ni interesantes sobre el arte, la escritura o la vida en general. Tolstoi escribe, obviamente, para sí mismo, y lo hace en un lenguaje abstracto y lacónico que no resulta especialmente expresivo, ni lírico, ni ingenioso, ni sagaz, y que tiene, por mucho que nos duela decirlo, un interés literario más que limitado.

Y hay una pregunta que surge una y otra vez de la lectura de estos Diarios que se nos presentan ahora en una edición tan cuidada por dentro como atractiva por fuera (¿quién no ama esos libros rojos y negros de El Acantilado?), y la pregunta es: ¿cómo una persona con tan poco sentido del humor y de la ironía, y sobre todo, cómo un moralista tan tedioso y recalcitrante como el autor de estas páginas pudo ser el novelista más importante (que me perdonen Cervantes y Proust) de la historia de la literatura?

El diarista joven, el que va, diría yo, de los años 1847 a 1860 aproximadamente, es un ser débil y voluble que vive poseído por tres pasiones: la concupiscencia, el juego y la autoobservación narcisista. El joven de veinte, de veinticuatro años, se asombra y se escandaliza por sus necesidades eróticas, y se siente tremendamente avergonzado cada vez que logra satisfacerlas. Hay una página curiosa, el 29 de noviembre de 1851 en Tiflis, en la que Tolstoi afirma que nunca ha estado enamorado de mujeres pero que a menudo se ha sentido enamorado de hombres, un sentimiento, por cierto, que no volverá a reaparecer. Pero lo que parece verdaderamente grave es su pasión por el juego. Tolstoi fue durante muchos años un verdadero ludópata, y en cierta ocasión llegó a perder, incluso, el edificio principal de Yásnaia Poliana, la posesión campestre de la familia, en la cual había nacido, en la cual viviría toda su vida y entre cuyos abedules centenarios reposan hoy sus restos. El autor de estas páginas es un joven acomplejado, confuso, lleno de ideas volátiles y cambiantes, que se dedica a hacer listas interminables de los defectos que encuentra en sí mismo y que se autoimpone una y otra vez severísimas normas de conducta para corregir dichos defectos –unas normas, por cierto, que jamás logra cumplir–. Copiamos, para deleite del lector, un fragmento característico: «Me miré en el espejo con frecuencia. Es una estúpida complacencia física hacia mí mismo que sólo puede acarrear algo malo y ridículo... Distracción. En la gimnasia estuve haciendo alarde de mí mismo (autoalabanza). Quise que Kobylin tuviera una opinión verdadera de mí (vanidad mezquina). Comí demasiado durante el almuerzo (glotonería). Fui a ver a Volkonski sin haber terminado lo que estaba haciendo (falta de perseverancia). Comí postre en exceso e hice el remolón. Mentí». El autor de estas palabras de autoinculpación mojigata no es un niño asustado que acaba de estudiar los pecados capitales en la clase de religión, sino un soldado que en la guerra del Cáucaso sería ascendido a oficial por el valor demostrado en el campo de batalla y, lo que es más chocante todavía, el autor genial de Infancia, que fue publicada por las mismas fechas que escribía esas cuitas penitenciales. Y resulta fascinante comparar el retrato que Tolstoi hace de sí mismo en los Diarios, temeroso y asustado como niño sorprendido por el pope haciendo cochinadas, y el que leemos en las páginas de Infancia, lleno de ironía, ternura, inteligencia y distancia. ¿Son ambos textos obra de la misma persona? Sin duda lo son, pero no de la misma mente o, digámoslo así, no de la misma zona de la mente. Porque los Diarios están escritos con el ego y la personalidad del hombre Lev Tolstoi, mientras que Infancia está escrita con la estrella interior de la imaginación y, como podremos comprobar en abundancia al leer los Diarios del conde Tolstoi, la personalidad de un escritor y su imaginación pueden tener, y a menudo tienen, muy poco que ver una con la otra.

Ninguna de las características que tanto nos admiran en el autor de Guerra y paz las hallaremos en los Diarios, que no reproducen conversaciones, ni proporcionan retratos, ni describen situaciones, ni pintan escenas, ni rescatan detalles ni momentos ni visiones del grisáceo río del tiempo y del olvido, sino que parecen reducidos a la enumeración de actividades intrascendentes («Me levanté, encendí el fuego...») y sobre todo, al recuento obsesivo de pensamientos, pensamientos, pensamientos. Digámoslo así: Tolstoi, en sus diarios ¡es Dostoievski! Si en la obra literaria de Tolstoi el interés se pone sobre todo en el mundo externo y en las imágenes visuales, en los Diarios, como sucede en las novelas de Dostoievski, ese mundo externo desaparece y las divagaciones interiores se convierten en el protagonista absoluto –y, ya que hablamos de ello, no unas divagaciones excesivamente interesantes, ya que nada hay menos interesante que las cogitaciones de un moralista que se pasa la vida diciéndose a sí mismo que hay que dedicar la vida a los demás (pero haciéndoles la vida imposible a su mujer y a sus hijos) y lamentándose por haber perdido los estribos o por haber tenido una erección al ver a una muchacha en el campo.

Con el paso de los años vamos viendo la transformación interior y exterior de Tolstoi, el desarrollo de sus preocupaciones sociales, de la importancia dada a la pedagogía, de su obsesión por la pobreza: eso que Lezama Lima podría llamar «la pobreza irradiante», la pobreza no como desdicha, sino como belleza y fuente de dignidad y de verdad profundas (es la forma en que sólo un rico puede disfrutar de la pobreza), el placer de fabricarse la propia cuchara con un trozo de madera, de aprender a hacerse sus propios zapatos y de coserse su propia camisa. «Haz tu cuchara y come con ella, pero sólo mientras otro no la necesite», leemos en la única entrada del año 1883. Y a continuación: «La propiedad protegida por la violencia, por el guardia de la ciudad con una pistola, es el mal». Todo esto resulta apasionante, porque nos conduce al centro del gran misterio humano que fue Tolstoi, comunista y hippieavant la lettre, pensador utópico y moralista, cristiano heterodoxo e «idiota sagrado» (yuródivy), todos en uno. «Debo ser un yuródivy también en la escritura», leemos el 29 de agosto de 1889. Pero un hombre así, ¿por qué deseó ser novelista? ¿Por qué fue el novelista más grande?

Seguramente deberíamos dejar esa pregunta sin contestar. Pero una de las respuestas posibles (seguramente no la respuesta, pero sí una respuesta posible, por mucho que ofenda a nuestra sofisticación posmoderna) es que Tolstoi fue el novelista más grande precisamente porque fue un «tonto sagrado» y porque deseó serlo «también en la escritura». Por mucho que eso ofenda a nuestra sofisticación posmoderna.

01/06/2003

 
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