ARTÍCULO

El periodista que leía críticamente los diarios

Espasa Calpe, Madrid, 284 págs.
Premio Espasa Ensayo 2002
 

En nuestro país, contrariamente a lo que sucede en el mundo anglosajón, se publica muy poca crítica y casi ninguna autocrítica de los diarios de información general y de los notables de la profesión que escriben o mandan en ellos (o ambas cosas a la vez). Diarios es, ante todo, una excepción valiosa y oportuna a esta anómala situación española, y la inconformidad que rezuman casi todas sus páginas, una honesta y valiente actitud.

Si por ensayo entendemos un escrito en el que el autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito, Diarios es un ensayo sobre algunas cuestiones de la prensa diaria de carácter generalista de gran relevancia e interés. Es, también, un texto algo desordenado, debido en parte al formato elegido, con los apuntes sobre lo leído en 2001 ordenados por días (aunque no hay anotaciones o comentarios todos los días), en parte al estilo periodístico del autor: distante del didacticismo explicativo y metódico, punzante a ratos, áspero en otros (aunque no falten momentos en los que afloran remansos con pensamientos e ideas expresados con aliento literario de buena ley); de gran viveza y agilidad casi siempre; y con saltos de los hechos que sirven de ejemplos –elegidos generalmente con acierto, aunque alguno que otro se me antoja discutible, expuestos algunas veces de forma esquemática y concisa– a las conclusiones que de ellos deriva el autor, brincos que en ocasiones no son fáciles de seguir para el lector.

El formato de diario del libro –que tiene la ventaja de la similitud estructural y narrativa con lo que se está analizando– puede contribuir al sentido de dispersión de los motivos conductores del ensayo.

El tema central y al que el autor dedica más espacio y atención es al de la verdad, pues para él el periodismo es ante todo la «narración de lo veraz». Espada es duro e intransigente con toda razón con los «profesantes de la hilaridad posmoderna [que] se admiran de que a estas alturas haya alguien que atribuya un carácter de verdad a un relato», pues uno de los grandes males que aquejan al periodismo de nuestros días es, para el autor, la mezcla, se diría que indecente, entre realidad y ficción originada por la novelización de los hechos de los que se ocupa el periodismo, una auténtica epidemia que iniciara Truman Capote con su libro A sangre fría.

Para Espada, la verdad es la correspondencia de la información que da el periodismo con los hechos reales (para el autor, hechos a secas; lo de hechos reales es un pleonasmo), por lo que hay que desvincularlo de lo literario y buscar la verdad a toda costa desde el principio de la investigación periodística, por arduo que resulte. Algunas de las causas de esta dificultad aparecen, de forma poco ordenada aunque acertada, en Diarios. Las hay que son ajenas a la calidad profesional de los indagadores, como el elevado coste de obtener informaciones en casos muy complejos, difíciles y novedosos como fue el llamado mal de las vacas locas. Surge entonces con frecuencia la paradoja, según nos narra Espada, de que para que haya dinero a fin de proceder a una investigación a fondo tiene que haber antes la noticia que se venda o que venda ejemplares del diario, noticia que muchas veces se redacta con precipitación, algo de frivolidad y sin el conocimiento suficiente (lo que da lugar a lo que Espada llama las «fast truths», otro mal del periodismo actual).

Entre las causas que pueden dar al traste con la búsqueda de la verdad de lo sucedido (o está sucediendo) y que son imputables a fallos profesionales, se destaca en este ensayo lo que el autor llama «suspensión de la incredulidad» del que investiga, o lo que es lo mismo, olvido de la aplicación del juicio crítico, algo bastante frecuente cuando no se sigue con disciplina y lógica la necesaria metodología indagadora objetiva (básicamente semejante a la del detective o la del historiador o a la del investigador de ciencias naturales), y el periodista se deja influir en su labor inquisidora por su sistema de creencias, muchas veces emocionalmente fuerte y no siempre fruto de la racionalidad ni de conocimientos basados en la evidencia empírica y debidamente contrastados (el autor recurre al espléndido neologismo «magufo» –síntesis del pensamiento mágico y la ufología– para designar los casos extremos de crédulos de toda laya, principalmente algunos de los que campean a sus anchas por los suplementos culturales y literarios de los periódicos, tales como aquellos que postulan que la verdad poética o literaria es superior a la que prosaica y objetivamente se intenta que corresponda con la realidad histórica, o los nacionalistas de las esencias lingüísticas, que sufren atrofia, tantas veces irreversible, del sentido común).

Una vez que se dispone de un conocimiento lo más riguroso y completo de los hechos, Espada insiste en numerosas ocasiones en que el periodista debe informar sobre ellos con claridad y orden, separando nítidamente hechos y opiniones y huyendo como del demonio del entrecomillado, las frases hechas, la asfixiante vulgaridad de la jerga políticamente correcta, los titulares ambiguos y sesgados, los eufemismos –para el autor de Diarios, una de las mayores lacras del periodismo– y de toda mezcla de realidad y ficción, por muy estético que pueda parecer el híbrido resultante (no solamente en la prensa escrita, sino en la gráfica; de «hipocresías periodísticas» tilda Espada dos notables y famosos ejemplos de fotografías trucadas). Claro que se puede optar por no publicar, por omitir una información veraz, lo que cuando se hace intencionadamente «se parece mucho –escribe Espada– a publicar deliberadamente algo falso».

Una parte importante de Diarios se dedica al tratamiento dado por los diarios nacionales al terrorismo de ETA, mas en este caso retrocediendo al año 1979 (en el verano de 2000, Espada publicó en El País una serie de reportajes sobre ese año, en el que el terrorismo de ETA se mostró especialmente cruento). Dicha información se completa con apuntes y reflexiones sobre los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001, entre los que destaca la crítica al antiamericanismo feroz, propio de acomplejados, de algunos diarios y el afán conjurado de muchos analistas de limpiar absurdamente dichos atentados de toda infección religiosa (y cultural, añado yo). Respecto de la información que hay que dar sobre el terrorismo, el autor se muestra tajante: no ocultar –como se hizo vergonzosamente en el citado año de 1979– el horror del terrorismo en toda su crudeza ni aceptar el más mínimo intento de explicación –no ya de la inadmisible justificación– racional de lo que es sólo un crimen irracional resultado del execrable oficio de terrorista.

Leyendo sobre el terrorismo y sus víctimas nos encontramos con otra faceta muy significativa del credo periodístico de Espada, que consiste en que por encima del gancho del titular más sorprendente, de la objetividad a la hora de analizar y narrar la noticia, de la corrección formal de la información proporcionada, está el valor de la vida humana que habita la noticia. Así, «un hombre, una vida» es, para nuestro autor, la única forma de conocimiento posible en el oficio de periodista.

01/01/2003

 
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