ARTÍCULO

Joyas agridulces: el Diario de Renard

Mondadori, Barcelona, 1998
Selección y edición de de Josep Massot e Ignacio Vidal-Folch
243 págs.
Península, Barcelona, 1996
Selección y traducción de José Manuel Martos
156 págs.
 

Sus obras completas ocupan diecisiete volúmenes; perteneció a la Academia Goncourt; Toulouse-Lautrec ilustró sus Histoires Naturelles y Ravel las musicó; tuvieron gran éxito sus ácidas comedias y su novela autobiográfica Poil de Carotte (Pelo dezanahoria), historia de un niño sometido a una madre odiosa; pero si Jules Renard (1864-1910) sigue vivo entre nosotros, es sobre todo por su Diario, que no ha dejado de ganar admiradores con los años.

Lo primero que puede decirse de Renard es que es un escritor profundamente francés. Nació y vivió siempre en Francia, a medias en París, inmerso en el mundillo literario, y a medias en un pueblecito del que era alcalde, en la «Francia profunda»; leía casi exclusivamente literatura francesa; su Diario se sitúa en una tradición inequívoca, la de los moralistas, que se inicia con Montaigne y se prolonga por lo menos hasta Butor, pasando por dos obras que son claramente sus modelos: Los Caracteres de La Bruyère y las Máximas de La Rochefoucauld. Es probable, sin embargo, que Renard –igual que Gide, que lo comenzó en la misma época– eligiera el diario como género por una doble influencia: la publicación póstuma (1883) del diario del escritor suizo Amiel, que causó sensación (también en España, sobre Unamuno particularmente), y la del diario de los Goncourt, iniciada en 1887. Edmond de Goncourt es el primer escritor que publica su diario en vida, una costumbre, dicho sea entre paréntesis, que ha operado en el género una transformación (¿desnaturalización?) irreversible.

Renard se sitúa en la línea de los Goncourt cuando traza retratos, anota diálogos, recoge anécdotas, de los círculos artísticos que frecuenta: sus semblanzas de Verlaine, Wilde o Toulouse-Lautrec, entre otros muchos, son inolvidables. Esta corriente iba a seguir alimentando en el futuro los diarios de escritores. Pero Renard destaca también en otra línea, la heredada de Amiel y destinada a desaparecer a medida que el diario se ha ido haciendo cada vez menos íntimo y más público: nos referimos al examen de conciencia. Utilizando la tradición diarística del desdoblamiento, Renard se hace juez implacable de sí mismo: «No serás nada. Por más que hagas: no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes (...) No serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada» (23 de noviembre de 1888).

Y es que precisamente la mediocridad es la gran obsesión de Renard. Nada original: es de hecho, ya desde el Quijote, uno de los grandes temas de la literatura moderna; pero Renard la aplica a un campo muy determinado: el de la ambición literaria. Los románticos veían en la sensibilidad artística un antídoto, quizá el único –al precio, eso sí, de la autodestrucción-contra la mediocridad reinante. Renard descubre que también el artista, ay, puede ser mediocre. «Se puede ser poeta y pagar el alquiler», ironiza. «Aunque sea poeta, uno puede acostarse con su mujer» (2 de enero de 1890). Ser escritor no salva de nada... sobre todo si uno es, como él estaba convencido de ser, un escritor del montón, consciente de sus limitaciones y de sus envidias. De esa conciencia brotan algunas de las agridulces joyas del Diario: «Sí, ya lo sé. Todos los grandes hombres fueron desconocidos en un primer momento, pero yo no soy un gran hombre y no me disgustaría ser conocido enseguida» (28 de abril de 1893), «No leo nada por miedo a encontrar algo que esté bien» (7 de marzo de 1891), «La modestia sienta bien a los grandes. No ser nadie y sin embargo ser modesto, eso es lo difícil» (2 de diciembre de 1895).

Renard no hizo fortuna en nuestro país: su Diario estaba ausente de las librerías españolas desde que se agotara la edición que en 1954 hizo Antonio Dorta para la colección Austral. Y siguiendo el caprichoso estilo de nuestro mundo editorial –o calvo o con seis pelucas, como suele decirse–, en poco tiempo se han publicado dos nuevas versiones. No tienen por qué hacerse la competencia, pues su planteamiento es muy distinto. La de Península, en concordancia con el tipo de colección en que se inserta, recoge lo más breve, intemporal y aforístico del Diario, con impecable traducción, prólogo y apéndice biográfico. La de Clásicos Mondadori es mucho más ambiciosa, y no desmerece de sus propias exigencias: buen papel, elegante presentación, ni una sola errata, deliciosas ilustraciones de Félix Vallotton, fotografías, una selección del Diario amplia y representativa, que incluye no sólo sentencias (como la edición de Península) sino entradas de carácter narrativo; las notas indispensables (en nuestra opinión habría sido preferible incluir algunas más: se apreciaría mejor, por ejemplo, el retrato del conde de Montesquiou si se nos indicara que se trata del modelo del barón de Charlus proustiano); introducción y traducción excelentes... Como dice el proverbio, nunca es tarde si la dicha es buena; y la dicha es doble en este caso.

01/02/1999

 
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