ARTÍCULO

André Gide, que pudo ser rey

Ed. y trad. de Laura Freixas Alba, Barcelona
500 págs. 3.700 ptas.
 

De un modo involuntario, el Journal de Gide cuenta la historia de alguien que se pasó la vida buscando realizar su obra maestra y no la logró. O tal vez sí, tal vez sí la logró, y su obra maestra sería entonces paradójicamente ese Journal que iba reflejando la búsqueda de su obra cumbre.

De Gide sólo se sostiene totalmente en pie, hoy en día, su Journal, pues el resto de lo que escribió –y eso que su bibliografía es extensa, casi inabarcable, experimentó todos los géneros– apenas tiene interés, se ve como algo arcaico, extraño, lejano. El Journal, en cambio, sin llegar a poder rivalizar con las obras maestras de Proust y otros contemporáneos suyos, es hoy una cumbre literaria: la apasionante historia de la búsqueda de ese Santo Grial que es toda obra maestra. Esa búsqueda le venía de muy lejos. Desde muy joven, se sentía Gide singular, único, pero le atormentaba la idea de si sería capaz algún día de realizar una obra de altos vuelos: «Sufro ridículamente de que no sepan todos ya lo que más tarde espero ser, lo que seré; que en mi mirada no se presienta la obra que vendrá».

Quiso ser el mejor de todos los literatos de su tiempo y en muchas ocasiones creyó serlo, y nadie como él ilustra a la perfección la imagen de la persona que está encantada consigo misma. El 19 de mayo de 1917, anota en su Journal: «Aunque sea demasiado silencioso, me gusta viajar con Fabrice (Gide se refiere a sí mismo). Hoy, que viaja en primera, con un traje nuevo de un corte insólito y bajo un sombrero que le sienta prodigiosamente bien, se aborda con asombro en el espejo y se seduce».

El narcisismo recorre todo el Journal, a veces teñido de un toque de estudiada humildad: «No he sido nunca más modesto que al obligarme a escribir cotidianamente en este cuaderno páginas que sé y siento tan pertinentemente mediocres, repeticiones, balbuceos, tan poco apropiados para hacerme quedar bien, para ser admirado o amado». La edición es de Laura Freixas, que es también la traductora y prologuista. Es tan apasionante leer el día a día de alguien tan inteligente y conflictivo como Gide que habría sido de desear que hubiera sido posible editar el Journal entero (dos gruesos volúmenes de La Pleiáde), ya que en ocasiones se nota a faltar cómo continúan ciertos episodios que nos atrapan. Algunos de ellos se abren con frases que ya querrían para sí algunos de los diaristas españoles del momento. Por ejemplo: «Argel, 26 de junio. Cené anoche con el general de Gaulle...».

Habría sido magnífico contar con la traducción entera del Journal, pero en cualquier caso Freixas ha seleccionado con criterio, ha procurado que existiera en el texto la mayor regularidad posible, es decir, que la proporción (se ha seleccionado el 20% del original) sea más o menos la misma en todas las épocas que cubre el Journal, que va de 1888 a 1950.

Entrar en contacto directo con la conflictiva inteligencia de Gide es el mayor placer que ofrece la lectura de Diario: páginas y páginas en las que su autor se debate monstruosamente en busca de la obra cumbre de su producción, la obra que habrá de hacerle perdurar hasta la consumación de los siglos. Gide, que estaba siempre en cualquier cosa que escribiera, está, aunque algo diezmado, en esta quinta parte de su Journal que ahora aparece en España. Gide está siempre, se mire por donde se mire. Está el Gide angustiado y también el humorístico, y a veces están los dos juntos en una conjunción tragicocómica: «Hace falta, con todo, cierta dosis de misticismo –o de no sé qué– para seguir hablando, escribiendo, cuando uno sabe que no se le escucha en absoluto».

Decía Chamfort que quien carece de carácter no es un hombre, es una cosa. Esto es algo muy aplicable a Gide, hombre de indiscutible carácter, narcisista, de alma compleja, pedante y ridículo a veces, en otras odioso, abrumador siempre... Pero en todo momento hombre de carácter, porque nunca Gide es una cosa. Cualquier otro escritor de sus características nos caería antipático e insufrible, por mucho que supiéramos reconocer su talento. Pero este caso no se da nunca con Gide que, a pesar de creerse que era nuestro «contemporáneo capital» (lo que ya por sí sólo le haría merecedor de un fuerte abucheo), despierta una extraña simpatía, tal vez por su conmovedora y extraña facilidad para complicarse la vida. Únase a este rasgo algo que de Gide también fascina: su capacidad para reconocer el talento de algunos de sus amigos. Así, por ejemplo, resulta interesante ver la admiración que siempre sintió por Valéry (un sentimiento que, por cierto, nunca fue recíproco): «Dos veladas con Valéry, más encantador que nunca. Y más que nunca admiro los recursos de su extraordinaria inteligencia. ¡Y qué gracia, qué exquisita amenidad en todo lo que dice! [...]. Ha llamado mi atención sobre una exposición de estampas japonesas. Le he confesado que eso ya no me interesa mucho, y entonces me ha dicho, asintiendo: "Sí. A nuestra edad uno se ha resignado a las obras maestras de los demás"».

Las obras maestras, como punto de reflexión, cruzan de banda a banda el Diario, y así en la última página encontramos esta anotación, bien reveladora de su drama fundamental: «Algunos días me parece que si tuviera a mano una buena pluma, buena tinta y buen papel, escribiría sin dificultad una obra maestra».

Un interés último de esta obra maestra involuntaria que tal vez fue su Journal: Gide fue pionero en el uso del diario ficticio como recurso literario. Como bien se advierte en el prólogo, el diario de Gide se sitúa en la estela de los grandes diarios íntimos y póstumos del XIX , pero Gide fue precisamente uno de los principales artífices, si no el principal, de la sustancial transformación del género. Con él, el diario íntimo se convirtió en un género literario en el que no tardarían en brillar con luz propia los diarios de Virginia Woolf, Gombrowicz, Gracq y otros deudores del hombre que sabía demasiado y que un lunes, 25 de septiembre del 16, fue así de explícito, fue así de sincero y al mismo tiempo mentiroso al hablar de sí mismo: «¿Es que no veis que habláis a un muerto?». Una manera de anunciar que los escritores de diarios podían estar muertos, pero ya no estaban solos.

01/01/2000

 
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