ARTÍCULO

La escritura de alguien que es

Seix Barral, Barcelona
285 págs. 2.800 ptas.
 

En esta obra escribe Luis Goytisolo (Barcelona, 1935; autor de Las afueras y Antagonía; miembro de la RAE) que «aceptar que la novela es un género en declive no resulta fácil ni agradable, como suele ocurrir con todo lo que hemos conocido de una determinada manera desde siempre». Con estas líneas, y con otras en declaraciones a la prensa, el autor se suma a esa profecía o maldición literaria: la novela se acaba, se está quedando antigua, va a morir. Personalmente pienso que la novela como género tiene una composición celular que le permite reproducirse, adaptarse a los cambios sociales y sobrevivir, y que le alejará siempre de una crisis real. Probablemente la crisis no sea de la novela sino de los novelistas. La presión industrial hace que se publique todo, que se promocionen naderías como obras maestras y que se reciban con alborozo los nuevos títulos de los autores consagrados, porque se sabe que un nombre de prestigio puede hacer pasar como buena una creación mediocre. Hoy se producen tantas buenas novelas como antaño –ni más ni menos– pero el número de las malas ha crecido descontroladamente (de ahí se saca la conclusión de que la novela está en crisis). A la víctima, que es el lector, se le nombra poco e incluso, cuando se hace, se le culpabiliza con frases del tipo de «es lo que los lectores piden» o «la gente sólo lee los títulos que se promocionan en la tele». Ahora, en el lector sólo se piensa en ese momento sublime del proceso literario, que es cuando se acerca a la caja con la tarjeta de crédito en la mano.

El porqué de estas disquisiciones, que nadie me ha pedido, está en la capacidad de Luis Goytisolo para provocar la reflexión sobre cualquier cosa que se proponga. Esto sí que se ve poco en la literatura actual. Plantea los temas con sencillez expresiva y profundidad ideológica y sabe meter cierta dosis de radicalismo para que el lector salte. Está claro que su libro es un ejercicio de lectura activa. Pero no es una novela. Podría ser una propuesta de un nuevo modelo de novela, pero también eso es difícil de aceptar. Diario de360° es una mezcla de cuaderno de notas, borrador de ficciones y ensayo sobre el proceso de la escritura. Tiene una estructura muy elaborada –ya una característica de este autor– y creo que innecesariamente complicada; algo de lo que la editorial se da cuenta y por eso proporciona una guía esquemática en la contraportada. No obstante, esa complicación supondrá un atractivo más para los amantes de la metaliteratura, adictos a desentrañar laberintos y, evidentemente, será un festín para la crítica académica estructuralista y postmoderna. La «novela» se levanta sobre los días de la semana considerados como vías de desciframiento del mundo contemporáneo. Los domingos albergan un relato de planteamiento sencillo cuyo desarrollo se va a ir llenando de complejidad: un médico, que trabajaba para una ONG en los países africanos en guerra, es perseguido por los ejércitos de mediación por haber cumplido con sus obligaciones éticas y denunciado los crueles abusos de las tropas «benefactoras»; este doctor Noel se refugia en un pequeño pueblo en el que conoce a Natalia, una mujer que le empujará a escribir una novela basada en los avatares de su vida. El doctor Noel lleva una plácida existencia en La Pobla, cuyo paisaje e historia alimentan los textos de los lunes, mientras que, por otra parte, los miércoles rememora y describe con frialdad las barbaridades que presenció, o de las que se enteró, durante los conflictos. Además, como falso autor primerizo (digo falso, porque detrás de él sale la cara del propio Goytisolo), los martes el doctor Noel se plantea los problemas que acosan al escritor. En otras palabras, un hombre de hoy quiere escribir una novela sobre su propia vida, lo que le empuja en dos direcciones: el hombre y su biografía y el escritor y su ficción. Los viernes se dedican al erotismo, planteado de una forma abruptamente anatómica –casi de forense– al principio, para hacerse poética después y, cuando nos hemos a costumbrado a este registro, de nuevo científica. Sí hay que decir que se echa en falta más humor. El tono del volumen es excesivamente serio, incluso los sábados, cuando se narra la experiencia de la familia Espejo, elegida para un anuncio televisivo y que es objetivo de una cámara que les sigue noche y día. La historia pide a gritos un costumbrismo más jocoso, que en ocasiones se intenta, como en el episodio de la cola del supermercado y el cliente irritable, pero que no alcanza la suficiente distancia cómica. Esta seriedad parece fruto de la intención del autor de mantenerse lo más distante posible de sus personajes y así hacerlos más autónomos, pero el resultado es una pérdida de entidad novelística y el doctor Noel, Natalia o la familia Espejo se convierten en recursos para el despliegue de sus teorías.

Los martes, como se ha dicho, se dedican a un ensayo muy personal sobre la literatura en general y la novela en particular. Hay que reconocer que este ensayo se lee muy bien; tiene ligereza conversacional pero también la profundidad de quien se ha planteado de hecho la situación del novelista de nuestros días. Parece que todo se ha hecho en novela: admira la obra de Dickens pero considera que su influencia está ya totalmente exprimida, incluso Joyce la exprimió. Defiende a Hemingway (hacerlo hoy es un signo de valentía, ya que todo el mundo se lo salta para mencionar a Capote o a Carver) y a Faulkner, pero sus aportaciones las ha absorbido y abaratado el bestseller. Relee críticamente Cien años de soledad y dedica unas explícitas, por no decir crueles, líneas a Francisco Umbral. Los problemas más técnicos de la creación–como el tiempo, el estilo, y la estructura–ocupan páginas de los martes, así como algunas opiniones sobre la inutilidad del crítico. Todo esto nos lleva a sospechar que Diario de 360° podría descomponerse en libros independientes: manual de escritor, paisajes perdidos, una novela de amor y guerra, un tratado de erotismo y un análisis ético de los tiempos que corren. Estas carreteras secundarias, que parecen aisladas unas de otras, acaban cruzándose y confluyendo, de forma que se configura finalmente una épica del caos contemporáneo. Dickens escribió una épica del orden victoriano y Hemingway intentó reorganizar la realidad recuperando los valores maltrechos en los campos de batalla. Quizá ese sea el sentido último de toda novela: mediar entre nuestra experiencia y el momento que nos ha tocado vivir. No obstante, pienso que la novela sigue viva en su modelo formal, tan patente para la intuición del lector, y que la intención de novelar no hace novela de un dietario. Quizá la clave esté en la página 164: «Procuro no hacer nada; limitarme a ser». Se puede disfrutar mucho con este texto, rico y denso (pocos temas se le escapan), de Luis Goytisolo siempre que uno sea capaz de leerlo como el diario de alguien que es. Leerlo como una novela es, simplemente, arriesgado. Y, además, no hace ninguna falta: su respeto al lector –como persona que escucha con cultura y discute con inteligencia– lo hace mucho más interesante que la mayoría de la ficción que hoy se escribe.

01/02/2001

 
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