ARTÍCULO

Platón, Mahoma, Hitler y (quizás) usted: los enemigos de la sociedad abierta

Paidós, Barcelona
Trad. de Ferran Meler-Ortí
608 pp. 39 €
Paidós, Barcelona
Trad. de Francisco García Lorenzana
112 pp. 15 €
 

Dado que es probable que el lector se sorprenda o juzgue estrafalario el título que antecede a este comentario, quiero empezar por ese mismo principio, comprometiéndome no ya sólo a justificarlo a lo largo de las líneas que siguen, sino a demostrar que refleja con fidelidad –aunque simplemente como una de las opciones posibles– el espíritu y argumento de los libros que aquí se analizan. Ahora bien, no tengo más remedio, por otro lado, que pedir una cierta paciencia porque, antes de llegar a ese punto, se imponen una serie de consideraciones más elementales, empezando por una breve caracterización de estas tres obras, no ya distintas, sino abiertamente dispares en alcance, desarrollo, profundidad y extensión. Empezaré con la que, de lejos, tiene más entidad y trascendencia, no sólo por la personalidad de su autor –Popper–, sino por su contenido propiamente dicho y por la inestimable labor que han realizado los profesores Jeremy Shearmur y Piers Norris Turner recopilando y ordenando anotaciones, cartas, borradores, conferencias, artículos y papeles diversos del influyente pensador austríaco.
Con el título de Después de «La sociedad abierta» se han reunido una serie de escritos de Popper que, aunque se califican de «sociales y políticos» en el subtítulo, tratan otros muchos aspectos que desbordan esas coordenadas y se inscriben en el vasto universo de preocupaciones del filósofo. Como no podía ser de otra manera, las disertaciones de índole científica, las consideraciones acerca de las posibilidades del conocimiento y las preocupaciones éticas descuellan especialmente en ese panorama y se repiten como puntos de referencia que dotan de sentido a un conjunto inevitablemente heterogéneo de reflexiones: baste, por ejemplo, tomar como punto de partida la breve «Introducción», que contiene una conferencia de 1963 sobre el «punto de vista optimista, pesimista y pragmático» del conocimiento científico; o continuar luego con la segunda parte, que unifica varios textos –más bien tardíos, entre 1962 y 1981– con el epígrafe de «Recuerdos de Austria»; o adentrarnos incluso en la denominada parte tercera, que contiene varios cursos y conferencias impartidos en Nueva Zelanda a comienzos de la década de los cuarenta, empezando por un ensayo sobre «Ciencia y religión», siguiendo con una reflexión sobre el «hombre moral» y la «sociedad inmoral» y culminando con una disquisición sobre el sentido de la historia.
Con todo, es verdad que la mayor parte del volumen y, en mi opinión, la más interesante con diferencia, está consagrada a una serie de observaciones de la realidad social y política del mundo en un lapso temporal muy amplio (grosso modo, para entendernos, casi toda la segunda mitad del siglo XX, porque pueden hallarse escritos desde 1940 hasta 1994, año del fallecimiento del pensador). Observaciones, una vez más, incuestionablemente variopintas (desde la política aristotélica a la guerra de Vietnam, desde el historicismo al «poder de la televisión»), que terminan bosquejando un fresco impresionista –la mayor parte de las acotaciones destacan por su brevedad y concisión– en el que la aparente dispersión queda compensada con la afloración de un mismo tipo de actitud –liberal, tolerante, antidogmática– que proporciona un tono «moderno» –nada apolillado– y que, en conjunto, hace además particularmente grata su lectura (una cuestión que sería absurdo considerar «menor»). No voy a silenciar, sin embargo, que el lector algo impaciente lamentará que haya también algunas páginas simplemente protocolarias, irrelevantes y reiterativas (que, en mi opinión, no llegan, sin embargo, a oscurecer el conjunto, que raya a notable altura).
Así, la cuarta parte agavilla quince contribuciones de índole muy diversa, desde correspondencia a prefacios y entrevistas, que tienen como nexo el célebre libro sobre La sociedad abierta. Aunque hay muchas notas de interés diseminadas a lo largo de estas páginas, habría quizá que destacar especialmente «Valores públicos y privados», porque proporciona una importante explanación del conocido «utilitarismo negativo» popperiano, y «La teoría del totalitarismo», una conferencia que contiene su concepción sobre las raíces filosóficas del rechazo a la libertad ya desde los mismos orígenes de nuestra civilización. La quinta y última parte del volumen, la más amplia y, en cierto modo, la más dispersa, trata de unificar con el rótulo de «La guerra fría y su posguerra» nada menos que veinticinco apuntes, a veces de poco más de una página, y en otras ocasiones de más enjundia. De esta última sección merece que no pasen inadvertidos «La sociedad abierta y el Estado democrático», «De la tolerancia» y «La sociedad abierta hoy», no exactamente porque introduzcan novedades reseñables en la ya asentada teorización popperiana, sino porque constituyen interesantes síntesis y puestas al día de su pensamiento, explicado además –al dirigirse a un público amplio, no especializado– en un tono asequible y sin erudición farragosa.
Esto mismo es lo que pretenden los otros dos libros de los que nos ocupamos en esta reseña: llegar a un público lo más vasto posible con la inevitable simplificación de conceptos y planteamientos, pero lo hacen con recursos tan desiguales que sus resultados no pueden estar, en opinión de quien esto escribe, en polos más antitéticos. En la que se presenta como Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental, José Javier Esparza y Anthony Esolen no tienen reparo alguno en acudir a la brocha gorda para defender unas convicciones más que razonables pero que, en sus manos, pierden buena parte de su fuerza y legitimidad por la palmaria ausencia de un mínimo rigor intelectual y, hasta me atrevería a decir, respeto a la inteligencia del lector. Ya desde la misma cubierta y contracubierta se manifiesta la voluntad de combatir el ideario progresista por el primario recurso de darle la vuelta sistemáticamente a sus tesis: si éste defiende, por ejemplo, el Renacimiento frente al Medievo, o ensalza el racionalismo ilustrado, aquí se dice que la Edad Media «fue un período pletórico de conocimiento, invención y arte» frente a un Renacimiento de «retroceso cultural», del mismo modo que la Ilustración condujo a la «violencia política» y el progresismo decimonónico llevó al totalitarismo y las devastadoras catástrofes bélicas del siglo XX.
El lector que se introduzca en el apresurado repaso histórico que contiene el libro irá tropezándose con perlas como éstas: «el relativismo moral dio al traste con la Grecia antigua» (p. 13); «Vivimos en una época afeminada. Insultamos a nuestros padres y nos felicitamos por ello» (p. 16); «Subir los impuestos es animar a un alcohólico dándole una copa, lección que Europa no termina de aprender» (p. 48). En relación con las enseñanzas bíblicas: «Que alguien le diga esto a José Bono y demás cristianos que están de acuerdo con el aborto» (p. 56); «Jesucristo: el activista de los derechos civiles» (p. 59); «Conocer a Dios nos da la ciencia» (p. 61); «Las glorias de Europa fueron creadas por la Iglesia» (p. 71). Defensa de los tradicionales «roles de género» frente a «las modernas nociones de igualdad» siguiendo las enseñanzas paulinas: «Las casadas están sujetas a sus propios maridos» (p. 87); «El Credo lo escribió un español» (p. 94); «La Edad Media fue la verdadera época del amor» (p. 99). Y no sigo porque la relación desbordaría literalmente esta revista. Permítaseme la guinda final, para enlazar con las consideraciones que luego apuntaré (y procúrese obviar la deficiente redacción): «Si Europa continúa por el camino del laicismo, y Norteamérica le sigue los pasos, se verá que ese camino no les conduce a una edad de la razón, sino a otra que resulta demasiado familiar: la edad de Lenin y Stalin, o bien otra edad de Mahoma» (p. 263).
Que la divulgación no debe confundirse con la trivialidad, ni la sencillez con la simpleza, ni –mucho menos– la esquematización con el maniqueísmo, nos lo demuestra Roger-Pol Droit en las cien escasas páginas de su Occidente explicado a todo el mundo, un texto elemental pero nada tosco que trata de explicar mediante una sucesión de preguntas básicas y respuestas concretas qué significa Occidente hoy en día. Con su «Cara amable, cara sombría» (capítulo 3), con sus aportaciones pero también sus errores y contradicciones, Occidente sigue sustentando hoy, dice Droit, uno de sus rasgos fundamentales: «la pretensión de mantener una verdad válida para toda la humanidad» (p. 69). No se busque a estas alturas una imposición a la vieja usanza: no se trata «de afirmar una superioridad cerrada, sino de proponer a los demás un modelo a compartir» (p. 38). Por eso, frente a las críticas –muchas veces fundamentadas– y frente a sus enemigos –muchas veces y más, hoy en día, fundamentalistas irracionales–, Occidente se presenta en la actualidad no tanto como el viejo «mundo blanco, cristiano, masculino, colonizador», etc., sino como «la idea sin fronteras de una modernidad en constante evolución». Laicismo, sentido crítico, libertad e igualdad de sexos serían los pilares fundamentales de este Occidente que no representaría ya tanto un país, «ni siquiera una civilización», cuanto «una dirección del espíritu» (p. 101).
Aunque Droit cita pocos nombres propios en su disertación, es obvio que buena parte de sus argumentos sólo se entienden a partir del sustrato popperiano. De la misma manera, la defensa final de Occidente frente a las amenazas actuales sólo puede concebirse a raíz del feroz odio antioccidental que ha avivado en la teoría y la praxis el fanatismo integrista (en este caso sí se cita a Al-Qaeda expresamente). Para Droit no se trata de retomar la ecuación Occidente igual a cristianismo (Esparza-Esolen sí abogan por ello), sino simplemente de reconocer que Occidente es «una forma de sociedad» basada en la libertad, la tolerancia, la racionalización y la innovación. Por ello mismo, por su propia existencia, aunque también por su éxito y anhelo de universalidad, la sociedad occidental despierta una implacable inquina en algunas cosmovisiones alternativas, particularmente patente hoy en día en una interpretación del islam que sólo se encuentra a sí misma en el contramodelo de Occidente. De ahí que hayan declarado una guerra a muerte a las personas, a las instituciones, a las ideas y a las costumbres occidentales: en el fondo, para ellos, la misma cosa. Nos encontramos, sugiere Droit, ante un desafío semejante al que se vivió en el lapso central del siglo XX, pues esta disposición integrista plantea en nombre de Mahoma un universo «que no es menos sofocante y totalitario que el de los nazis» (p. 100).
Popper murió antes de ver materializado este nuevo desafío, aunque ya dejó escritas unas advertencias inequívocas «contra los peligros del entusiasmo moral». Desde Mahoma, dice precisamente, «la mayoría de las grandes guerras que hemos librado» lo han sido «sobre alguna cuestión moral o religiosa» (p. 302). Pero enseguida apuntaba que ese entusiasmo prístino era también el que había servido de sustento a las guerras civiles y las grandes revoluciones, incluso las más «gloriosas de la historia», convirtiendo las más puras ideas reformadoras en caricaturas monstruosas: «No debemos olvidar que la crueldad de Hitler y de Stalin estuvo precedida por la crueldad de Robespierre, y que las ideas modernas y destructivas del nacionalismo y del comunismo son solamente las desafortunadas secuelas de las grandes ideas de libertad y fraternidad humanas» (ibídem). No sería exagerado afirmar que entramos así en una de las constantes del análisis popperiano, lo que podría llamarse la genealogía filosófica del totalitarismo.
El hilo que une Platón con Hitler, mejor dicho, la explicación del delirio nazi como materialización definitiva de la utopía platónica, es casi una obsesión, hasta el punto de que la «descabellada ecuación» –cito textualmente– «Platón = Hitler» aparece en distintas ocasiones, tal cual, a lo largo de estas páginas (véanse, por ejemplo, pp. 189, 194, 236, 239, etc.). En «La teoría del totalitarismo», una conferencia inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, Popper no puede ser más diáfano sobre el particular: «Platón fue el primero en responder y en dar expresión a una necesidad social real muy afín a la que más tarde respondió Hitler explotándola arteramente». La «sociedad cerrada», sigue argumentando Popper, da estabilidad y seguridad a los seres humanos. Precisamente por ello, cuando se descompone, produce una «conmoción terrible»: «El intento que Platón hizo por contener todo cambio social fue, por un lado, la expresión de una reacción ante la descomposición de la sociedad cerrada y, por otro, una tentativa de sanar aquello que consideraba un cuerpo social enfermo. Y el arrebato histérico de Hitler fue la extrapolación de una necesidad social real, esto es, del miedo creado por el Cambio Social, la Tensión de Civilización» (pp. 190-191).
A pesar del pánico que produce en muchos seres humanos el futuro incierto, Popper propone frente a las seguridades cerradas una sociedad en la que podamos «ser artífices de nuestro propio destino en lugar de sus profetas». Ya hemos hablado de la maldición de los profetas, sean filósofos como Platón, líderes religiosos como Mahoma o visionarios políticos, como Hitler o Stalin. De acuerdo, olvidemos a los profetas. Pero ahora queda la otra parte, la del hombre corriente que se atreva, por decirlo en los propios términos popperianos, a «llevar la cruz del ser humano», es decir, su radical incertidumbre. Reconozcamos que en el dilema entre libertad o seguridad, muchos de nuestros semejantes prefieren la segunda. «La idea de pertenecer a una comunidad, a una tribu, a un grupo cerrado [...], de ser protegidos por todos los demás miembros [...], de sentirse seguros y moralmente aprobados [...], todo ello parece ofrecer seguridad moral e intelectual a los débiles y [...] ejerce una gran atracción sobre quienes se sienten disconformes e insatisfechos en una sociedad libre, abierta y competitiva» (pp. 303-304). Por decirlo desde la orilla complementaria, de ahí el «extraño influjo» y la innegable fascinación que las teorías totalitarias ejercen sobre muchas personas. No parece que actualmente hayamos cambiado mucho y, si hemos cambiado, la defensa como panacea de los recursos estatalistas y colectivistas, por una parte, y la pujanza de los nacionalismos, localismos y tribalismos diversos, por otra, me lleva a pensar que no hemos cambiado para mejor. Hay que seguir leyendo a Popper.

01/01/2011

 
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