ARTÍCULO

Despertar a la libertad

 

El profesor Adrados empieza este libro lanzándonos su idea fundamental de la democracia: «Hay siempre una revolución en la base; luego un acuerdo, explícito o tácito, entre las clases: una conciliación».

El libro está dividido en dos partes: la primera estudia el origen de la democracia en Grecia; la segunda, las vicisitudes que va experimentando a lo largo de los siglos hasta llegar a la situación actual en que todos estamos de acuerdo en que no hay otra alternativa mejor para organizar la convivencia humana. Pero en el libro también puede descubrir el lector qué es necesario que pase en una sociedad para que la democracia sea posible, porque no todo lo que lleva la etiqueta «democrático» responde realmente a lo que es una democracia.

El punto de partida para el arranque de la democracia lo fija en el año 594 a. C. con las reformas de Solón y su eunomía, pero aún debía pasar casi un siglo hasta su implantación definitiva. Por en medio estuvo Pisístrato y sus hijos que con su tiranía contribuyeron al progreso económico de las clases menos favorecidas por la fortuna. En el 508 a. C., Crístenes, a su vuelta del destierro, pone en marcha su reforma política que significa el triunfo de la isonomía, «igualdad legal», de todos los ciudadanos; ya estaban los atenienses disfrutando de un sistema democrático, pero aún iba a avanzar más el sistema a mediados del siglo siguiente. En el año 462 a. C., las reformas de Efialtes llevan un poco más lejos la isonomía de Clístenes y ya se habla en la literatura de demokratía. Clístenes pagó con su vida sus reformas; fue asesinado el mismo año. La historia dio muchas vueltas hasta que los gobernantes de los pueblos (reyes o no) aceptaron que el origen del poder no es de naturaleza divina, sino que reside en el pueblo. Para los atenienses estaba perfectamente claro que el poder residía en la asamblea popular, la ekklesía, de ella emanaban todos los demás poderes y a ella rendían cuentas. Luego, se vuelve atrás y los reyes y emperadores vuelven a ostentar el poder en nombre de la divinidad e incluso se les convierte en dioses vivientes. A partir de esa misma fecha (462 a. C.) aparece en escena la figura de Pericles. Con algunos altibajos, la democracia se mantiene hasta el año 323 a. C. en que Atenas es derrotada definitivamente por la monarquía de Macedonia.

El profesor Adrados es un profundo conocedor de los clásicos y pone empeño en desvelarnos la literatura predemocrática y democrática. Trata de entrar en el pensamiento de cada una de las figuras culminantes de este proceso y poner al alcance del lector sus ideas políticas: en el caso de Solón a través de sus propios escritos, en los demás, a través de la literatura contemporánea. La interpretación de las tragedias de Esquilo en clave de literatura política al servicio de la democracia me parece genial. Pero en general trata de resaltar todo lo que hace referencia, en el conjunto de la literatura contemporánea, al nacimiento de la democracia.

Esta primera parte del libro es profunda, densa, abundante en datos y bibliografía. Pues bien, es ese estudio tan profundo de la democracia ateniense saca conclusiones que se van convirtiendo en axiomas políticos con el paso de la historia: el aumento del nivel económico de una sociedad le lleva a la exigencia de un progreso político, surge una revolución que con un acuerdo puede desembocar en una democracia. En todo caso, si no hay acuerdo, no hay democracia. El lector llegará a la conclusión de que los griegos (además de otras muchas cosas: teatro, filosofía, medicina, farmacia, astronomía, etc.) también son los inventores de la democracia.

La segunda parte del libro nos lleva de la mano desde Roma a nuestros días. En Roma, realmente no hubo nunca democracia tal como la entendieron los atenienses. Primero estuvieron gobernados por reyes a los que siempre consideraron tiranos, después (desde 509 a. C.) tuvieron una república gobernada por una oligarquía y el año 27 a. C., Octavio recibe el título de Augusto, con lo que se inicia un poder personal que dura hasta el final del Imperio. No hay democracia. A finales de la Edad Media hubo ciudades libres en el norte de Italia, Suiza... La revuelta de la Comunidad de Castilla contra la opresión de Carlos I fue un intento de democratización. Quedó aplastada en 1521. El año 1688, fecha en que el parlamento de Inglaterra se hace dueño de la soberanía, y el 1776, fecha de la declaración de independencia de Estados Unidos, marcan el arranque de las democracias modernas hasta llegar a nuestros días. Este libro está escrito por un señor que no tiene necesidad de atenerse a lo que es políticamente correcto y libremente y sin rubor dice algunas verdades que otros han tratado de silenciar. En este libro se dan unas interpretaciones bastante personales de la Revolución francesa (que no alcanza un acuerdo o conciliación y termina en un poder personal con Napoleón), la Revolución rusa de 1917 y de la segunda república española. Hay algunas afirmaciones que puede que no sean compartidas por todos. Por ejemplo, en el año 1931 llega la segunda república española como «resultas de unas elecciones que no la autorizaban». Ahora bien, el rey al marcharse deja el campo libre y hay que ocupar el vacío de poder por lo que todo el país entiende que tiene que ser por una república. Es fuerte y además me parece verdad: las fuerzas políticas presentes en la segunda república no eran democráticas, ni los de izquierdas, ni los de derechas. Como dice el profesor Adrados, no había habido pacto. Tampoco había otras muchas condiciones importantes para que la república desembocara en una democracia. Los políticos no representaban lo que el pueblo quería, igual que los redactores de la Constitución de 1812 no hacían política real, sino ficción; tenían una España en su cabeza que no era la real. Hablaban todos de revolución y nada de democracia, de pacto, de conciliación. Así nos fue. El pueblo español tuvo que pasar una guerra civil y soportar una dictadura hasta poder instaurar realmente la democracia. Pone el dedo en la llaga de todos los problemas que conviven con nuestra democracia: paro, terrorismo, inseguridad, problemas de equilibrios territoriales y poderes autonómicos. Y desde su independencia también dice lo que piensa de los sindicatos y de todo lo que se mueve alrededor de la democracia.

Como el autor apunta, esta segunda parte no tiene la profundidad de la primera. Pero es una excelente panorámica de lo que ha sido el despertar del mundo occidental a la libertad, de cómo el recuerdo de la democracia griega y de la república romana no ha desaparecido nunca del pensamiento político de los pueblos europeos. Nos recuerda cómo los padres de la libertad y de la democracia bebían directamente de las fuentes griegas y latinas. Es un libro importante para ser leído con detenimiento y anotado. Además de decir, sugiere. Para quien quiera profundizar en alguno de los aspectos que va tocando, tiene una amplísima bibliografía.

01/09/1997

 
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