ARTÍCULO

Volare, volare

Anagrama, Barcelona, 1996
Trad. de J. A. González Sainz
 


Ya en su primera novela, El estadio de Wimbledon, dedicaba Del Giudice media docena de páginas a describir un viaje en avión. En aquellas páginas podría estar el germen o el anuncio de su último libro, Despegando la sombra del suelo. Allí el narrador describía el trayecto como si hubiera renunciado a su condición de pasajero y adoptado la de piloto: utilizando el lenguaje de la aeronáutica, transformaba el vuelo en una abstracción, un recorrido imaginario por una serie de líneas ideales que enlazaban las distintas estaciones VOR y concluía en una catástrofe aérea, también imaginaria, en la que la muerte se presentaba como «una mutación generalizada de nuestra cohesión celular». El episodio terminaba de la siguiente manera: «Y luego hemos aterrizado como siempre: con un sobresalto y un suspiro».

A la luz de aquellas páginas, Despegando la sombra del suelo podría interpretarse como una reflexión indirecta sobre el miedo a volar. Un miedo al que el propio Del Giudice alude sólo una vez (cuando lo define como un «sentimiento sano y coherente»), pero que se nos aparece como indisociable de la propia pasión por el vuelo. No en vano, uno de sus capítulos narra minuciosamente una nueva catástrofe aérea, mientras en otro asistimos a la irónica y fantasmal aparición de dos pilotos condenados a conversar eternamente sobre las circunstancias que rodearon a su mortal accidente. Pero no sólo de ese miedo trata esta nueva y singular obra. El vuelo se nos presenta como una especie de viaje mental, y las páginas de Despegando la sombra del suelo nos invitan a un viaje similar, un viaje que se diría acompasado por el ritmo que adquieren los pensamientos del piloto en la sociedad de su cabina. En Despegando la sombra del suelo, Del Giudice nos habla, por ejemplo, de la antigua épica de la aviación y su actual imposibilidad, del vuelo como metáfora de la vida, de la relación que se establece entre el joven piloto y su instructor, de la eterna aspiración del ser humano a elevarse y despegar su sombra del suelo...

Del Giudice se eleva unos cuantos miles de metros para adoptar un nuevo punto de vista sobre las cosas y formularse allá arriba una serie de preguntas que, formuladas aquí abajo, obtendrían unas respuestas bien distintas. En buena parte de este libro el vuelo tiene por tanto el mismo carácter de abstracción que ya tenía en El estadio de Wimbledon, y no resulta difícil ver en él una metáfora del aprendizaje y del saber, aunque la pregunta esencial, la que parece animar la totalidad del texto, sería cómo aplicar ese saber a la vida. Es ésta precisamente una obra de altísimo vuelo, y pocos autores han sabido ensamblar narración y pensamiento con la naturalidad y la finura con que Del Giudice lo ha hecho.

01/02/1997

 
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