ARTÍCULO

Sin luz ni oscuridad

 

La poesía de José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929), compuesta por trece poemarios, abarca la segunda mitad del siglo pasado y lo que llevamos de este, y está lejos de haber concluido, a juzgar por los «Poemas para un libro aún sin nombre» que concluyen Desolación y vuelo (y que son víctimas del extendido error consistente en atribuir nombre –algo, hasta hace poco, propio de las personas– a los libros, en lugar de título, que es lo que siempre les ha correspondido). Esta larga trayectoria poética mantiene una coherencia singular desde sus entregas iniciales, como revela la semejanza del título elegido para esta obra completa con «el vuelo y la caída» incluido en uno de los sonetos de Ocasión donde amarte, su primer libro, publicado en 1953. Pese a esta continuidad de las técnicas y los asuntos, la escritura de Corredor-Matheos no está exenta de matices e inflexiones, que traslucen su propia evolución vital. A los sonetos amorosos, de factura garcilasiana, emparentados con la lírica neorrenacentista de posguerra, de Ocasión donde amarte –cuyas frases breves e imágenes ceñidas, no obstante, prefiguran la poesía ascética que cultivará después el autor–, se suman las composiciones de Ahora mismo (1960), cuyo tono ya ha cambiado. Se trata, ahora, de poemas con aires rurales y contención machadiana –una «fuente / dentro del corazón» recuerda a la fontana que fluía dentro del de Antonio Machado, en «Anoche cuando dormía»–, una moderada melancolía –que lleva al poeta a evocar escenas familiares, con campanas que tañen, y pan y vino en la mesa–, un simbolismo también sin estridencias, e incluso cierta religiosidad. Sin embargo, estos poemas próximos y, a menudo, minúsculos buscan la trascendencia. Abundan, en este sentido, las puertas, las ventanas, los pasos: todo cuanto denota una voluntad de cambio, o de huida, un larvado desajuste con el mundo, o con el propio ser. Esta fisura en los paisajes y los mecanismos expresivos del primer Corredor-Matheos se agranda, hasta el punto de configurar una nueva etapa poética, en sus dos siguientes volúmenes, Poema para un libro nuevo (1962) y Libro provisional (1967). Vertida en «palabras sencillas / para que entiendan todos» –que se agrupan en sucesivos pizzicati de sintagmas muy breves y en versos igualmente lacónicos, de cinco y siete sílabas–, se manifiesta una inquietud existencial, una incomodidad subjetiva que no halla respuesta ni solución, estimulada por una realidad ominosa y un interior sin certezas. Es este un existencialismo abstracto, arreferencial –salvo el correlato objetivo de la lluvia, metáfora de la tristeza–, que se radicaliza en Libro provisional, a pesar de lo cual subsiste cierta fe en la vida, cierta voluntad de perduración, ante los espejismos de la esperanza, ante el sueño y la sombra. Esta convivencia entre amor y dolor, este nihilismo que se acompasa con instantes de rara plenitud, de comunión con el cosmos, reaparecerá en los libros finales de Corredor-Matheos, tras la hondonada existencial de Carta a Li Po y Y tu poema empieza. Entre ambos títulos, encontramos Montserrat (1962), un excurso monástico que acredita el proceso de depuración creciente de su palabra, y, después de ellos, La patria que buscábamos (1971), un libro que aúna el lenguaje pugnaz de la poesía social, en sintonía con el realismo reivindicativo de la década anterior en España, y, de nuevo, la cercanía doméstica y los recuerdos familiares, con poemas en memoria de sus padres –el dedicado a la muerte de la madre está escrito en unos curiosos tercetos en endecasílabos monorrimos– y a los propios hijos.

Carta a Li Po (1975) es, probablemente, el poemario más celebrado de José Corredor-Matheos, y en el que cuajan, con más hondura, su cosmovisión y su estilo. Con obvias influencias orientales –que empiezan por el título, en el que se invoca al poeta inmortal de la dinastía Tang, traducido por Pound y hoy conocido como Li Bai–, Carta a Li Po afirma la voluntad de anulación y el ansia de vacío. La primera supone la renuncia a la identidad y la abolición de todo deseo; la segunda, la entrega al goce de la inexistencia. Una sensación omnipresente de soledad, de reiteración inane de todo, de vacío y desolación –una desolación minuciosa, pero sosegada–, preside el poemario. Las aguas –los ríos y la lluvia– simbolizan el tránsito obligado y el olvido deseable, y la lucha entre esa voluntad de desaparición y la realidad tenaz del cuerpo, la pesantez de un mundo ineludible, se plasma en frecuentes paradojas, uno de los recursos retóricos preferidos de Corredor-Matheos, o en inversiones constantes, que conducen al absurdo. La dicción despojada, transparente, se adelgaza hasta extremos que solo superarán, después, algunas piezas de Jardín de arena, con versos de una sola palabra, o incluso de una sola letra. «Sumar [...] / siempre es restar», sostiene el poeta, parafraseando el célebre «menos es más», de Mies van der Rohe. Establece, así, un paralelismo radical entre la ingravidez del ser y la del texto: ambos han de carecer de peso. Pero el verso no solo ha de ser sencillo y desnudo –resultado, en fin de cuentas, de una actividad astringente–, sino que su simplicidad tiene que hacerse seminal, surgir del propio núcleo de la creación, sin operación consciente alguna por parte del poeta: ha de brotar puro, impensado, respiratorio, porque sí. Y tu poema empieza (1987), por su parte, ahonda en la conciencia de la finitud, y describe a un yo henchido de vacío, sin ser, extraviado en un mundo impenetrable y siempre cambiante, y en su devastadora irrealidad. 
Pero en la década de los noventa, José Corredor-Matheos inicia una nueva fase de su producción, moderando el ímpetu corrosivo de su existencialismo taoísta. En Jardín de arena (1994), otro título que revela las influencias asiáticas –el jardín de arena es el jardín zen–, como los haikus de la quinta sección, muchos poemas son contemplativos o, mejor dicho, auscultativos: el poeta, sentado, tumbado, mira o escucha –el mar, el campo, el cielo–, sin hacer nada, sin aspirar a nada. Con frecuencia lo hace por la ventana –con parecida voluntad de huida a la de sus poemas juveniles, pero con menor o ningún dinamismo–, o desde un tren, cuyo alejarse es el alejarse de la vida. Y en esta contemplación vuelven a aparecer los aromas de la infancia, que acompañan su percepción estupefacta del mundo. En Jardín de arena, quien mira y lo mirado establecen un diálogo silencioso, no exento de benevolencia. 
Tras Canciones para Judit (1998) y Para Marta (2001), dos intrascendentes conjuntos de nanas, El don de la ignorancia (2004) subraya, como es evidente por su título, el regalo de no saber, de trascender toda ciencia, como quería la mística, otra poesía de reconocible influencia en Corredor-Matheos. De este modo, desprendiéndose del conocimiento de las cosas, el poeta se libera de su atadura, y de sí mismo. Pero el mundo sigue siendo inextricable, como nosotros, y así lo reflejan los poemas circulares, cuyos elementos conducen unos a otros, sin salida, y cuya resolución solo puede ser la paradoja, o un final donde el epifonema o la pregunta retórica, que Corredor-Matheos practica con brillantez, sustituyan toda posibilidad de desenlace. Por último, Un poema que va por el jardín (2007) culmina este proceso sucesivo –aunque también, en buena medida, paralelo– de desquiciamiento existencial y de meditada aceptación de la existencia, conforme esa existencia se atenúa y se aproxima a su final. El poemario muestra, incluso, cierto tono de alegría, o de dolor semejante a la alegría. El yo poético se identifica con los seres del entorno –una paloma, un calcetín, un perro–, culminando su perseguida fusión con el mundo, pero mantiene, a la vez, una cuota de disgusto, de fractura con la realidad, que se plasma en una serie de motivos otoñales y, sobre todo, en un yo que se disocia: que se aleja y que, simultáneamente, permanece, una paradoja prefigurada en El don de la ignorancia, donde lo quieto, lo arraigado, se mueve, y lo móvil –los pájaros, el aire– se detiene y entraña.
La edición incorpora también otros poemas, no sabemos si inéditos, escritos entre 1979 y 2009. Son, en su mayoría, sonetos circunstanciales, algunos de los cuales pretenden ser humorísticos. Todos son prescindibles, incluso el que, mera pirotecnia versificadora, homenajea al célebre «Después de todo, todo ha sido nada», de José Hierro. No se comprende su inclusión en el volumen, salvo un acrítico prurito recolector. Fuera de ellos, Desolación y vuelo constituye el revelador panorama de un poeta de porte discreto, pero de altura eminente, en la poesía española de la segunda mitad del siglo xx.

01/10/2011

 
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