ARTÍCULO

Desescritura

Plaza y Janés, Barcelona, 1998
121 páginas
 

Él (el narrador, se entiende) es un escritor en plena crisis que decide aislarse en una casa de campo durante una temporada. Allí inicia un epistolario imposible dirigido, en principio, a Corina, la mujer con quien acaba de romper sentimentalmente. En esas cartas deja constancia de su fracaso amoroso, de su actual marasmo espiritual, de las acechanzas nocturnas de una sombra que encarna su lado oscuro y de la aparición en su vida de Claire, una nínfula parisina que le subyuga y que, finalmente, perece a manos de la sombra destructora.

Más que por la inexistente sustancia de la peripecia narrativa y sus derivaciones vagamente simbólicas, más que por las inanes reflexiones del narrador, el interés del lector se ve inmediatamente reclamado por otros focos de interés, no por execrables menos dignos de recordación. Porque no es cosa baladí ni de poco momento el alarde sistemático, rayano casi en el virtuosismo, con el que se perpetran diversos atentados contra la puntuación, la sintaxis y la propiedad léxica («Pensaba que había fuerzas del bien y del mal en perpetua contingencia...», dice el narrador, y no «contienda», en la pág. 29). Como tampoco hay que olvidar el empeño (pues sería milagro que en ello no anduviera una poderosa voluntad) en no dejar ni un triste rastro de algo a lo que llamar estructura, más allá de la aturullada yuxtaposición de cartas. Añadamos que, en mitad de sus desahogos digresivos, la voz narradora encaja de cualquier manera pasajes narrativos, y que acostumbra a equivocarse de perspectiva temporal (unas veces los sucesos que vive el escritor en su retiro se relatan desde la inmediatez, pero otras como algo de lo que le separa un cierto tiempo), dejando al lector confundido y enojado. El resultado es, utilizando la expresión de otro novelista actual, un verdadero ejercicio de desescritura.

Corazón negro, la última novela de Daniel Múgica, es un ejemplo de desescritura porque en ella, al contrario de lo que cabría esperar de sus planteamientos iniciales, no asistimos a la creación de un personaje narrador cuya complejidad dote de credibilidad y sentido a la presunta estructura epistolar. Sólo encontramos una voz que desgrana sin tregua sus opiniones –manidas, por cierto-sobre asuntos variopintos, una voz que, mediante un discurso fragmentario y caótico, pretende sin éxito disimular su inconsistencia. Corazón negro es una novela desescrita por su superficial abordaje del tema del doble, por el deambular narrativo que nada dice y a ninguna parte va, por la ausencia de intensidad. La caracterización psicológica se resuelve con el emplasto simplista de un trauma (caso de Claire, repetidamente violada por su padre), y el ejercicio de la memoria se reduce a un desfile desmañado de postales lastimeras o dichosas (¡cuánto daño ha hecho París a la imaginería amorosa!). Todo eso es desescritura en estado puro, como lo es la inclusión de recortes periodísticos o de la reseña de algún libro, sin más objeto presumible que el de rellenar páginas.

Desescritura es, en fin, la práctica de un estilo basado en la pobreza sintáctica y en la extravagante metaforización de sentimientos o situaciones. Desescritura es el término exacto, aunque alguien que se acerque a estas páginas puede proponer el de «subliteratura». Qué oprobio para la subliteratura. Lo que bajo este marbete se suele incluir puede que no sea arte, pero al menos demuestra el cuidado de un saber hacer, el conocimiento de unas reglas y la utilización de unos instrumentos. La obra desescrita, sin embargo, desprecia orgullosamente los moldes, el utillaje narrativo convencional y hasta el decoro lingüístico, pero sólo para ocultar la ausencia de ideas y disimular deficiencias formales. Por eso, aunque ya lo quisiera ella, la desescritura nunca será sinónimo de heterodoxia o transgresión literaria, y sí de falta de compromiso con la propia literatura.

01/05/1998

 
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