ARTÍCULO

Desechos de un mundo flexible

Gedisa, Barcelona, 160 págs.
Trad. de V. A. Boschiroli
 

Sin carácter y sin transpiración moral: así dicen Sennett y Bauman, respectivamente, que nos vamos quedando en la era del capitalismo flexible. Se objetará que exageran para hacerse oír mejor o que, tal vez, se han dejado arrastrar por el patetismo a que son tan dados los voceros progresistas. Pero atienda el lector a las historias y escenas que se nos narran y de las que emergen esos diagnósticos.

Atiéndase a la historia de Rico, tal como la disecciona Sennett. Rico es un triunfador en la era de la flexibilidad: se ha movido de aquí para allá, cambiando de trabajo y residencia, para culminar su errancia alcanzando el estatuto de propietario de una empresa dedicada a la asesoría técnica. Y tanta peripecia la ha vivido de la mano de una dinámica esposa, tan juncal, emprendedora y abierta a los vientos que corren, como él. Tiene vástagos, por los que se preocupa y a los que intenta proporcionar una buena educación. El confort de su grupo familiar es inequívoco y va mucho más allá de lo que pudieron soñar los pobres emigrantes de los que Rico y los suyos descienden. ¿No basta todo esto para hacerle sentirse pleno, enraizado y «realizado»? Pues parece que no basta, y el sutil Sennett se encarga de mostrarnos cómo Rico está atenazado por temores muy hondos: el temor de estar quedándose irremisiblemente atrás en una carrera en la que siempre alguien te adelanta, el temor de no saber qué decirles a sus hijos para que no degeneren en «ratas de centro comercial», el temor de ser absolutamente prescindible tras haber logrado ser esa aparente obra de sí mismo. Rico sufre la corrosión del carácter que da título al libro de Sennett: una falta de seguridad, de vertebración, de arraigo, de proyecto; la imposibilidad de ir recogiendo todo lo que le ha ido sucediendo como hitos de una historia que se va desarrollando y lleva a alguna parte. Aceptemos, pues, que el diagnóstico de una nueva humanidad a lo Musil, sin rasgos de carácter (ohne Eigenschaften), no carece de sentido en el vaivén del mundo del capitalismo flexible.

Pero ¿qué decir de esa falta de transpiración moral de la que implícitamente habla Bauman? ¿Qué significa? ¿Es algo más que una metáfora infeliz por lo grosera? Pues Bauman propone que estamos cayendo en la «adiaforización» de la acción, utilizando para tal diagnóstico un término (adiaphoron) que proviene del lenguaje tradicional eclesiástico para dar cuenta de las acciones que no son ni buenas ni malas, sino indiferentes desde un punto de vista moral. En razón de esto, se deja de lado nuestra capacidad para evaluar moralmente la experiencia y, al modo de los enfermos de adiaforesis, se nos cierran los poros que permiten que la moral transpire. Un mundo adiaforizado es así un mundo neutro moralmente, evaluable tan sólo en otros términos (estéticos, de eficiencia); un mundo en el que no se mira al otro a los ojos porque está distante, ha perdido la cara; un mundo sin transpiración moral. D

e ese mundo Bauman no nos presenta historias completas, sino datos y escenas. Y los comenta con dureza: «los marginales afean un paisaje que, sin ellos, sería hermoso» (pág. 104); «la "clase marginal" está formada esencialmente por personas que se destacan, ante todo, por ser temidas» (pág. 104). Consideraciones de este tipo nos ponen ante la experiencia cotidiana de la adiaforización. Y resulta que la cosa habla de todos nosotros, pues el bloqueo de la transpiración moral lo vivimos día a día al impacientarnos porque el semáforo no cambie a verde mientras vemos que el pobre en él emboscado se nos va acercando con sus pañuelos, ambientadores, semanario marginal o algún papelillo con miserias mal escritas que nos intentará colar por la ventanilla tan casualmente cerrada. Es la experiencia del pobre que deja de dar pena, para provocar una mezcla de miedo e irritación; la experiencia del nuevo pobre sin sentido que ensucia el paisaje urbano; el pobre que no se nos debería interponer en el semáforo estratégico y del que nos libramos mentalmente nada más llega la luz verde y huimos de tanta extorsión. ¿Dónde están los sentimientos morales? Higiénicos, recién duchados, no transpiramos. Lo sabe el hipócrita lector; lo sabe el hipócrita que esto escribe. Bauman se limita a decírnoslo en voz alta.

Pero convenientemente autoflagelados, intentemos entender. En Holocausto y modernidad, un libro que en su momento reseñó Miguel Beltrán en esta revista, ya proponía Bauman que la modernidad estaba dotada de una profunda ambivalencia que se había expresado espectacularmente en el proyecto genocida nazi con el que se procedió a exterminar, al modo del burócrata weberiano, sine ira ac studio, es decir, de forma metódica, fría, eficiente y racional, sin aspavientos emocionales, a los que en el momento aparecían como chivos expiatorios de los males de la patria. Ahora lo que Bauman nos cuenta es una historia larga de cómo la modernidad intentó autodisciplinarse recurriendo a la ética del trabajo para, en la era posmoderna de la flexibilidad, es decir, hoy en día, vertebrarse a partir de la estética del consumo. No propone que antes no hubiera consumidores y ahora hayan desaparecido los trabajadores. Trabajadores, consumidores y pobres –pues este es el colectivo que interesa especialmente a Bauman– los ha habido y habrá siempre. Lo que en la historia cambia es su estatuto y su significación. El sobrio consumidor del siglo XIX era definido como un trabajador que ganaba el pan con el sudor de su frente y que encontraba en el nuevo trabajo industrial la fuente de su moralización, de su conversión en ser humano digno de tal consideración. ¿Y el pobre? Pues el pobre quedaba reducido a ser alguien que, por una perversión de carácter, se negaba a trabajar, empecinándose en el vagabundeo, la indolencia y la idiocia. Pero el destino de ese sujeto asocial estaba claro: había que meterlo en cintura para convertirlo en un trabajador industrial. La pobreza era punto de partida o estación de paso, nunca destino sin salida. Por lo menos así aparecía en el imaginario social de la época.

Con el capitalismo posmoderno, flexible y de consumo las cosas cambian radicalmente. El principio de vertebración y legitimación del nuevo mundo ya no es el trabajo, sino el consumo. El trabajo deja de tener un valor moral en sí para convertirse en un simple instrumento para acceder a una renta que permita un nivel de consumo lo más alto posible. Y la experiencia del mundo de un sujeto definido como consumidor se convierte básicamente en estética: un rosario de vivencias de consumo que han de ser gratificantes en sí y por sí mismas, que no dejan memoria y que quedan a la espera de su perpetua y errática renovación. En un mundo así, el pobre deja de ser un no-trabajador para convertirse en un no-consumidor. No quiere esto decir que se prescinda totalmente de la moralina que lo acusa de una empecinada resistencia al trabajo. Ésta sigue repitiéndose, pero ya como sermón moral vacío, pues se sabe y reconoce, en unos casos, que no hay trabajo para todos, o, en otros, que habiendo trabajo éste no puede librar al trabajador de la pobreza.

El pobre se convierte así en un desecho del mundo de la flexibilidad y la estética del consumo. Forma parte del colectivo heterogéneo de la clase marginal o de la sub-clase en la que se apilan todos aquellos que no dan la talla en un mundo de competencia globalizada en el que alguien lo gana todo y algunos se quedan sin nada. ¿Qué se puede hacer con un colectivo así que ensucia las ciudades y del que nada bueno podemos esperar? Parece que lo que se hace es invisibilizarlo o, todo lo más, convertirlo en problema policial. Y lo que teme Bauman es que al hilo de esta política de rechazo nos precipitemos en la idea del punto final, pues un mundo sin transpiración moral puede muy bien erradicar eficientemente aquello que le perturba y para lo que no es capaz de imaginar una solución que vaya más allá del mercado, el trabajo asalariado y la experiencia del consumo.

El libro de Sennett no traza un itinerario histórico tan largo y es ciertamente menos apocalíptico en su tono. Se queda en la observación del mundo contemporáneo del trabajo para ofrecernos un diagnóstico de los cambios que están ocurriendo. Muy pegado al terreno, cuenta y disecciona historias particulares de trabajadores que concibe como modélicas de las cosas que ocurren tras la revolución económica de la flexibilidad. Es la historia de Rico, a que antes se aludió, pero también la de los trabajadores descualificados y a tiempo parcial de una panadería de Boston, o la de Rose, la propietaria de un bar neoyorquino que se aventuró y fracasó como ejecutiva media en el campo de la publicidad, o la de unos ingenieros ya talludos de la IBM que sufrieron los rigores del «adelgazamiento» de su empresa. Son historias triviales, cotidianas, representativas de experiencias muy extendidas en nuestro mundo. Lo que al hilo de ellas pretende Sennett es fijar la significación de lo que está ocurriendo con el trabajo en la actualidad. Y al hilo de esta empresa, centra su atención, entre otras cosas, en los cambios temporales sobrevenidos y en la emergencia de un mundo que se vive como riesgo.

Sennett destaca que, en términos temporales, desaparece la idea de carrera y con ella el horizonte de futuro, las expectativas a largo plazo. Toda experiencia laboral es un agujero negro que colapsa sobre sí mismo e impide una conexión de sentido con lo que viene antes o sigue después. No es que se viva el presente como opción, sino que no queda más remedio que dejarse arrastrar por un presente desligado, huérfano de memoria y de espera. Todo esto se encarna en la experiencia de un mundo vivido como riesgo. Y se trata de una vivencia del riesgo que se aparta mucho de su idealización como tiempo de la oportunidad. El riesgo, en realidad, es vivido como destino al que se está arrojado y en el que se teme el hachazo de la desgracia o la pérdida súbita e impredecible. Ciertamente, en los discursos hegemónicos, el mundo como riesgo es exaltado como oportunidad emancipatoria para acceder a una madura administración de la propia vida, lejos de tutelas, dependencias o rutinarias seguridades, pero esa retórica, asegura Sennett, es vacía y destructiva. Los que creen en ella acaban siendo sus víctimas. Y esas víctimas, esos desechos del riesgo y la flexibilidad, deambulan por el mundo como sujetos huecos, sin raíces, sin carácter, incapaces de reconducir a una historia que se desarrolle y tense hacia el futuro lo que son migajas mínimas de experiencia desvalida.

Sería injusto limitar a lo ya expuesto el contenido de estos dos libros tan emparentados por su temática, su tono de denuncia y su formato ensayístico. Como críticos del mundo socioeconómico actual, Sennett y Bauman no se limitan a mostrar sus lacras, sino que también se atreven a conjeturar su futuro o a proporcionar indicaciones sobre su reforma. Bauman propone un mundo de pos-trabajo y pos-consumo en el que no imperen la lógica unilateral y socialmente lesiva del mercado y la identificación del trabajo con el trabajo asalariado. Para conseguirlo apuesta por una reforma fuerte que introduzca una renta básica generalizada a toda la población con independencia de su situación laboral. Sennett, más cauto, se limita a insinuar la posible reconfiguración de la experiencia del trabajo en razón de la resistencia de los trabajadores a la desposesión de identidad que están sufriendo. En cualquier caso, y más allá de sus diferencias, lo que uno y otro proclaman es que, por muy compacto e irremediable que nos pueda parecer, ese mundo del capitalismo flexible y sus desechos humanos no constituye un destino inevitable.

Estamos, pues, ante dos exponentes de una sociología crítica que desvela los costes sociales y humanos del emergente mundo de la flexibilidad laboral y sus repartos de riqueza. No creo que vayan a ser muy atendidos porque sus posibles destinatarios no están para muchas lecturas y los otros, los que no se ven retratados en esas páginas, abominan de impúdicas reflexiones sobre transpiraciones morales o de sutilezas sobre la desvertebración del carácter tras la nueva configuración del trabajo flexible. Y sin embargo deberían conseguir atención y ser objeto de debate. Así me parece porque, más allá de su tono moralista, estos dos trabajos son relevantes investigaciones sociológicas que nos ponen ante los ojos serios problemas sociales de la actualidad y su inmediato futuro. En efecto, Sennett no apuesta principalmente por provocar escándalo moral al retratar la pobreza de carácter de los sujetos que estudia; la tarea que emprende es más bien la de desvelar lúcidamente qué problemas enfrenta el nuevo sujeto flexible para constituirse propiamente como agente. A su entender, ese nuevo espécimen humano no cumple con los mínimos que ya Aristóteles suponía como condición para que los hombres puedan actuar como tales: la consolidación de un carácter que solidifique, arraigue y dé sentido a los cursos de acción a los que el mundo nos arrastra. Lejos de esto, el sujeto juncal es caña expuesta a vientos intermitentes y de dirección variable o, todo lo más, eventual soporte de una historia posmoderna de balbuceos y fragmentos. Por su parte, Bauman, aunque tiende a adoptar el tono de la profecía del infortunio, no plantea exclusivamente un problema moral. Advierte, eso sí, que la deriva de la racionalización del mundo puede arrastrar a la neutralización de los sentimientos morales más básicos del ser humano, pero tanto su análisis como su crítica de la contemporaneidad posmoderna son básicamente económicos y políticos. Pero ¿de qué economía y de qué política habla? Ciertamente de la economía y la política oficializadas y visibles, pero también de esas expresiones desatendidas e invisibilizadas que constituyen el lado oscuro y siniestro de una realidad llena de recovecos y pliegues. Poniendo ese lado oscuro ante la vista, Bauman consigue que pensemos radicalmente los dos problemas sociales fundamentales del mundo en que vivimos: la génesis y distribución de la riqueza social y la aseguración de las condiciones que hacen posible la existencia de una ciudadanía activa y responsable.

01/11/2000

 
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