ARTÍCULO

Feliz como un judío en Rumanía

Aletheia, Valencia
Trad. de Joaquín Garrigós
250 pp. 20 €
 

Soy un hombre apaleado. Eso es todo lo que queda... Soy un hombre apaleado y el mundo no se para por eso», escribe Mihail Sebastian desde las primeras páginas de su novela y al lector le recorre ya un escalofrío. Lo que cuenta el autor en este momento del libro no es, sin embargo, otra cosa que la vida cotidiana de los estudiantes judíos de la ciudad de Bucarest en los años veinte. Estamos aún lejos de los regímenes pronazis de Goga y de Antonescu, o de la Segunda Guerra Mundial. Los alumnos «vuelven por la tarde de la facultad [...]. Ha sido un día duro [...]. Por la noche, M. W. ha hecho la lista de los apaleados [...]. Sólo me dieron con el bastón, un buen golpe en el hombro izquierdo [...]. Le he dicho que me borre [de la lista]».
En las últimas seis palabras está contenida toda la actitud del autor en relación con la suerte hasta entonces sencillamente humillante vivida por los estudiantes judíos condenados a esquivar los golpes o a deslizarse de manera furtiva para entrar inadvertidamente en las aulas y seguir normalmente sus cursos: no quejarse, negar la ofensa: «¿Y la paliza de la universidad...? ¿Es que le pegaron?», pregunta alguien. «¿Qué paliza? Nada en absoluto».
Esta novela no es la narración de abusos antisemitas «ordinarios» o extraordinarios, sino la de la resistencia de un ser humano a verse confinado en el papel de víctima, en una identidad que rechaza. Aún más: a tener que solidarizarse, a fundirse entre el grupo de víctimas, judíos en este caso, y perder así parte de su individualidad. Ser «como ellos, un individuo que se compadece y se consuela a sí mismo. Cordialidad judía, cosa que odio [...]. Si me pegan es asunto mío». En los años treinta, el joven reencontrará a algunos de sus compañeros de estudios, aquellos que lo molían a golpes con palos y con barras de hierro. Podrá comprender al menos intelectual de entre todos ellos, pero no comprenderá al estudiante racionalista e ilustrado que humillaba al judío simplemente para crear un caos prerrevolucionario. «La causa más verdadera es también la menos admitida», escribe TucídidesTucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, I, XXIII, 6..
A partir de ahí arranca todo el recorrido del autor a través de su personaje, buscando su camino y su identidad entre las diferentes corrientes de pensamiento, a través de sus profesores o de los intelectuales de la época, con cada uno de los nombres de los personajes de la novela recuperando a una personalidad rumana muy real. Así, el profesor Ghita Bildaru, cristiano ortodoxo de tendencias místicas y futuro ideólogo de la Guardia de HierroOrganización xenófoba y antisemita que practicaba un terrorismo místico y nacionalista, un agresivo fundamentalismo cristiano ortodoxo (nota de Norman Manea)., representa al escritor Nae Ionescu; el nihilista de extrema derecha Pârlea (Cioran); Vieru (Camil Petrescu), el estudiante lúcido, racionalista y rebelde; S. T. H. (Belu Siver), el comunista exaltado, que en la vida real será encarcelado durante varios años por sus amigos comunistas llegados al poder, o incluso el viejo Abraham Sulitzer, que representa aquí la tentación de la inmersión en la cultura yiddish de la diáspora y el sionismo incipiente.
Lo que podría parecer una paradoja no lo es: son los cursos del cristiano Bildaru los que busca el joven estudiante judío, una corriente de pensamiento que le ayude a definirse, a proteger su singularidad, su búsqueda de identidad, a pesar de todas las simplificaciones de una época racista y totalitaria. Aunque los estudiantes nazis que montan guardia a las puertas de las aulas le impiden asistir a los cursos de este excelente profesor, el estudiante buscará y obtendrá la amistad de éste y seguirá sus consejos, por sorprendentes que puedan parecernos hoy día. Para el joven estudiante que le solicita consejo para la continuación y orientación de sus estudios, el intelectual cristiano de extrema derecha no ve más que una solución: que renuncie a los estudios filosóficos o a las altas esferas del pensamiento y de la especulación intelectual. Que se consagre a algo material, más apegado a la tierra, como la arquitectura, por ejemplo. Que construya, que edifique algo concreto, con sus manos si es necesario. El héroe del libro estudiará arquitectura, pero aun así se apartará de los consejos del maestro y construirá una refinería en una región agrícola, cuyo significado parece más profundo que los simples hechos: elegir la modernidad frente al ruralismo ancestral.
Este debate entre civilización urbana, racionalismo, cartesianismo y vida rural, tradiciones, mitos, tal como se expone en esta novela donde la anécdota sirve de vehículo a las ideas, remite al eterno debate entre naturaleza y cultura, lo limitado y lo ilimitado. Un debate donde tanto el judío como el cristiano han servido y siguen sirviendo de paradigmas. El cristiano como paradigma del anclaje, de las raíces claras, de la definición identitaria unívoca, de la precaución conservadora frente al cambio, la conmoción, la modernidad. «Uno es lo que la tierra le obliga a ser y nada más», dice Bildaru. Pensamos en Heidegger, que odiaba la sociedad moderna, la técnica, e imaginaba la Alemania ideal como un lugar limitado, de apartamiento, de negación de lo moderno. «Mira, Pârlea, podríamos ser amigos», dice el héroe a su compañero de clase. «Te equivocas. Nosotros no podemos ser amigos ni hoy ni nunca. ¿No notas que yo huelo a tierra?», responde Pârlea (Cioran). «Sumisiones a la realidad», exige el profesor Bildaru citando a Aristóteles. «O soy un hombre libre o no soy nada. Libre para pensar, para establecer valores y para fijar jerarquías».
El judío como paradigma de lo indefinible, lo ilimitado, lo que escapa, que está en todas partes y en ninguna parte, de raíces poco claras, no ancladas en la tierra, en todos los sentidos, hasta la existencia de Israel. «Hay cierta óptica judía que cambia las proporciones de las cosas, empaña la simetría, ataca la realidad [...]. Un judío claro es un fenómeno», dice un amigo reencontrado en La Coupole, que se define como «francés, más aún, ¡bretón!». «Tu vida carece de misterio [...]. Te falta un sentido menos exacto que el de la vista pero más esencial que el sentido de lo trágico», responde el héroe del libro.
Un debate profundo, hoy quizá más que ayer, en el momento en que los avances en el campo de la ciencia y, en particular, de la biología y de la medicina hacen del hombre, y aún más de la mujer, seres cuyos límites «naturales» son cada vez más borrosos. ¿Qué quedará de natural en el ámbito de la reproducción, esto es, de la transmisión de lo humano, cuando la mujer, productora de vida, obtenga el día de mañana, según los últimos progresos científicos, un esperma artificial a partir de células de su piel? Uno se pregunta si la supervivencia de la cultura judía, perseguida durante «dos mil años», no se debe precisamente a eso: al hecho de que, mejor que las otras religiones-culturas del libro, haya incorporado fácilmente la ciencia y la modernidad.
El combate del joven estudiante judío –atraído como una mariposa por la llama de un pensamiento sólido, anclado en la tierra, hecho de certidumbres ancestrales–, para ser considerado tan rumano como sus camaradas y hacerles admitir que él tiene, tanto como ellos, el derecho de amar a su país, remite también en esto a toda la historia de los judíos en Europa y, en particular, la de los judíos alemanes, detentadores y creadores de la mejor cultura de ese país. «Allí está mi patria», afirma el héroe, que precisa: «Siempre me ha resultado difícil decir estas dos palabras en toda su sencillez: “mi patria”. De pequeño me acostumbré a que los demás recelasen de mi buena fe».
Para la anécdota, el joven estudiante convertido en un arquitecto de renombre, construirá la refinería de Uioara, que será incendiada por los extremistas en los años de tensión social previos a la Segunda Guerra Mundial; viajará a Francia de resultas de un proyecto jamás realizado y decidirá tras su regreso construir la casa del profesor Bildaru, una casa soñada, hecha de luz, para la que ha tenido entera libertad, pero dedicada al hombre cuyo pensamiento es antagonista del suyo. A medida que la historia de la novela se acerca a los años cuarenta, aumenta el antisemitismo en Rumanía y el héroe pierde a sus mejores amigos. Todo vale para estigmatizar al judío y confinarlo en una judeidad imaginada. Asoma el típico argumento del número: «No soy antisemita, soy rumano. Pero hay un problema judío y es menester resolverlo. No es posible soportar un millón ochocientos mil judíos. Si en mi manos estuviera, intentaría eliminar a varios centenares de miles [...] es una cuestion práctica, difícil tal vez, pero resoluble», explica Vieru, su viejo compañero de facultad, inventando el holocausto una década antes que Hitler. «No había nada que hacer, todo lo que había entre nosotros [...] se venía abajo de repente [...] el hombre que había frente a mí se había vuelto un desconocido», señala el autor.
En la realidad, Mihail Sebastian, amigo de Mircea Eliade, encargará un prólogo para Desde hace dos mil años, publicada en 1934, a Nae Ionescu (Bildaru). El prólogo, que el autor decidirá publicar, resultará ser un destilado de antisemitismo, postulando que cristianismo y judaísmo son irreconciliables y que este conflicto milenario no puede resolverse más que con la desaparición de su causa: el pueblo judío. «¿No sientes cómo se apoderan de ti el frío y las tinieblas?», escribe Ionescu dirigiéndose directamente al autor. En Desde hace dos mil años, el protagonista habría querido armonizar los valores judíos y cristianos. El prólogo de su propio libro lo devuelve a esos dos mil años de ostracismo, rechazo y persecución.
Sebastian seguiría escribiendo y sobreviviría al exterminio de judíos en su país y a los horrores de la Segunda Guerra Mundial para encontrar la muerte, paradójicamente, atropellado bajo las ruedas de un camión del ejército liberador soviético en 1945. Leer esta novela a la luz de lo sucedido en la contienda bélica no deja de angustiar al lector. Aquí no se encontrarán los horrores de Auschwitz, «sino la radiografía complementaria del mal insidioso de la vida cotidiana [...]. No una perfecta maquinaria de exterminio como la alemana, sino un asedio taimado, sincopado. El terror que se reanuda una y otra vez tras pausas de un incierto armisticio», escribe el escritor rumano Norman Manea en el prólogo de esta edición. El antisemita «es un hombre que tiene miedo. No de judíos concretos: de él mismo [...] de su libertad, de sus instintos [...] del cambio. Es el miedo frente a la condición humana», escribe Sartre en sus Reflexiones sobre la cuestión judía.

Traducción de Luis Gago

01/12/2009

 
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