ARTÍCULO

Demasiados reclamos

Tusquets, Barcelona, 272 págs.
 

La moda del mestizaje de géneros, el ejemplo de algunos autores de éxito y también ciertas ideas muy extendidas sobre lo que debe ser la modernidad parecen constituir la brújula con que se orienta el discurrir de esta novela. El problema de Venas de nieve no es, sin embargo, que camine por senderos demasiado transitados últimamente por nuestros narradores, sino la forma en que lo hace, mostrando quizá excesivo énfasis en la adhesión, canjeando la verosimilitud y la coherencia del relato por la yuxtaposición indiscriminada de materiales, recursos y temas presuntamente atractivos para el lector. Sacrificando, en definitiva, la ambición de la complejidad en favor de una especie de papilla, fácil de digerir, en la que se mezclan algunos ingredientes de la rabiosa actualidad.

Hay, por tanto, una clara intención de agradar al gran público que se manifiesta en todos los aspectos del libro. Desde el punto de vista estrictamente literario, encontramos la inevitable indagación detectivesca, que actúa como motor principal de la peripecia, al tiempo que proporciona un vástago lo suficientemente sólido como para poder enrollar en él toda suerte de excursos más o menos pertinentes. En este caso, y aunque la protagonista y narradora, Andrea, es policía, el objeto de la investigación tiene que ver con su vida privada, pues se trata básicamente de la búsqueda del verdadero padre de su hijo, quien, por padecer leucemia, necesita urgentemente un donante de médula compatible. Se podría objetar, entonces, que existe una cierta voluntad de eludir los convencionalismos más reiterados de la novela negra, pero eso sería ignorar el rumbo imperante de un género que, en la actualidad, elige sus sabuesos y sus enigmas en el seno de una cotidianidad perfectamente reconocible por la experiencia del lector. En el caso que nos ocupa, la naturaleza doméstica de la investigación y la elección de la primera persona facilita la incorporación del discurso intimista, la exploración de la personalidad de la protagonista y la recuperación de su pasado, contemplado desde el prisma de su sufrimiento presente. De esta forma se rinde tributo a cierta narrativa que basa sus posibilidades comerciales en la confesión, vagamente lírica, de un personaje femenino zarandeado por una crisis personal que, como no podía ser de otra forma, se resuelve finalmente gracias a los poderes catárticos de la introspección y de la pura voluntad.

También hay espacio (¡y cuánto!) para incluir digresiones sobre algunos de los temas que más alumbran en el candelero de la actualidad. Entre ellos, el que mayor atención recibe es el problema de la violencia doméstica, pues el trabajo de Andrea (que actúa como mujer maltratada en las reconstrucciones forenses de los crímenes) le proporciona un observatorio privilegiado desde el que intentar comprender un fenómeno que, en un momento de la historia, ella misma habrá de padecer. Pero este no es el único aspecto que aborda la novela, porque a él hay que sumar la tragedia de los inmigrantes que cruzan el Estrecho, las miserias de la nueva burguesía que adquiere su estatus con la mediación del pelotazo, las marcas de la Guerra Civil y del exilio republicano (que incluye un guiño extravagante a la guerra de Irak), la voracidad de la prensa sensacionalista e, incluso, alguna serena meditación sobre la conducta vial de los españoles.

La impresión de que toda esta abigarrada miscelánea obedece más a una estrategia oportunista que a unas preocupaciones sólidamente maduradas por el autor surge al examinar la forma en que se materializan literariamente. Ésta se reduce a la enunciación directa, bien mediante el discurso de la narradora, bien a través de diálogos en que los personajes son meros portavoces de tesis que conviene dejar bien claras. Así pues, el discurso ideológico de la novela, que aspira a ser uno de sus activos más importantes, adolece de una zafiedad en su planteamiento formal que se corresponde con la simplicidad (que no ingenuidad) de sus contenidos. Consecuencia de ello es la desactivación del papel subversivo inherente a una verdadera narración social, sustituido aquí por un discurso programático muy cercano al catón de la corrección política.

Como suele ocurrir en estos casos, existen dos grandes perjudicados. De un lado, la estructura y el ritmo de la narración, que a duras penas resisten la continua incorporación de secuencias y diálogos perfectamente prescindibles. Por otra parte, los personajes, cuya falta de autonomía merma su complejidad y su diferenciación (todos parecen hablar de la misma forma sentenciosa y altisonante), y que al final acaban haciendo y diciendo cosas inverosímiles, como ocurre, verbigracia, con ese voluntario de una ONG que reflexiona sobre el éxodo de los inmigrantes oteando la orilla africana y proclamando cosas de este jaez: «No hay alambradas tan calientes ni barreras tan altas que puedan detener al hombre hambriento en su camino hacia lo que cree el Paraíso» (p. 145). Claro que, a continuación, la narradora nos intenta convencer de que su interlocutor ha hablado «eludiendo cualquier intención de discurso trascendente». Ante esto, y descartando que estemos ante un escritor novel o un ingenio naïf, sólo cabe deducir que, o se está ninguneando la inteligencia del lector, o que se busca a uno que carezca de ella. Cualquiera de las dos posibilidades producen pesadumbre y confusión.

01/10/2005

 
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