ARTÍCULO

¡Desciende, Faulkner!

Premio Alfaguara 2004 Alfaguara, Madrid
344 págs. 19,95
 

Mientras el Cervantes continúe concediéndose alternativamente un año a un español y el siguiente a un hispanoamericano (y no a un español cada cuatro o cinco hispanoamericanos, como exigirían la estadística por la calidad y la demografía por la cantidad), a mí me seguirá pareciendo bien, en principio, que los principales premios literarios del país sean copados por escritores del otro lado del charco. Con una sola condición: que sus libros merezcan los premios respectivos, lo que no suele ser el caso, con las proverbiales excepciones. Delirio se acerca mucho a la excepción, y eso ya es bastante, alabado sea el santísimo sacramento del altar. Reconozco que comencé su lectura con muchas prevenciones en contra, a causa de la frase de Gore Vidal que la autora coloca como palabras liminares de esta novela: «Sabiamente, Henry James siempre les advertía a los escritores que no debían poner a un loco como personaje central de una narración, sobre la base de que al no ser el loco moralmente responsable, no habría verdadera historia que contar». ¡Ajá!, me dije: o sea, que si Laura Restrepo suscribe la opinión de Henry James, entonces, para ella, Cervantes metió la pata hasta el corvejón con ese loco de Alonso Quijano como protagonista de su Don Quijote... o bien, si no la suscribe (pero eso sería raro, pues la elige para epigrafiar su relato), cree que siempre habrá una historia que contar aun cuando su protagonista no sea moralmente responsable. Sin embargo, me negué al desánimo y le hinqué el diente a lo que tan infelizmente se iniciaba. ¿Qué se nos cuenta en esta novela? Al regreso a Bogotá de un corto viaje (no de negocios, como se desinforma en la contraportada, sino de reencuentro con los hijos habidos de su primera esposa, pág. 39), un hombre llamado Aguilar escucha una llamada en su contestador automático pidiéndole que vaya a recoger a su actual compañera en una habitación del Hotel Wellington. La mujer, Agustina Londoño, se ha vuelto loca. Y lo que sigue, estructurado como una carambola a cuatro bandas, es el relato de la vida de los Londoño, sobre un fondo histórico donde proliferan las metástasis de la corrupción y donde late la violencia desencadenada por el imperio narco de Pablo Escobar. En esa vida de los Londoño nos encontraremos con un padre tiránico y obsesionado porque el hijo menor, que se llama como él, no le salga homosexual; una madre descendiente de un músico alemán y con algún que otro cable pelado (tanto el padre como la hija), y una tía que le pone cuernos a su hermana. Todo ello en el ambiente de la más buena sociedad old money de Colombia, a la que sabe que nunca podrá pertenecer otro de los protagonistas, Midas McAlister, un trepador social a quien han bautizado así porque convierte en oro todo lo que toca... y es dinero lavado que viene de las manos del gran capo narco: amén de ello, ha sido inillo tempore amante de Agustina y hasta la dejó embarazada, y es a la propia Agustina a quien le revela, en un monólogo esclarecedor, las llagas más purulentas que oculta la fachada del establishment. Cuatro son, ya lo dije, las aproximaciones en flash back y presente absoluto a esa historia: a) la relación entre Aguilar, un izquierdista profesor de literatura exonerado y que ahora se gana la vida vendiendo comida para perros, y Agustina Londoño, su segunda mujer, aunque no está casado con ella, y que se vuelve loca; b) la relación interna entre los Londoño; c) la relación de Midas McAlister con ellos y con otros representantes del old money bogotano; y d) la historia del abuelo alemán músico. Están entrelazadas con mucho arte y en una progresión dramática que a veces resulta un tanto artificial, pero mantiene de todos modos la atención del lector. Ello se debe, pienso, al buen pulso de la autora en el manejo del punto de vista de quien habla, con un indudable virtuosismo al contar saltando de la primera a la tercera persona, y vuelta, y otra vez, sin que en ningún momento se pierda el hilo conductor de lo narrado. No es poca hazaña, aunque también a veces dé la impresión de que Laura Restrepo coquetea con los lectores, como si les estuviese refregando por la cara: «¿Cachan lo bien que sé hacerlo?». Al terminar de leer la novela, queda un sentimiento de insatisfacción que no tiene nada que ver con un cierto atropellamiento al empezarse a desvelar los misterios que se han ido acumulando durante la narración, y el cual, especialmente entre las páginas 239 y 257, hace pensar que a la autora se le han escapado varios hilos de su encaje de bolillos cronológico. Y ese sentimiento de insatisfacción radica en que uno advierte qué es lo que le falta a la novela: lo que le falta es calado, lo que le falta es hondura. Todo está muy bien narrado, el lenguaje es excelente, algunos personajes son retratos convincentes y sólidamente construidos, pero no se produce en ningún momento ese estremecimiento cordial que nos ponga en presencia del pavoroso abismo de la condición humana. Nada en contra del happy end, suponiendo que lo sea, pero casi parece como coronar con una escena a lo Cary Grant lo que podría haber sido un tenebroso Faulkner, el de Requiem for a Nun o el de Barn Burning, si bien ni Agustina Londoño es Temple Drake, ni Midas McAlister es Abner Snopes: carecen del lastre con el que Faulkner convierte a sus criaturas en paradigmas. Acá, el behaviorismo le gana por puntos, si es que no lo hace por KO técnico, a la dura compasión. A pesar de lo dicho, este Delirio de Laura Restrepo es una buena novela y se lee sin desmayo: conste en el Haber. En cuanto al Debe, imposible dejar de mencionar el irritante empleo de la preposición «entre» en docenas de casos donde debería regir la preposición «en»: valgan como botones de muestra «entre esa cama dormitaba yo» (pág. 152) y «con quién venías entre ese automóvil» (pág. 212). O la manía de llamar «mangas» a las perneras de los pantalones (pág. 173 passim). O la fundadísima sospecha de que algunas veces confunde el invernar con el hibernar (pág. 301 passim). Y también algún que otro eco del realismo mágico, como cuando la bata de seda estampada con ramas color verde sobre fondo negro (pág. 185) se convierte en bata de seda verde con ramas estampadas en negro (pág. 303). Pero considerando el resultado final, todo ello no es sino peccata minuta. Last but not least, un ruego a la editorial, y es que cuide la densidad de tinta en la impresión de sus libros, porque hay bastantes páginas de mi ejemplar que parecen programadas para nictálopes.

01/06/2004

 
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