ARTÍCULO

Del nacionalismo liberal español

 

A estas alturas, si se me permite la alusión desengañada al presente, casi habría que empezar diciendo «Érase una vez» o «Hubo tiempo atrás» –no tanto, por otro lado– un proyecto político que concitó los esfuerzos de los mejores y que aunaba cimentación nacional (sin complejos), inspiración liberal (sin melindres) y una resuelta apuesta de renovación cultural. Bien es verdad, para no engañarnos, que buena parte del atractivo de ese proyecto, como explícitamente plantea Mainer, podría derivarse paradójicamente de haber tenido la suerte de no haber logrado imponerse del todo. Sería, por tanto, esa quimera a la que crípticamente alude el título, esa entelequia, aspiración o fábula que resultó ser, por la fuerza de las circunstancias, el sentimiento nacionalista español de estirpe «liberal y progresista». De eso trata básicamente este libro, «de la doma y montura de esa Quimera que es el contenido del nacionalismo español» (p. 17).

Si digo con cautela básicamente es porque, como nos tiene acostumbrados Mainer en casi todas sus obras, esa línea medular, aunque se mantiene a lo largo de estas densas páginas, se ramifica en múltiples y variadas incursiones indagatorias que la desbordan, desde la formación de una cultura proletaria –explícita alternativa al «liberalismo burgués» («Notas sobre literatura obrera en España»)– a la negación tajante de esa cosmovisión liberal que supone la ideología fascista («Conversiones: algunas imágenes del fascismo»). De hecho, el propio autor termina por reconocer en una coda final que el «nexo de unidad» de los diversos estudios que componen esta obra es mucho más desvaído, una «reflexión sobre la cuestión intelectual en España».

No se entiendan estas puntillosas alusiones como demérito, sino más bien todo lo contrario, pues aquí podrá hallar –más el especialista que el aficionado, como luego argumentaré– un conjunto de calas, a cual más interesante, en el complejo panorama español del primer tercio del siglo XX , desde el impacto del 98 en la literatura hasta los principales ismos de la época (pero en especial el regeneracionismo y el modernismo), pasando por el período formativo o de primeras armas de los que son indudablemente los dos grandes faros del momento: Ortega y Azaña.
 

La doma de la quimera apareció originalmente en 1987, con el mismo sentido y casi el mismo formato en que hoy vuelve a presentarse: se trataba, y se trata ahora, de una recopilación de ensayos diversos, escritos la mayoría con ocasión de sucesivos encuentros o congresos. La diferencia de esta edición, además de algunas ampliaciones puntuales, estriba en la adición de dos nuevos estudios: uno sobre las huellas del desastre en los escritores españoles, jóvenes y consagrados, y el otro sobre algunas expresiones de la literatura fascista, que se prolonga en consideraciones sobre la estética de ese movimiento. En contra de lo que suele ser usual en un volumen de esas características, aquí esa aparente heterogeneidad halla una aceptable resolución como obra coherente gracias al enfoque y tratamiento con que el autor aborda los diversos temas. Esquematizando, me atrevería a sintetizar en tres los principales rasgos que confieren esa unidad al conjunto.

El primero y más patente, el carácter decididamente empírico del acercamiento de Mainer: no estamos ante el típico ensayo de índole global que adelanta hipótesis brillantes sin gran fundamento o simplemente contempla generalizaciones más o menos aceptables, sino ante el examen crítico y minucioso de uno de los mejores especialistas en la materia, que hace descansar permanentemente sus argumentaciones en una catarata de datos; este rasgo, como es obvio, dota a la obra de un carácter impagable para el estudioso del período a la par que probable e inevitablemente ahuyente a quien busque tan solo una panorámica de conjunto.

En segundo lugar, la deliberación conceptual. Sea cual sea el asunto que se trate –movimiento literario, planteamiento estético, presupuestos políticos, influencias intelectuales, sustrato filosófico, etc.–, Mainer dedica sistemáticamente un amplio espacio a la reflexión sobre los fundamentos, sentido y límites de la propuesta en litigio, llámese ésta simbolismo, vanguardismo, regeneración nacional, «nueva sensibilidad» o «educación proletaria». Por último, el tercer elemento que aglutina el conjunto es la consideración misma de cultura, no como un entramado meramente ideológico o autosuficiente sino, muy al contrario, como expresión social en su más profundo sentido, es decir, como resultado de las necesidades, aspiraciones y expectativas de unos estratos sociales concretos. A partir de estas premisas, como corolario inevitable, el análisis se extiende hacia el trasfondo y anhelos políticos de aquellos sectores en cuestión, y de ahí se pasa de modo natural a considerar la lucha política propiamente dicha hasta llegar, por último, como adivinará el lector avisado, a las coordenadas económicas que constituyen su determinación en última instancia: de este modo, por decirlo de manera inmediata y simplificada, lejos de ser inocentes, los distintos supuestos culturales esconden o, en su caso, manifiestan abiertamente unos determinados «intereses de clase».

Debe aprovecharse la ocasión de que aparezcan tales acuñaciones para efectuar una somera reflexión sobre cómo ha afectado a estas páginas el paso del tiempo. No pretendo decir que lo que dio en llamarse «historia social de la literatura» haya perdido su crédito, entre otras cosas porque más bien es lo contrario: se ha asentado y consolidado hasta un punto que hoy nos parece normal, de pura asimilación, lo que hasta hace bien poco era una perspectiva rupturista e innovadora. De hecho, una pequeña parte de las páginas de este libro –así, determinadas precisiones en torno al 98– parecen detenerse excesivamente en combatir lo que ya son fantasmas del pasado. Pero es que algunos de los ensayos que componen este libro datan de los años setenta, y eso inevitablemente se nota. No es tan solo una cuestión de incorporar bibliografía reciente sino de que –por poner un ejemplo– se ha escrito tanto en los últimos años sobre la crisis de fin de siglo, que ponderar la necesidad de una contextualización en este sentido parece insistir en algo ya plenamente aceptado y establecido.

No lo digo, obviamente, en detrimento del autor, sino como constatación y, en todo caso, como reconocimiento, porque él fue pionero y exponente privilegiado de esos estudios renovadores. En otros casos, se trata más de un problema de forma que de fondo o, si se prefiere, de matices en el acercamiento a una realidad que hoy convenimos en que se resiste a dejarse anclar con esquematizaciones tan diáfanas y categorías tan rotundas como «pequeña burguesía radical», «pequeño-burgueses profesionales», etc. (véanse en especial pp. 27-29). No dejan de ser en todo caso reparos o, aun ni eso, observaciones puntuales, que apenas afectan al conjunto: la pormenorizada investigación de Mainer sobre la efervescencia cultural de aquellos años puede leerse con el mismo provecho que hace más de dos décadas. Lo cual, para los tiempos que corren, ya dice mucho, del libro, y del autor.

01/06/2005

 
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