ARTÍCULO

Weimar para mohicanos

Anagrama, Barcelona
232 pp. 17,50 €
 

La decencia, según el diccionario de la Real Academia, es 1.°: Aseo, compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa; 2.°: Recato, honestidad, modestia, y 3.°: Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas. De las tres acepciones, sólo la tercera, y con fórceps, podría explicar el título de esta novela, por lo cual debe uno deducir que se trata de una ironía. Y no está mal que así sea, si considero mi propio árbol genealógico del autor.
Por cierto que el mío coincide bien poco con el que blasona la editorial en la contraportada: «Bajo la gracia literaria de Borges (pero sin la solemnidad de sus imitadores) [Enrigue] escribe con la precisión miniaturista de Vila-Matas, el lirismo seco y salvaje de Bolaño y, latiendo acá y allá, el corazón de Bryce Echenique». En suma, que se nos invita a la lectura de un cóctel de Borges más tres autores del catálogo de Anagrama, al que han bautizado como «Álvaro Enrigue». Sólo que a mí me parece, salvo prueba en contrario, que el ancestro más evidente de Enrigue es el malogrado Jorge Ibargüengoitia. Así de claro, y a mucha honra para él.
Acotado, pues, el terreno, digamos que Decencia es una novela muy bien desarrollada desde el punto de vista de su arquitectura: capítulos alternos en primera y tercera persona, de los cuales los impares en primera persona se ocupan de la vida y milagros de su protagonista, a partir de sus doce o trece años de edad –en plena revolución mexicana y saliendo de la provincia más recóndita–, hasta llegar a ser un millonario enriquecido gracias a las redes y cordadas dentro del establecimiento, una vez institucionalizada ya la revolución, ese gran invento histórico mexicano. Los capítulos pares, en tercera persona, transcurren en un lapso más breve, y a lo largo de ellos se nos relata el secuestro del protagonista por un par de jóvenes revolucionarios que se desvirgan como tales atentando con una granada contra el consulado estadounidense en Guadalajara, y en el que él, transeúnte casual en el lugar, es tomado como rehén. Para que nada falte al esperpento, la joven pareja actúa comandada desde la sombra por su madre, asimismo revolucionaria de la hornada anterior y mujer de armas tomar, en el sentido más literal de la expresión.
Con estos mimbres podría haberse urdido una gran novela, o esa es mi impresión. Pero se ve que Enrigue no estaba por la labor. Prefirió lo fácil, una especie de road novel que me resulta de lo más artificial y literaria (¡esos diálogos a veces tan académicos!), amén de no sé si me atreveré a calificarla de repulsiva, pensando sobre todo en lo que es la verdadera praxis del secuestro en países donde se ha convertido en una rama de la industria, como Colombia y México. Pero dejemos a un lado la reticencia moral y quedémonos en las literarias: Decencia, además de una especie de road novel, ya lo dije, lo es sobre el telón de fondo de una Bildungsroman que no tiene de tal más que la intención, una de esas buenas intenciones que sirven para el empedrado del infierno.
Así y todo, como el autor domina los recursos verbales y es eficaz en la plasticidad de sus imágenes, la novela se lee sin cansancio, y hasta con cierta cuota de sana diversión en aquellos momentos en que la prosa de Enrigue mejor recuerda a la de su ancestro. Sí, de Ibargüengoitia podrían ser joyas de este jaez: «a la patria de lo único que hay que salvarla es de los mexicanos»; «sabía que en un país donde se escriben canciones como “La vida no vale nada”, el que deja de negociar se muere aunque su cadáver salga carísimo»; «una billetera como la suya no se retaca [= llena tan abultada] con villancicos»; «más que a Guadalajara nos habíamos mudado al siglo xx»; «esa República de Weimar para mohicanos que era la capital entreguerras»; y esta reflexión de la avezada madre de los jóvenes e inexpertos revolucionarios: «Hay que sobrevivir unas horas nomás, nueve, doce horitas a todo lo que nos dé el cerebro y ya luego ustedes vuelven a aplicar sus técnicas cubanas; ahorita hay que pensar antes que la policía. ¿Qué tienen de malo las técnicas cubanas? [Es de suponer que le preguntan los hijos, devotos del Che. Y la respuesta:] Que los cubanos no saben escapar de la policía porque ellos son la policía».
Mención aparte merece el magnífico, antológico capítulo dedicado al cine (pp. 120-126), que concluye con esta estampa digna de José Guadalupe Posada: «Don Pepe amaneció al día siguiente ahorcado en un poste de telégrafo y con la lengua arrancada y clavada en la frente. Cuando se lo conté a mi padre, salió por un segundo de su nebulosa de tequila para decir: Tanta Revolución para que al final sigamos siendo mexicanos».
En el haber podrían señalarse una ortografía que a veces no es de recibo («fruncir el seño», «Carusso») –aunque también pueda imputarse a la falta de una edición adecuada– y un par de construcciones gramaticales tan arriesgadas que recuerdan la hazaña de Philippe Petit, el volatinero que el 7 de agosto de 1974 se paseó por la cuerda floja entre las Torres Gemelas de Nueva York, sin red y sin cable de seguridad. Amén de ello, hay que dejar constancia de un grandísimo desbarajuste cuando el padre del protagonista, Adán (p. 50), pasa a llamarse Longinos, como el protagonista, en la página 54, y don Andrés en la 55: el lector conocedor de la época está por preguntarle si no se tratará más bien del célebre transformista italiano Leopoldo Fregoli, tan recordado siempre por Joan Brossa.
Last but not least: por mucho que me guste, no estoy dispuesto a firmar que «Un mundo raro» sea «la mejor canción jamás escrita». En el más favorable de los casos, reduciría el ámbito de su excelencia al idioma español. Pero, ¿qué hacemos entonces con «Piensa en mí»?

01/05/2011

 
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