ARTÍCULO

El colaboracionista en la noche

RBA, Barcelona
Trad. de Carmen Kurtz
361 pp. 24 €
 

Céline había publicado en 1932 su deslumbrante descenso a los infiernos, su Viaje al fin de la noche, uno de los textos sagrados de la narrativa del siglo xx, un año antes de que las tropas nazis tomaran Polonia a la velocidad de la luz, y en 1957 se imprime De un castillo a otro, la cínica y torrencial novela en que relata el verdadero fin de su noche colaboracionista: la retirada alemana de París y el confinamiento esperpéntico en el castillo de Siegmaringen en 1944, entre oficiales nazis, artistas del hambre, advenedizos profesionales y muchos franceses abatidos por la conciencia de haber querido ser exultantes salvadores de la patria, jubilosos vencedores, y haberse convertido de repente en meros traidores, en malos de guiñol.
Se cumple este año el quincuagésimo aniversario de la muerte de Céline, de modo que la reedición de De un castillo a otro ha llegado a tiempo, y sólo queda decidir sí a los festejos o a avivar el fuego de la polémica en torno a si su racismo irredento permite realmente la celebración de su inmenso talento. No en vano es una novela escrita après la lettre que pudiera o debiera haberle servido de pretexto para el arrepentimiento, máxime cuando se trata de un texto equívoco que se arroga la potestad de quererse reivindicar como rigurosamente autobiográfico, como una suerte de documento íntimo o de crónica personal en la que el autor podría haberse reconciliado con su patria entonando un mea culpa que lo redimiese de su condición de maldito bastardo. Lejos de esto, Céline optó por consagrar su novela al ejercicio festivo de la hipertrofia o de la hipérbole de su propio estilo, al que quiso añadirle la acidez del sarcasmo y la mordacidad de la autoparodia, de la imagen del Céline escritor convertido en el Céline personaje, que disuelve la crueldad histórica de una derrota verídica y personal en el regocijo festivo, histriónico y libérrimo del arte. Y, en lugar de la autoficción en forma de elegía, tal vez la elección más propia de cuantas tenía a su alcance, del planctus por lo que pudo haber sido y no fue, por las ilusiones perdidas y el honor que le ha sido arrebatado, escogió la sátira, la burla hiperbólica, el esperpento, el relato de mil personas desnortadas y hacinadas en un castillo laberíntico –«búnkers bajo el Danubio, túneles blindados, las podredumbres, hambres, fiebres... ¡la chusma murmurante!»– que no resulta otra cosa que la metáfora de una ratonera histórica, del fracaso un punto titiritesco de otro cuento de hadas, de otro sueño de grandeza imperial.
Observará el lector que Céline escribió su crónica satírica al galope tendido, con una prosa arrolladora, constantemente diferida y fragmentada por puntos suspensivos sobre los que las palabras transitan como el equilibrista sobre el cable. De un castillo a otro juega al artificio de la improvisación, finge ser un texto improvisado, como lo finge En la carretera de Kerouac, curiosamente publicado el mismo año, y resulta un relato enloquecido por el ritmo frenético de su discurso febril, vertiginoso, errático, trufado de interjecciones, admiraciones, private jokes y sobreentendidos, un festival de guiños y de referencias literarias –a Radiguet, a Cocteau, a Malraux, Mauriac, Gide, al prohombre Gallimard, al editor Denoël– y, a la vez, una crónica histórica distorsionada y pasada de vueltas de la derrota nazi y del hundimiento de Europa, y ambas cosas encerradas en un texto que pretende transcribir la oralidad –«¡Vuelva a encontrar su gracia, Céline!... escriba como habla..., ¡qué obra de arte!», le dice un personaje al narrador, trasunto del propio Céline– y que adopta la forma de un monólogo ininterrumpido pero disfrazado de diálogo por la inserción de una instancia interlocutora a la que, muy de vez en cuando, remite el narrador en forma de apóstrofe, esto es, un presunto interlocutor que supuestamente le pide al narrador que le relate el caso muy por extenso. Y el caso es que la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin, y quedaban pedazos de ideología junto a cadáveres y fotografías de sueños truncados desperdigados por las calles de media Europa, descripciones truculentas del miedo y la miseria semejantes a las que concibió Malaparte en Kaputt (1944), la novela que el narrador italiano publicó el año al que Céline se refiere en la novela que nos ocupa. Tan grandes fueron la miseria y el horror en esos años de contienda que existen muchas páginas en De un castillo a otro que recuerdan a páginas de la oralidad y la violencia lingüística del Trópico de cáncer de Henry Miller, llenas de rencor y escatología, de autoficción envenenada de burla, de sarcasmo y de narcisismo literario, «patatas y zanahorias, ¡entendido!... ¡no voy a quejarme!... ¡hemos conocido cosas peores!... ¡todos mis “derechos de autor”! ¡todo el Voyage!... ¡no sólo mis muebles y mis manuscritos! ¡me han saqueado todo! [...] ¡De golpe, una idea!... ¿me darían un premio Nobel?... ¡Qué bien me iría para el gas, las contribuciones y las zanahorias!... ¡pero los hijos de puta de allá arriba no van a dármelo! [...]. ¡Y cuántos sexos en llamas, querida!... digo que más les valdría renunciar ¡por muy asqueados neurasténicos y priápicos gibones que fueran!»
Tal vez lo suyo hubiese sido encargar una nueva traducción con motivo del cincuentenario de la muerte del autor, sobre todo porque el estilo de la novela, trufado de oralidad y coloquialismos, pudiera haber convertido en obsoleta la de la escritora Carmen Kurtz que se reproduce en esta feliz reedición. Por fortuna, no ha sido así, y el lector puede disfrutar sin zozobras lingüísticas de un poema satírico-burlesco en prosa telegráfica y fragmentada, sincopada hasta el extremo de convertirse en un monólogo enardecido, obsesivo y delirante que eleva a la enésima potencia el estilo transgresor de Viaje al fin de la noche y que, en ocasiones, se resuelve en una ráfaga de onomatopeyas y del que el lector, paradójicamente, no parece capaz de desentenderse, atrapado en una red de alusiones, de divagaciones y de recuerdos tal vez inventados por la retórica del arte más que recuperados por la memoria de la vida, con el propio narrador metadiscursivo aludiendo a su verborrea exaltada, «estoy lleno de digresiones... ¿cosas de la edad?... ¿o exceso de recuerdos?... dudo», la palabrería de una confesión sumamente teatral, declamada a voz en grito y tras la que transitan imágenes a un tiempo terribles e irónicas de la guerra que acaba, gestualidades expresionistas, como si El grito de Munch se le apareciera al lector una y otra vez mientras lee el vertiginoso soliloquio de Céline, constantes homenajes del estilo a la vanguardia histórica, cínicas banalidades y nuevas bagatelas para una masacre física y moral.
De un castillo a otro es una novela excéntrica en el sentido etimológico del término, pues se diría que estilo y tema no resultan acordes con la tradición que ha venido hermanándolos, y a la crónica trascendente de un fracaso atroz, como la de Grossman o Levi, se ha preferido la sátira festiva de un hedonismo incorregible. En cualquier caso, es una novela fundamental en la bibliografía celiniana y que influyó en la prosa experimental francesa de los años sesenta y setenta: un largo exabrupto de 361 páginas en las que Céline quiso actuar bajo el disfraz de un vanguardista epigonal, y el lector se deleita con el espectáculo del colaboracionista en el fin de su noche oscura del alma, del perdedor iracundo arrojando los naipes al suelo y gritándonos, como un surrealista envilecido, que la vida no es sino un juego de azar que no vale la pena tomarse en serio, o un cadáver exquisito.

01/05/2011

 
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