ARTÍCULO

De ninguna parte

Siruela, Madrid, 1997
Trad. de Mª Teresa Gallego Urrutia
128 págs.
 

En 1992 se publicó en Mondadori la primera novela traducida al español de Marie Ndiaye. Se titulaba En familia y era la cuarta entrega de una jovencísima escritora (por aquellos años tenía 23) que había entrado en la literatura de la mano de la prestigiosa editorial las Éditions de Minuit unos seis años antes, cuando apenas tenía diecisiete. Cuentan que su descubridor y editor, Jérome Lindon, tuvo que ir a buscarla al instituto para que firmara el contrato. Con estos antecedentes se podría creer que la prosa de Marie Ndiaye es una ráfaga de aire fresco que viene a proporcionar un tinte de juventud y frescura a un mundo más que enrarecido. Pues no. La joven era ya muy vieja y la tristeza amarga de su fabulación, tan bien tramada, tan densa, llamó aún más la atención dada su corta edad. Poseedora de un don escaso (el verdadero talento), fue desde el principio saludada en Francia como lo que era: una revelación y un pequeño fenómeno. La crítica se rindió y se volcó ante la apabullante brillantez de su prosa. Todos fueron unánimes en saludar en ella a un astro del planeta Kafka, una luminaria de la que estaban muy necesitadas las letras francesas después de tanta presunción y tanto desencanto. A todos les llamó también la atención su gran sabiduría y su asombrosa capacidad de asimilación.

¿Y cómo puede saber tanto una chica tan joven? ¿Cómo ha podido vivir tanto –porque tiene mil años– en tan poco tiempo? Quizás sufriendo, quizás añorando, supliendo la experiencia directa por la memoria ancestral de una ausencia. La añoranza de un lugar de donde ser de verdad, plenamente, donde poder quedarse. Y quizás una gran soledad. La autora tiene un doble origen: africano y francés que podría explicar ese desarraigo y esta búsqueda. Su padre es del Senegal y vivió siempre lejos de ella. Su madre es francesa, de provincias, de uno de esos lugares desangelados (ahí nació Marie) de la Francia profunda y aburrida donde las mañanas se confunden con las tardes en un continuo temporal, gris y monótono. Todo eso se refleja en sus novelas. Tanto En familia como La hechicera nos transportan a un mundo egoísta y cruel, cerrado al extranjero, en suma, hostil. La fábula se desarrolla en círculos concéntricos desde la periferia gris y lluviosa de las ciudades (siempre de provincias) hasta el centro –por fin alcanzado para ser perdido de inmediato– luminoso, solar, radiante. El personaje principal de La hechicera es una joven madre con poderes de videncia, transmitidos por vía materna, que ella tiene que transmitir a su vez a sus hijas ya adolescentes. Lucie es consciente de que no es gran cosa como hechicera, no como su madre que es una gran bruja, y confía en que sus hijas puedan ejercer plenamente esa sabiduría ascentral. Pero Lucie no sólo es una bruja frustrada, también es una madre y una hija frustrada, amén de una esposa frustrada. Es una fracasada nata, sus hijas no la quieren, su marido la desprecia, su adorada madre no la necesita y su desalmado padre la utiliza. Cuando la amiga estúpida y cruel, que maltrata a su propio hijo de corta edad y que acaba triunfando en toda la regla en la vida, la quiere contratar en su Universidad Femenina de Salud Espiritual la pregunta primero: «Oye, Lucie, ¿tú le importas a alguien?», poniendo así el dedo en la llaga del conflicto emocional y existencial de la protagonista y quién sabe si de la propia autora.

Como en Kafka, la defensa ante tanto pretendido mal es un corrosivo sentido del humor y la lógica del absurdo, incorporada con transparencia y gran fluidez a la secuencia narrativa que está conjugada siempre en el mismo tiempo, sin saltos ni intermitencias temporales. La presencia de los elementos sobrenaturales o «fantásticos» sigue satisfactoriamente el esquema –ya clásico– del realismo mágico. Es evidente que Marie Ndiaye ha leído mucho (Proust, James, los novelistas rusos y los novelistas latinoamericanos) y asimilado mejor, porque toda esa semilla caía en un magnífico terreno abonado. Pero a pesar de todas sus excelencias y de su gran calidad, La hechicera es una novela que me parece inacabada o terminada muy deprisa. Hay en ella elementos que merecían un mayor desarrollo, como la Universidad Femenina de Salud Espiritual de Isabelle O, tan sólo esbozada y que podría haberse convertido en un lugar a medio camino del Teatro de Oklahoma de la América de Kafka, donde los desarraigados encuentran por fin su patria y su familia, y del Instituto Benjamenta del Jackob von Gunten de Robert Walser, escuela de la mediocridad y del fracaso. No obstante, vale la pena adentrarse en ella y descubrir ese mundo tan peculiar e inquietante de Marie Ndiaye, apoyado en este caso por la impecable traducción de María Teresa Gallego, modelo de pulcritud y eficacia.

Lo que suelen buscar los editores en los jóvenes escritores (al menos este es el caso en España) es el éxito fácil. Generalmente el argumento simple, casi inmediato, no traduce nada, no esconde nada, porque sólo está sustentado en la satisfacción inmediata de los placeres más nimios y adolescentes, restos flotantes de una indigestión de plástico, telebasura, rayo láser y discoteca céntrica como la que padece la juventud en la actualidad. ¿Pero basta con eso para convertirse en novelista? Es evidente que no, es preciso vivir, es preciso observar, digerir, transmutar después lo vivido en material narrativo, en otra cosa. Es preciso leer y es preciso escribir. Leyendo este libro (como leyendo las otras novelas de esta autora) se atreve una a pensar que a veces vale la pena que los editores publiquen a «cualquiera» si gracias a eso se consigue descubrir a «alguien». Como por ejemplo a Marie Ndiaye que es, a mi entender, una de las escritoras más originales, creativas y profundas que hay en este momento, no sólo en Francia, sino en toda Europa.

01/04/1998

 
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