ARTÍCULO

De los medios a los miedos

 

Como intelectual que gusta estar a caballo entre la universidad y la prensa y ducho, por lo tanto, en el parto de titulares que entren por los ojos, Gil Calvo ha sabido resumir expresivamente ya en portada la tesis central de este su último libro: a su entender, el miedo es el mensaje que, día tras día, titular tras titular y reportaje tras reportaje, los medios de comunicación nos lanzan. Y no es que quieran asustarnos instrumentalmente, en pos de algún objetivo más o menos (in)confesable, sino que lo hacen sin querer y a veces sin saber, de resultas de su intrínseca lógica comunicativa, de la manera a que están abocados a representar la realidad de que informan. Esa realidad no genera, por sí y en sí misma, miedo, sino que más bien se limita a ser pretexto o estar abierta a una representación de este tipo, alarmante y desasosegada. En definitiva, los medios no reflejan un mundo en sí peligroso o arrastrado a la catástrofe, sino que seleccionan peligros, riesgos y catástrofes para darnos una versión sesgada de un mundo que, objetivamente, tal vez pudiera ser descrito y vivido de otro modo.

Tal es la tesis central de este libro, a cuyo favor se acumulan variados argumentos analíticos y heterogéneas evidencias empíricas en los cinco capítulos, a la vez densos y amenos, que separan la introducción de las conclusiones. Su punto de partida es la constatación de un cambio de humor social ocurrido en los últimos años: el viejo optimismo ligado a la epopeya del progreso ha entrado en ruina y está siendo sustituido por un pesimismo de nuevo cuño que se inquieta ante lo que ocurre, se muestra desconcertado ante el mundo y no sabe sino jugar a un siniestro juego en el que se combinan miedo e incertidumbre. Gil Calvo no cree que este pesimismo sea coyuntural o anecdótico, sino significativo y de largo recorrido: una característica de época, un exponente del cambio sociocultural de la última década, pero con convincentes visos de futuro. Parece que, una vez más, las verdes praderas han quedado atrás y que la nuestra se afirma como una época, si no de frío polar, sí al menos acatarrada y con frecuentes escalofríos.

La pregunta es obvia: ¿por qué? ¿A qué se debe ese pesimismo que esparce miedos y alarma un día sí y otro también? En un principio, hay dos teorías contemporáneas que prometen dar respuesta a ese interrogante: una nos asegura que los miedos van de la mano del imparable proceso de globalización; la otra propone, y de forma parece que más convincente, que la alarma social y los consiguientes desasosiegos y temores son hijos de los crecientes riesgos medioambientales de raíz antropogénica a los que estamos expuestos. Analizadas las propuestas y argumentos de ambos candidatos, Gil Calvo llega a la conclusión de que ni la teoría de la globalización ni la del riesgo permiten explicar suficientemente la situación. No quiere decir esto que haya que descartar ambas hipótesis en su totalidad, sino que hay que situar lo que de sensato tengan en una nueva perspectiva que, según entiendo sus argumentaciones, Gil Calvo parece articular en dos pasos: uno propone un nivel más alto de abstracción; el otro requiere una mediación analítica que ni la globalización ni el riesgo incorporan inmediatamente y que se halla en una teoría de la comunicación a la altura de los tiempos audiovisuales que corren.

Ese mayor nivel de abstracción analítica lo proporciona una hipótesis que el autor denomina maltusiana, según la cual el incremento aritmético de la frecuencia y densidad de los contactos entre los humanos lleva aparejado el crecimiento geométrico de disfunciones, incertidumbres y fobias sociales. La cosa parece obvia: cuanto más frecuentes y densos son los contactos, más probables son las ocasiones de desencuentro, menos despejable la incertidumbre en relación con el futuro, más temible lo que puede surgir de la acción del otro o incluso de nuestros mejor intencionados cursos de acción y tanto más probable que los estados de alarma y las experiencias negativas del tipo que sean se contagien con rapidez y eficacia. En este marco cobran plausibilidad algunas de las propuestas de las teorías de la globalización y del riesgo. Pero no se crea que con esto quedan el pesimismo y el miedo crecientes explicados; hace falta algo más y eso lo proporcionan los medios de comunicación. Que los contactos crezcan y generen novedades peligrosas, que se acumulen en todos los órdenes de interacción y especialmente en los que están más racionalizados, efectos de composición con consecuencias perversas y que, de la mano del crecimiento del saber científico y sus tecnologías de impacto medioambiental, emerjan lo que Gil Calvo llama realidades «cimarronas», es decir, no sólo sorprendentes sino rebeldes, salvajes, potencialmente destructivas, todo esto no supondría sino la generación de las condiciones que hacen posible la alarma social y generalizable el miedo en un mundo en que la frecuencia y densidad de interacción expone a todos al contagio. Para que lo posible se actualice y para que, una vez actualizado, el miedo se desborde y domine la experiencia, ha de intervenir el heterogéneo mariachi de los medios de comunicación, únicos capaces de conformar y hacerse eco amplificado de una opinión pública crecientemente alarmada e inquieta.

La tesis del autor es, evidentemente, que los medios intervienen y cumplen concienzudamente esa tarea de alarmar y atemorizar. Por lo demás, que los medios la cumplan no nos debería sorprender ya que, con independencia de que lo quieran y/o sepan, están destinados estructuralmente a provocar y ahondar en la alarma, seleccionando siempre el acontecimiento impactante, la noticia estremecedora, la sorpresa que rompe las expectativas de normalidad, el personaje bizarro, cainita, vociferante. Todo lleva, pues, a que la realidad comunicada y, por lo tanto, la realidad pública y compartida desasosiegue, alarme, se meta en el estómago, produzca temor. El círculo queda así cerrado. Una opinión pública conformada por los medios de comunicación observa un mundo de interdependencias crecientes en el que son frecuentes los efectos perversos y las realidades «cimarronas»; observando ese mundo, retiene y expande contagiosamente lo que resulta emocionalmente más impactante y estremecedor; reducida a esto la realidad y una vez encontrada plena corroboración para el temor en la desbocada contaminación medioambiental o en un terrorismo ciego que apuesta por el delirio de la destrucción, el miedo se realimenta y recrece. Destrucción y miedo, miedo y destrucción: los hechos patéticos corroboran los estados de ánimo y éstos sólo tienen ojos para aquéllos. No hay catarsis, nada queda purgado, sólo parece afirmada la espiral de un desasosiego que clama por la protección de un Altísimo.

Hasta aquí llegan lo que entiendo como propuestas centrales de este libro sobre los miedos sociales del recién comenzado siglo XXI. Se trata de un libro notable, escrito, con brío, claridad y ritmo, para un público que se sitúa más allá y más acá de aulas y despachos universitarios. Encarna, además, un muy meritorio esfuerzo por unir cosas difíciles de casar: el lenguaje académico y el de la calle; la noticia de impacto y el análisis inteligente y complejo; el abigarrado y heterogéneo muestrario de una realidad inclusera y la paciente labor de traducción que la hace unitariamente inteligible. ¿Qué resultado final se consigue? Una obra que se sigue bien, incluso demasiado bien, pero que a este lector le ha provocado, en consonancia con los tiempos que corren, desasosiegos varios. Daré cuenta de algunos.

Gil Calvo subraya en más de una ocasión el carácter ambivalente de la realidad que intenta desentrañar. Esa ambivalencia se encuentra también en mi juicio sobre sus propuestas. En efecto, uno de los méritos del libro consiste en su facilidad a la hora de poner a trabajar a la tradición analítica de las ciencias sociales en el desentrañamiento de la actualidad. El autor se desliza, veloz y fácil, entre argumentos que vienen de Smith, Malthus, Tocqueville, Weber, Durkheim, e incorpora a pensadores más recientes como Elias, Giddens, Beck, Bourdieu, Olson, Ashby y un largo, muy largo, etcétera. Parece así que la tradición no es fósil, ni la teoría cartón piedra, y esto es muy de agradecer. Pero hay un problema recurrente: uno encuentra muchas dificultades para reconocer en las interpretaciones presentadas las obras que se dice interpretar. ¿Qué queda de Elias, Durkheim, Weber o Tocqueville en lo que se presenta como sus aportaciones pertinentes para el caso a tratar? Creo que poco, pues quedan reducidos a esquemas más bien pobres y rígidos cuya única razón de ser radica en el papel que el autor les hace cumplir en sus averiguaciones analíticas. Y es que Gil Calvo se muestra como un lector demasiado peculiar de los esquemas analíticos que utiliza y uno barrunta que los queridos clásicos que conforman la tradición de las ciencias sociales sentirán inquietud o irritación en sus olvidadas tumbas ante tanta libertad hermenéutica.

Otro de los desasosiegos viene de un extraño juego entre lo rotundo y lo plástico. Como se ha destacado antes, la tesis del libro es que el mensaje que lanzan los medios de comunicación es el miedo; de ahí la alarma social creciente. Pues bien, los análisis contextuales de los medios de comunicación que aparecen en distintos momentos del libro permiten apoyar esa tesis tan rotunda, pero también otras más matizadas e incluso contradictorias –y, a mi entender, más realistas–. Por un lado, se insiste en que la lógica de la comunicación mediática es la del acontecimiento estremecedor, pero también se propone que esa lógica es la de la expectación que provoca suspense a la espera de un final iluminador y no necesariamente estremecedor, o que, en el momento actual en que la comunicación oral y escrita ha sido evolutivamente superada por la electrónico-audiovisual, asistimos a la ruptura del tiempo y el relato lineales, la conversión de la realidad en fogonazos faltos de continuidad y una cierta reafirmación de los vaivenes anímicos ligados a los tiempos circulares. Todo esto se sostiene a la par que se destaca también la capacidad manipuladora de la realidad propia de la política mediática, con sus característicos recursos de ocultación y maquillaje de la noticia desagradable. El problema es obvio: ¿qué hacen los medios: estremecen, entretienen, manipulan, ocultan, hinchan y deshinchan la atención, sosiegan, distraen, juegan con la nada, etc.? Se podrá responder que hacen todo esto, pero entonces parece más que problemática la hipótesis central que asegura que, por su forma estructural de comunicación, los medios están abocados a la creación y realimentación del miedo y la alarma. ¿No serán más bien un farmakon, es decir, veneno y antídoto, enfermedad y cura, alarma y aseguramiento, y todo ello a la vez? Eso me parece.

Y un último desasosiego. Tiene que ver con el trío protagonista: miedo, riesgo y modernidad. A la hora de tratar el miedo deberíamos recordar que, lejos de ser un ancestro remoto y superado de la modernidad, ha sido siempre su fiel y constante compañero. Ya lo subrayó Hobbes cuando se confesó, él mismo, hermano del miedo y retrató, de forma muy realista, a los dos protagonistas del proyecto de la modernidad: la hermana razón y el hermano miedo. No parece, pues, que sea algo erradicado por el mundo del capital, el Estado y el laicismo que se configura a partir del siglo XVIII, sino una constante que sigue punto por punto los avatares de la modernidad. En la actualidad no asistimos sino al redescubrimiento de ese viejo compañero y sus escalofríos. Que la prensa y los medios audiovisuales lo acojan, difundan y amplifiquen es un hecho relevante, pero no el decisivo. Lo fundamental se sitúa en otro punto que Gil Calvo a veces apunta, al reconocer la ambivalencia del mundo en el que vivimos, pero que no analiza suficientemente. Piénsese en el riesgo medioambiental. No es que los que interpretan el mundo en que vivimos como sociedad del riesgo apuesten por el simple alarmismo emocional o por un determinismo catastrofista, sino que se limitan a mostrar las ambivalencias del desarrollo urbano, industrial, tecnológico y científico, destacando sus potencialidades catastróficas como rasgos centrales a los que atender. No se trata, pues, de la contraposición roma de un ecologismo romántico o adánico, pero siempre pre-racional y de espaldas al saber, y el complejo moderno de la tecnociencia, sino de un conflicto interno a la tecnociencia y el colectivo social que la crea, consume y reproduce. Son ellos, científicos y tecnólogos, los que, con sus indagaciones y razones, proporcionan las evidencias y argumentos que sustentan a riesgófilos y riesgófobos, las dos partes del conflicto sobre el medio ambiente, mostrando así la ambivalencia constitutiva de la modernidad. El problema no está, pues, en el conflicto entre la razón y el corazón, la ciencia y la sociedad, los tecnólogos y los ecologistas, sino más bien en el interior de cada una de esas realidades: razón, afectos, ciencia, sociedad, tecnología y ecología. Los medios de comunicación de masas recogen y amplifican ese conflicto, pero también lo tapan, lo acallan, lo deforman, lo edulcoran. Hay, pues que ser más cauto, a la hora de acusar al mensajero, y atender más a las características del mundo sociocultural moderno, sus ambivalencias, tensiones, inconsistencias, esperanzas y temores.

01/09/2004

 
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