ARTÍCULO

España en verso

Germanía, Valencia
480 págs. 16,35 €
 


Uno de los últimos hallazgos que esta pujante generación de narradores (que acaba de entrar «en cuarentena») ha ofrecido al público es De la muerte en verano, un retablo de las maravillas en prosa y verso que entronca, directamente, con lo más granado, heterodoxo y ambicioso de la tradición hispana: con el furor poético del gran versificador que es, Ávila ha construido, sin parar en barras, el friso literario y existencial de toda una generación: la suya, la de los nacidos durante el baby-boom de los años sesenta y que, veinte y treinta años después, dan tumbos desnortados por una ciudad de arrebatacapas, en manos de los recalificadores de terrenos, de los políticos trepas, de los yupis culturales del maletín y el pelotazo. En torno a la muerte de Marta, un tórrido día de verano, se asoman a este retablo las personas de su ex marido, un tronado escritor neurótico a punto de creer que hay una conspiración universal para destruirle la vida y hacer que nunca logre escribir el libro que dé sentido a su vocación; la mejor amiga de Marta, Teresa, que huye a América quizá llevándose el secreto de su muerte; Sara, la bella, la inquieta, la frágil, la deseada por todos; Carvajal, poeta tonante, enfermo de literatura, frecuentador dionisíaco de La tajada de Apolo, Parnaso y Helicón de esta caterva de letraheridos y buenos amigos, asolados por la muerte absurda de una madre joven y separada; más un etcétera impresionante de personajes secundarios que van tejiendo, en prosa lírica y verso medido y desmedido un tapiz amargo, lúcido, irónico, sobre la vida sin norte de estos treintañeros madrileños, aprendices de poetas, de recién casados, de separados, de padres, de hijos, de amantes, aprendices eternos y postergados de una vida que nadie te enseña, y menos que nadie ese sistema prepotente y engolado que se atraganta con palabras solemnes como Democracia, Regeneración, Ética, Solidaridad, pasto de una mafia tontiastuta de mercachifles arracimados en los poderes de turno, no sólo el político, también el cultural: el personaje, entre otros, del crítico literario, tertuliano, prologuista, sermoneador vario de bolos infinitos, encantado de haberse conocido, no tiene desperdicio. Da la impresión, al leer estas apretadas medio millar de páginas tensas y ricas, de que no sólo con la cabeza y el corazón, sino con las entrañas, ha formulado Ávila por fin, en obra de arte, la gran pregunta sobre el sentido que todo el mundo, antes de desplomarse o sucumbir a la molicie, se ha hecho: en boca del bueno de Marcos, o de su amigo Alfonso, o de Manolo o Ramón, de la Sara aparente casquivana y más frágil aún que atractiva, resuena en cada verso, en cada prosa esta recurrente demanda: qué más he de hacer, señor Estado, señora sociedad, ¿señor Dios?, para intuir por alguna parte en forma de felicidad real, de serenidad, de silencio al fin, que todo esto tiene algún atisbo de sentido: y todo esto es el amor, la literatura, la poesía, mi país, mi lengua, mi trabajo, mi familia, y todos los demás mecanismos de seguridad que hayamos tenido a bien inventar en este fin de milenio, incluidos el fútbol, el sexo y el ejército profesional, que también se llevan su parte en esta magna obra que querría hablar de la vida toda, poro a poro. Novela apasionante tanto como apasionada, De la muerte en verano está trazada con una arquitectura muy medida en su misma desmesura: en torno a diez capítulos, se articulan breves secuencias, narrativas, líricas, dialogadas, en prosa y verso, en verso libre y vanguardista, como en el más medido de los clásicos; porque además de todo lo dicho, esta novela, o lo que sea, es un centón admirable y divertido de versos y estrofas: sonetos, tetrástrofos monorrimos, silvas, redondillas, romances, décimas... De antología, la sextina provenzal doble o las octavas reales épicas de raigambre araucánica, que luego imitara Cervantes en su célebre duelo entre don Quijote y el Vizcaíno. Además del uso libre y vario que del estilo se hace, también alterna el uso del punto de vista, la primera persona y la tercera: de ese modo, cada uno de los personajes da su opinión, incoa sus pesquisas sobre lo sucedido, allega sus personales reflexiones sobre lo divino y lo humano. Un personaje particularmente entrañable es Torres, profesor de literatura, el padre de Marta, el demiurgo amoroso, hasta su muerte, de todos los demás, como quien dice hijos o criaturas suyas: ex alumnos y amigos de su hija. Él los convoca a todos, al calor de estas páginas, la mañana del velatorio de Marta con que da comienzo esta historia. Junto a ello, una honda y necesaria reflexión sobre el valor y el papel de la literatura en general y de la poesía en particular en esta sociedad de prisas y superficialidad (encarnada aquí en la movida pitiminí de los vates egolátricos y los onfálicos artistas de los ochenta), un canto y un manifiesto tácito sobre la necesidad de reinventar la poesía, para que pueda hablar de fútbol, de política, de economía, de terrorismo, debatir sobre el aborto, herir la sensibilidad de los políticos corruptos, conmover las entrañas de un amante, hacer reír a un lego de literaturas, interesar al común por un arte milenario que desde hace dos siglos se ha reducido, o casi, al canto solipsista del ombligo y sus alrededores. Una novela, en fin, completamente atípica, que si de algo peca es de su ambición torrencial, una novela de tesis: pretende demostrar mediante un marco narrativo ad hoc que la poesía es capaz, como siempre lo fue, de ser la vanguardia y la abanderada privilegiada de las preocupaciones íntimas y comunes de la gente, que se puede y se debe preguntar en verso por la existencia de Dios y también protestar por la inflación.

01/10/2004

 
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